E-Book, Spanisch, Band 122, 616 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Craveri La cultura de la conversación
1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18436-45-1
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 122, 616 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-18436-45-1
Verlag: Siruela
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Benedetta Craveri (Roma, 1942), nieta del gran filósofo Benedetto Croce, es una estudiosa de la literatura francesa y de la sociedad del siglo XVIII. Siruela ha publicado Madame du Deffand y su mundo (2005), que recibió el premio Viareggio Rèpaci al primer ensayo y fue finalista del premio Giovanni Comisso; María Antonieta y el escándalo del collar (2007) y Los últimos libertinos (2018), finalista del premio Viareggio Rèpaci en 2016. La cultura de la conversación (2007) obtuvo los premios Saint-Simon y Mémorial de la ville d'Ajaccio.
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Preámbulo
Este libro cuenta la historia de un ideal, el último en el que la nobleza francesa del Antiguo Régimen se reconocerá enteramente, el último que le permitirá erigirse una vez más como emblema y modelo de toda la nación. Un ideal de sociabilidad bajo el signo de la elegancia y de la cortesía, que contraponía a la lógica de la fuerza y a la brutalidad de los instintos un arte de reunirse basado en la seducción y en el placer recíprocos.
En las primeras décadas del siglo XVII, la élite nobiliaria descubre la existencia de un territorio hasta entonces inexplorado, equidistante de la corte y de la Iglesia, establece sus límites y lo dota de leyes autónomas y de un código de conducta significado por el riguroso culto a las formas. Carente aún de nombre, se le confiere simplemente el apelativo de : en poco tiempo, en efecto, el término no indicará tan sólo la esfera humana por contraposición a la divina, el lugar del exilio y el pecado donde todo parecía conducir a la pérdida del alma, sino que evocará una realidad social delimitada, en la cual una pequeña agrupación de privilegiados se afianza en un proyecto ético y estético estrictamente laico para cuya realización no se necesitan preceptos teológicos. Así, mientras en el siglo XVII no son pocos los integrantes del que, a través de metamorfosis ejemplares, renuncian a ese ideal demasiado terrenal por la llamada de Dios, en el siglo siguiente el hombre, una vez liberado de la inquietud religiosa, se entrega confiado a su vocación puramente mundana.
De este proyecto, de su elaboración y su cumplimiento, desde la época del hotel de Rambouillet hasta la Revolución francesa, es del que me he propuesto seguir aquí los motivos inspiradores y los elementos constitutivos.
¿Por qué, sin embargo, detenerse en 1789 y circunscribir a un periodo histórico concluido un modelo de sociabilidad eminentemente moderno y destinado a sobrevivir, aunque a través de mil metamorfosis, a la sociedad que lo había ideado? Pues porque sólo la sociedad aristocrática del Antiguo Régimen, recluida en un espléndido ocio y sin más preocupaciones que la de enaltecerse a sí misma, podía hacer de la vida mundana un arte inimitable y un fin en sí mismo. Al poner fin a los privilegios de la nobleza, la Revolución establece, efectivamente, un punto de no retorno.
Sin duda, no es casual que la idea de una historia de la sociedad mundana se remonte precisamente a la época de la Restauración y que sea un ex revolucionario arrepentido, el conde Pierre-Louis de Roederer, quien en 1835 publique las la primera obra estrictamente histórica sobre el tema. Desde entonces, historiadores, estudiosos y eruditos no han dejado de indagar sobre aquel mundo desaparecido, haciendo hincapié en el enfoque biográfico, en la técnica del retrato, en el anecdotismo, en lo novelesco, y fijando casi siempre la atención en la importancia de la vida de salón y en el poder que en éste ejercían las mujeres. Por otra parte, en el transcurso del siglo XX, los estudiosos de la lengua, la literatura y la cultura del Antiguo Régimen han terminado siempre por incidir más, desde sus distintas perspectivas de investigación, en el complejo juego de influencias que se entrelazan muy pronto entre y mundanos, empezando por la aportación de éstos al nacimiento del francés moderno, al desarrollo de nuevas formas literarias, a la definición del gusto.
¿Qué me ha animado, pues, a volver a un terreno ya explorado por críticos ilustres, por universitarios muy versados, por divulgadores muchas veces fascinantes? Ante todo, la constatación de la existencia de una línea divisoria del todo artificial entre el siglo XVII y el siglo XVIII. En el ámbito de los estudios, cada uno de estos siglos cuenta con sus propios especialistas, usualmente poco propensos a aventurarse fuera de las áreas específicas de su competencia. Además, en el plano más general de la historia de las ideas o, más sencillamente, de la historia de las costumbres o del gusto, los siglos XVII y XVIII proponen dos visiones tan distintas del mundo que a menudo inducen, más allá de los flujos y reflujos de la moda, a tomar posturas claras y muy personales.
En efecto, ¿cómo no reconocer que, a pesar de la estabilidad de las instituciones del Antiguo Régimen, en el tránsito del siglo XVII al XVIII casi todo parece diferente? Lo que cambia es, ante todo, la percepción que el hombre tiene de sí mismo, su modo de pensar, su sensibilidad, su moral, su idea de la felicidad, además de su concepción de la sociedad en que vive.
Sin embargo, si observamos los dos siglos desde el punto de vista de la cultura mundana, es imposible no percibir que en esta óptica cualquier forma de cesura resulta engañosa. En el acontecer de las generaciones que, una tras otra, se asoman al candelero de la vida de sociedad, lo primero que llama nuestra atención es, en efecto, la fuerza de la tradición y la continuidad del estilo. Ávido de saber y cada vez más omnívoro, el diletantismo mundano, con el avance de la Ilustración, tenía a gala formar parte de la vanguardia de lo nuevo, pero no por ello dejaba de obedecer al código formal de los buenos modales y de cultivar el antiguo ideal de perfección estética. No se trataba sólo de refinar el arte de su propia escenificación, arte que constituía el rasgo distintivo de la identidad nobiliaria, sino de guardar el recuerdo tenaz de un sueño utópico que se adaptaba perfectamente a un siglo de utopías y que, a pesar de sus muchos fracasos, se resistía a morir.
Era la utopía de otro lugar feliz, de una isla afortunada, de una arcadia inocente donde olvidar los dramas de la existencia, donde albergar la ilusión de la propia perfección moral y estética, donde corregir las fealdades de la vida y remodelar la realidad a la luz del arte. A principios del siglo XVII, Honoré d’Urfé la ilustró en la la novela más apreciada por la nobleza francesa, y Madame de Rambouillet intentó plasmarla en su casa, convirtiendo ésta en el modelo arquetípico de la sociabilidad aristocrática. Pero las virtudes de las apariencias no podían justificar siempre el orgullo, el odio, la envidia, la violencia: entre un cumplido y otro se seguía matando en duelo por un simple desquite, raptando muchachas peligrosamente hermosas o ricas, traicionando, calumniando, ofendiendo. Muchas veces la cortesía no era más que una simple ficción, la elegancia de los modales una mera impostura. Y sin embargo, si moralistas, novelistas, autores de teatro y hasta los propios mundanos se empeñaban en arrancar las máscaras y en denunciar el carácter irrisorio de la comedia social, ello no hacía más que demostrar la permanencia de un auténtico ideal de perfección. Por lo demás, desde el principio la nostalgia del pasado había acompañado el nacimiento del mito mundano. Todavía en el siglo XVII, en la estigmatización de la sociedad de su tiempo, el antimundano La Bruyère evocaba con infinita añoranza las charlas irrepetibles, agudas y brillantes que se tenían en el hotel de Rambouillet. Asimismo, ya con la Revolución en ciernes –los años en que alcanzará su culmen–, el muy mundano Talleyrand volverá con el pensamiento a las conversaciones sublimes, y perdidas para siempre, que habían sostenido Madame de La Fayette, Madame de Sévigné y el duque de La Rochefoucauld.
A mi propósito de reconstruir la historia del en términos de larga duración se ha sumado el deseo de contarla con un corte narrativo y un lenguaje no académico, no sólo porque me parecía la forma más adecuada al tema que pretendía tratar, sino además porque albergaba la esperanza de recuperar el eco de ese «estilo medio» en el que a los lectores de la época les gustaba reconocerse. En cambio, he confiado a la Nota bibliográfica la tarea de testimoniar mi enorme deuda con el mundo de la investigación. Si he conseguido reflejar con precisión la variedad de facetas de la cultura y las numerosas vertientes hacia las cuales ésta conduce, se debe sin duda a la riqueza y a la calidad de los estudios que han aparecido en las últimas décadas.
Reconstruir los rasgos de un ideal colectivo de vida, que se prolonga durante un periodo de casi dos siglos, exigía la elección de un camino y de un método, siendo precisamente el elevado grado de conciencia de sus propios intérpretes lo que me sugirió la pista.
Es probable que ninguna sociedad haya reflexionado tanto sobre sí misma, sobre su propia identidad y sobre la manera de representarse como la que me propongo evocar. Así, me ha parecido natural contarla desde dentro, a través de sus textos fundadores, confiándome a la guía de algunas de sus figuras femeninas más emblemáticas, cediéndoles, allí donde era posible, la palabra, recurriendo a menudo a la de los contemporáneos y deteniéndome asimismo en algunos de los grandes temas –la condición femenina, el la conversación– por medio de los cuales la cultura mundana cobraba conciencia de sí misma.
Pero ¿por qué –se nos puede también preguntar– destacar una vez más las figuras de las mujeres, de no pocas de las cuales ya existen retratos estupendos, y que son hoy, gracias a la historiografía feminista, objeto de un número creciente de estudios? ¿Acaso en el plano de las costumbres y del estilo...




