E-Book, Spanisch, Band 58, 320 Seiten
Reihe: Impedimenta
Crispin La juguetería errante
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-16542-01-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Un misterio para Gervase Fen
E-Book, Spanisch, Band 58, 320 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-16542-01-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La juguetería errante es un clásico de la novela de detectives inglesa, considerado unánimemente una de las cumbres indiscutibles del género.
Cuando el poeta Richard Cadogan decide pasar unos días de vacaciones en Oxford tras una discusión con el avaro de su editor, poco puede imaginar que lo primero que encontrará al llegar a la ciudad, en plena noche, será el cadáver de una mujer tendido en el suelo de una juguetería. Y menos aún que, cuando consigue regresar al lugar de los hechos con la policía, la juguetería habrá desaparecido y, en su lugar, lo que encontrarán será una tienda de ultramarinos en la que, naturalmente, tampoco hay cadáver. Cadogan decide entonces unir fuerzas con Gervase Fen, profesor de literatura inglesa y detective aficionado, el personaje más excéntrico de la ciudad, para resolver un misterio cuyas respuestas se les escapan. Así, el dúo libresco tendrá que enfrentarse a un testamento de lo más inusual, un asesinato imposible, pistas en forma de absurdo poema, y persecuciones alocadas por la ciudad a bordo del automóvil de Fen, Lily Christine III.
El verdadero nombre de Edmund Crispin era Bruce Montgomery. Nació en 1921 en Chesham Bois, Buckinghamshire y asistió al St. John's College en Oxford, donde se licenció en Lenguas Modernas y donde fue organista y maestro de coro durante dos años.
Weitere Infos & Material
1. El Episodio del peta fisgón
Richard Cadogan sacó su revólver, apuntó con cuidado y apretó el gatillo. La explosión rasgó el silencio del pequeño jardín y, como las ondas concéntricas que van haciéndose cada vez más grandes cuando una piedra cae en el agua, generó alarmas y perturbaciones de intensidad progresivamente menor a lo largo de todo el barrio de St. John’s Wood. De los árboles cenicientos, con sus hojas pardas y doradas en el atardecer otoñal, se elevaron bandadas de pájaros asustados. En la distancia, un perro comenzó a aullar. Richard Cadogan se acercó lentamente a la diana y la escudriñó con gesto resignado. No había ni rastro de marca de ningún tipo. —He fallado —dijo pensativamente—. Extraordinario… El señor Spode —de Spode, Nutling & Orlick, editores de literatura de primera categoría— hizo tintinear algunas monedas en el bolsillo de su pantalón, seguramente para llamar la atención. —El cinco por ciento de los primeros mil —apuntó—. Y el siete y medio por ciento de los segundos mil. No vamos a vender más de eso. Sin adelanto. —Y tosió de mentira. Cadogan regresó a su posición inicial, inspeccionando el revólver y frunció levemente el ceño. —Uno no debería apuntar, desde luego —dijo—. Debería uno disparar sin apuntar. Era delgado, de rasgos afilados, con cejas superciliares y unos gélidos ojos negros. Esta apariencia calvinista suya contradecía su carácter, puesto que en realidad era un hombre muy amigable, poco envarado y romántico. —Las condiciones te resultarán aceptables, supongo —concluyó el señor Spode—. Son las habituales. —De nuevo dejó escapar su pequeña tosecilla nerviosa. El señor Spode odiaba hablar de dinero. Inclinado en ángulo recto, Cadogan leía ahora un libro que yacía a sus pies, en la hierba seca y descuidada. —«En cualquier disparo con pistola» —leyó— «el tirador debe mirar al objetivo, y no a la pistola.» No. Quiero que me des adelanto. Cincuenta libras por lo menos. —¿De dónde te viene esa manía por las pistolas? Cadogan se enderezó con un leve suspiro. Sintió que su cuerpo acusaba cada uno de los meses de sus treinta y siete años. —Mira —dijo—. Centrémonos en el asunto, que no estamos en una obra de Chéjov. Te estás saliendo por la tangente. Lo único que he hecho es pedirte un adelanto por el poemario: cincuenta libras. —Es que… Nutling… Orlick… —El señor Spode agitó las manos con desasosiego. —¡Tanto Nutling como Orlick son absolutamente falsos e imaginarios, lo sabes perfectamente! —Richard Cadogan le miró inflexible—. Son unos chivos expiatorios que te has inventado para que carguen con las culpas de tu propia mezquindad y tu filisteísmo. Y aquí estoy yo, consensuado universalmente como uno de los tres poetas vivos más eminentes de Inglaterra, con tres libros consagrados a mí (todos espantosos, cierto, pero eso ahora no importa), y una figura largamente elogiada en todos los manuales de literatura moderna. —Sí, sí… —El señor Spode levantó la mano como quien intenta parar un autobús—. Desde luego, eres muy conocido. Sí. —Tosió nerviosamente—. Pero, por desgracia, eso no significa que haya mucha gente dispuesta a comprar tus libros. El público es totalmente inculto, recuerda, y la editorial no es tan próspera como para poder permitirse el esfuerzo… —Mira, he decidido que me voy de vacaciones, y necesito dinero. —Cadogan espantó un mosquito que llevaba un rato dando vueltas alrededor de su cabeza. —Sí, desde luego. Pero tal vez… si escribieras algunas baladas líricas más… —Permíteme informarte, mi querido Erwin —y aquí Cadogan le dio al editor varios golpecitos admonitorios en el pecho—, que me he tirado dos meses empantanado en una balada lírica porque no se me ocurría una buena rima para la palabra «británico». —Pánico… —sugirió el señor Spode con un murmullo. Cadogan le lanzó una mirada de desprecio. —Aparte de eso —continuó—, me siento completamente asqueado; estoy cansado de tener que ganarme la vida con esas malditas baladas líricas. Puede que no me quede más remedio que seguir financiando a mi anciano editor —y volvió a darle un par de golpecitos en el pecho al señor Spode—, pero todo tiene sus límites. El señor Spode se secó el sudor de la cara con un pañuelo. Su perfil era casi un semicírculo perfecto: su frente se elevaba y retrocedía hacia su coronilla calva, la nariz se curvaba hacia delante como un garfio, y la barbilla se replegaba hacia atrás, frágil y lamentable, hacia el cuello. —Quizá… —se aventuró—, ¿veinticinco libras…? —¡Veinticinco libras! ¡Veinticinco libras! —Cadogan sacudió el revólver ante su cara con gesto amenazante—. ¿Cómo demonios me voy a ir de vacaciones con solo veinticinco libras? Me estoy haciendo viejo, mi buen Erwin. Estoy asqueado ya de St. John’s Wood. Hace tiempo que no se me ocurre ni una sola idea nueva. Necesito un cambio de aires: gente nueva, emociones, aventuras. Soy como Wordsworth en sus últimos años. Estoy viviendo de mi exiguo capital espiritual.2 —Wordsworth en sus últimos años… —dijo entre risillas el señor Spode, y luego, sospechando que había incurrido en una falta de educación, enmudeció de repente. Pero Cadogan continuó su homilía sin prestarle atención. —En realidad, lo que me apetece es escribir una novela. ¡Por eso es por lo que estoy aprendiendo a disparar un revólver! Y por eso también es por lo que probablemente te dispararé con él si no me haces caso de una vez y me das mis cincuenta libras. —El señor Spode retrocedió aterrorizado—. Noto que me estoy convirtiendo en un vegetal. Me estoy haciendo viejo antes de tiempo. Incluso los dioses envejecieron cuando Freyja3 fue secuestrada y no pudo cuidar de las manzanas de oro. Y tú, mi querido Erwin, deberías financiarme unas vacaciones de lujo, en vez de andar regateándome cincuenta libras de ese modo tan miserable. —A lo mejor te gustaría venir a pasar conmigo unos días en Caxton’s Folly. —¡Caxton’s Folly! ¿Puedes proporcionarme aventura, emoción y mujeres bonitas? —Qué picarón… —dijo el señor Spode—. Hombre, está mi mujer… —Bien pensado, no habría sido completamente reacio a sacrificar a su mujer con el fin de propiciar la regeneración de un eminente poeta; o, si le apuraban, a sacrificarla a cualquier persona por cualquier otra razón. Elsie podía ser a veces una mujer de lo más difícil…—. Y luego —añadió esperanzadamente—, está lo de esa gira de conferencias por América… —Erwin, ya te he dicho que no me vuelvas a mencionar eso. ¡No voy a dar conferencias! ¡Ni hablar! —Cadogan comenzó a caminar a grandes zancadas, arriba y abajo, por el césped. El señor Spode se percató tristemente de que una pequeña coronilla calva empezaba a asomar entre la densa mata de pelo oscuro del poeta—. Sencillamente no me apetece dar conferencias. Me niego a dar conferencias. No es América lo que necesito; es Poictesme, o Logres.4 Repito: me estoy haciendo viejo, veo que voy directo a la decrepitud. Que conste que actúo lo más reflexivamente que puedo. Solamente estoy pensando en mi futuro. Esta misma mañana, sin ir más lejos, me he sorprendido a mí mismo pagando una factura en cuanto me la pusieron delante. ¡Esto no puede continuar! En otra época me habría comido el corazón vivo de un niño por recuperar mi juventud perdida. Pero tal y como están las cosas… —se detuvo junto al señor Spode, y le dio un palmetazo en la espalda con tanto entusiasmo que el desafortunado caballero estuvo a punto de caer de bruces al suelo—, ¡creo que me iré a Oxford! —Oxford… Oh. —El señor Spode recobró momentáneamente su presencia de ánimo. Se alegraba de aquel aplazamiento temporal de las embarazosas exigencias comerciales que Cadogan le imponía—. Magnífica idea. A veces me arrepiento de haber trasladado el negocio a Londres, aunque hace ya un año de eso… Uno no puede por menos que sentir un poco de nostalgia después de haber vivido tanto tiempo en esa ciudad. —Se dio unos golpecitos complacientes en el elegante chaleco de color petunia que encorsetaba su pequeña y rolliza figura, como si aquel sentimiento de algún modo redundara en su propio crédito. —Y tienes buenas razones para ello. —Cadogan frunció sus patricios rasgos en una mueca de enorme severidad—. ¡Oxford, flor de las ciudades todas! ¿O era Londres? Bueno, no importa, da igual. El señor Spode se rascó la punta de la nariz con gesto dubitativo. —Ah, Oxford —continuó Cadogan con aire de rapsoda—; ciudad de campanarios de ensueño, donde resuena el eco del cuco, preñada de campanas (hasta el punto de volver loco al más pintado), encantada por las alondras, atormentada por los grajos y rodeada de ríos. ¿Te has parado a pensar alguna vez hasta qué punto el genio de Hopkins consistía precisamente en colocar las palabras en un orden equivocado?5 Oxford… guardería de la florida juventud. No, esa era Cambridge, pero lo mismo da. Por supuesto —Cadogan agitó su revolver con gesto didáctico delante de los aterrorizados ojos del señor Spode—, yo odiaba Oxford cuando vivía allí, en mi época universitaria. Me resultaba una ciudad triste, infantil, mezquina e...