Cozzi | ¿Qué Dios? | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 144, 132 Seiten

Reihe: 100xUNO

Cozzi ¿Qué Dios?

La experiencia de lo divino hoy
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-1339-557-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La experiencia de lo divino hoy

E-Book, Spanisch, Band 144, 132 Seiten

Reihe: 100xUNO

ISBN: 978-84-1339-557-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



«Hace falta mucho valor para hablar o escribir hoy sobre Dios». ¿Es acaso impensable hablar de Dios en nuestros tiempos? ¿Por qué, en esta era, parece tan difícil nombrarlo, y más aún, situarlo en el espacio público e incluso en lo privado? Es como si ya no hubiese razón para mencionarlo, como si su presencia no fuera más que un eco lejano. Alberto Cozzi revela el vacío que deja esta ausencia en el mundo contemporáneo. Pero lo inquietante es que esta ausencia no significa que Dios se haya ido, sino que permanece, aunque se disuelva en una espiritualidad sin rostro, en una búsqueda de «pruebas científicas» de su existencia, y en una multiplicidad de experiencias religiosas que no conducen a ningún puerto firme. Al coincidir este ensayo con el aniversario de Nicea, el primer gran concilio, y con el Jubileo de la Esperanza, ¿Qué Dios? nos recuerda que el discurso sobre Dios no es meramente un ejercicio intelectual, sino una apertura, un desafío a ampliar nuestra comprensión de la experiencia humana. Nicea, en su tiempo, se atrevió a mirar lo divino, lo infinito, lo eterno. ¿Qué queda de esa mirada hoy? El reto ya no es probar la existencia de Dios, sino señalar aquellos lugares, esas experiencias que son capaces de revelar algo auténtico sobre su presencia y su acción.

Nacido en Rho (Milán) en 1963, es sacerdote de la diócesis de Milán desde 1987. Se licenció en Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma en 1997. Desde 1991 enseña en el Seminario Arzobispal de Milán, desde 1997 en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Milán, donde ocupa el cargo de decano, y desde 2003 en la Facultad Teológica del Norte de Italia, como vicedecano. Actualmente enseña Cristología en el Seminario de Milán y en la Facultad Teológica de Milán. En la misma Facultad se encarga de los cursos del ciclo de especialización relativos a las áreas de teología sistemática (trinitaria, cristología) y teología de las religiones.
Cozzi ¿Qué Dios? jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


I. El escenario: la evaporación de Dios

En nuestros días se necesita una buena dosis de valor para hablar o escribir sobre Dios. El silencio que rodea al término «Dios» se ha vuelto ensordecedor. La palabra está censurada en el ámbito de la comunicación pública, donde la gente prefiere hablar de los dones de la Vida o de la Madre Naturaleza o incluso del destino, del fatum, de la fortuna. A veces todavía se oye una expresión como «gracias al cielo». Pero se trata de un cielo vacío, anónimo, indefinido. La situación puede caracterizarse en dos niveles del discurso: el nivel cultural y, en última instancia, social, y el nivel individual de la interioridad.

Ya no hay necesidad de hablar de Dios

En la primera vertiente, se puede hablar de una especie de «ateísmo semántico», que hace gratuita la afirmación de Dios. Eso significa que, en nuestro contexto de comunicación, ya no hay ninguna necesidad de hablar de Dios para expresar el sentido de lo que se está viviendo1. Uno puede hacerlo, si realmente siente la necesidad, pero no debería hacerlo, salvo para crear cierta situación embarazosa en los otros, ya que la referencia a Dios para interpretar los significados de lo que se está viviendo carece ahora de cualquier sentido compartido. Esto se aplica a cualquier ámbito de la experiencia, incluidos el dolor, la lucha contra el mal en sus diversas formas, la misma necesidad de espiritualidad. La afirmación de Dios hoy se hace en el marco de una cultura sin Dios, de modo que la fe en Dios, sea cual sea la forma que asuma, procede de un asentimiento gratuito, es decir, no necesario. Este es el clima producido por el ateísmo, que ahora vive de hecho de la ausencia de Dios, pasando de la negación al simple eclipse de Dios: Dios está ausente del mundo que habita el hombre, de sus espacios sociales y de su comunicación.

El discurso religioso o teológico suscita a menudo indiferencia (en el sentido de que da lo mismo callarse al respecto) y produce así la percepción de que Dios pertenece al orden de lo que simplemente es «posible», para personas que de hecho viven sin Dios. La «muerte de Dios» ya no es una afirmación metafísica o especulativa, sino una constatación del clima existente: hoy vivimos en una época en la que afirmar a Dios no sirve para nada y la afirmación del hombre no requiere ninguna referencia a Dios. Dios no sería «inexistente», sino «inútil». Cuando un adolescente, dando un portazo, comunica a sus padres que ya no cree, simplemente está dando expresión a una percepción epocal: no hay ninguna necesidad de Dios para vivir, es más, la referencia a Dios es una complicación inútil de experiencias vitales que funcionan muy bien sin él. Por lo demás, lo religioso no representa más que un conjunto más de normas y deberes, que hacen la vida más difícil o aburrida.

El término «Dios» es cada vez más censurado, contestado, negado, se ha vuelto sospechoso, incluso allí donde se quisiera detectar una especie de «revancha» de lo religioso o de lo sagrado. Ni siquiera aquí entra necesariamente en juego el término «Dios» como referente real de una experiencia única y original, aunque en estos ámbitos el nombre de Dios siga despertando todavía fuertes pasiones, sentimientos encontrados, deseos y expectativas de elevado perfil. Quizá sea precisamente la percepción de que el término «Dios» es demasiado serio, engorroso, de peso, en comparación con las formas ligeras, creativas, despreocupadas y a veces distraídas en que se desarrolla la vida en las sociedades avanzadas, lo que lo aleja de las conversaciones cotidianas. Domina la sospecha de que precisamente las formas de «venganza de Dios» o de «retorno de lo divino» son la prueba de que la referencia a Dios introduce inevitablemente algo ideológico, que huele a fanatismo religioso o a integrismo, todas ellas formas de experiencia que están lejos de la vida real.

Más aún, precisamente en estos ámbitos es donde se percibe lo engorroso de la referencia a Dios o a lo divino. La organización religiosa de la experiencia de Dios crea mundos inhumanos y tradiciones opresoras. Esto también puede verificarse a un nivel más inmediato en las cuestiones de ética y costumbres: las religiones traen consigo prejuicios y tabúes que envenenan la vida del hombre y obstaculizan esos caminos de emancipación, de reconocimiento de los derechos humanos o civiles que constituyen la fuerza del pensamiento ilustrado y emancipado. En suma: Dios hace mal al hombre que camina hacia el pleno reconocimiento de sus derechos y de su libertad. Lo que asusta en estas reacciones al vocablo «Dios» es la fuerza de implicación totalizadora asociada a la experiencia religiosa.

Dios en la intimidad con uno mismo

Sin embargo, no basta con detenerse en el nivel social y cultural. Intentemos entrar en la interioridad. No la entendemos en el sentido trivial de un espacio interior, de una estancia secreta en el corazón o en la conciencia, sino en el sentido de un «estar junto a uno mismo» en las cosas que uno vive y hace. ¿Cómo aparece el término «Dios» en esta dimensión de la experiencia de uno mismo? A menudo se tiene la impresión de que Dios ha desaparecido incluso de este diálogo interior que compromete al yo ante sí mismo. Ya no hay espacio ni tiempo para Dios, ni siquiera en la intimidad con uno mismo, en las primeras luces de la mañana o en el silencio de la noche. Reina una gran soledad, llena de emociones e imágenes generadas por una pantalla siempre encendida y «conectada». Pero uno ya no siente la necesidad de vivir en presencia de Dios para ser plenamente uno mismo.

Afortunadamente, esta situación no es la norma. Todavía hay un murmullo de fondo en la humanidad donde resuena el nombre de Dios. Cuando el término se susurra en la penumbra de la conciencia, en ese claroscuro en el que el hombre se las ve consigo mismo en la intimidad del silencio, allí donde la palabra no pretende aún captar cosas o eventos en el espacio de la comunicación pública, la referencia a «Dios» parece tener todavía una fuerza propia, casi una evidencia irreductible. Es una presencia inasible a la que nos dirigimos con cierta espontaneidad, invocándole o alabándole o incluso imprecándole. Casi parece como si existiera un espacio interior en el que siempre se puede experimentar una referencia a ese misterio «que todos llaman Dios». Casi como si «Dios» tuviera algo que ver con el inconsciente del sujeto, con esa dimensión preverbal de la experiencia que sirve de trasfondo a toda toma de conciencia de uno mismo y del mundo en que vive.

De esta experiencia deriva la sospecha de que realmente solo se puede tener que ver con Dios un momento antes de cualquier palabra y más allá de las palabras, en el intervalo de una intuición mística, que lo envuelve todo en el silencio o penumbra del misterio. De ahí deriva una afirmación renovada de la prohibición de «nombrar a Dios en vano», para no aprisionarle en los juegos lingüísticos de las realidades mundanas o «cosificarle» como si fuera un objeto entre otros. En definitiva, se trata de dejar al silencio, que permanece abierto al misterio, la posibilidad de redescubrir espacios de trascendencia.

De esta situación aprendemos que la referencia a Dios tiene que ver con algo que nos precede y nos atrae, entregándonos a nosotros mismos precisamente en la referencia a él. Expresa algo de esa pasividad que está en el origen de toda conciencia y que custodia el misterio de la persona, en su singularidad irrepetible, siempre supera los procesos cósmicos y biológicos de los que proviene. El vocablo «Dios» conserva toda su fuerza y su evidencia allí donde se tiene que ver con esta pasividad originaria de la conciencia, con ese saberse precedidos y acogidos en un mundo que ya está ahí, pero del que no somos simplemente productos.

Esta «prominencia» la descubrimos en fenómenos como el estupor ante la existencia, la belleza que se ofrece gratuitamente a la mirada, la tenacidad de la vida que se comunica con exuberancia, el sentido de la justicia por lo que debería ser (incluso más allá de lo que aparece) o el sentido de lo sagrado que inviste de un carácter especial a los lugares y los tiempos: todas ellas cosas que desvelan un misterio en el corazón de la realidad, algo que no está disponible al hombre y a su control, algo que tiene la forma de lo imposible.

Dios tiene que ver con lo imposible que provoca al hombre y lo despierta a dimensiones inesperadas de la experiencia, a vínculos fundados en un don que precede y mueve y que nunca puede encasillarse en las posibilidades mundanas disponibles.

Una palabra apta para expresar la experiencia

Esta evidencia originaria del significado del término «Dios» no puede quedarse en el ámbito informe de un sentir inarticulado sin palabras o de una intuición sin concepto. Debe ser traída a la conciencia precisamente mediante el riesgo del lenguaje, que articula cada término en un nexo de significados que dan sentido al mundo en que se vive y, precisamente en la comunicabilidad a otros de la propia experiencia, confiere coherencia y, por tanto, objetividad a la experiencia misma. Con todo, es precisamente en este nivel donde el término «Dios» sufre hoy los ataques más duros y polémicos: ¿realmente tenemos que seguir hablando de Dios? ¿Deja de ser humano y habitable un mundo sin Dios o sin dioses? ¿Cómo conciliar la visión científica de la realidad y la referencia a Dios? ¿Hay todavía lugar para Dios en el espacio de nuestra organización de la experiencia de la realidad?

El desafío inscrito en el vocablo «Dios» consiste, pues, en hacer circular una palabra...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.