E-Book, Spanisch, Band 28, 224 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
Colinas La simiente enterrada
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9841-483-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Un viaje a China
E-Book, Spanisch, Band 28, 224 Seiten
Reihe: El Ojo del Tiempo
ISBN: 978-84-9841-483-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
ANTONIO COLINAS (La Bañeza, León, 1946) es además de poeta, narrador, ensayista y traductor. El conjunto de su poesía ha sido editado por Siruela en los volúmenes Obra poética completa, Canciones para una música silente o En los prados sembrados de ojos. Ha recibido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En Italia también recibió el Premio Nazionale per la Traduzione y el Premio Internacional LericiPea, así como el Dante Alighieri, que le fue entregado en el Senado de Roma en 2019. Estos dos galardones se han concedido por vez primera a un escritor español.
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Volar sobre el mundo inmersos en algo extremadamente irreal de puro real. Anulación del tiempo y del espacio al saber que pasamos sobre Varsovia y, unos instantes después, lo hacemos sobre Moscú. En realidad, cuando estoy escribiendo estas páginas nos encontramos encima de Omsk y, muy pronto, allá al fondo de una sutil in?nidad de manchas luminosas, podremos imaginarnos los Himalayas, y de madrugada nos espera Pekín.
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Releo , la interpretación que Jung –maravillosa y lucidísima, como todas las suyas– le dio a este texto chino que le proporcionó el sinólogo Richard Wilhelm. Sólo en un texto así podría concentrarme al saber que estoy volando entre Europa y Asia. A raíz de este viaje a China he pensado mucho en lo que le debo a la poesía y al pensamiento de este país y, en concreto, a un notable grupo de traductores y especialistas. Cierro los ojos, hago el ejercicio de rescatar de mi memoria los títulos más in?uyentes y creo que son los que siguen: las versiones del , de Lao Tse (Laozi), hechas por Richard Wilhelm, Carmelo Elorduy y José Ignacio Preciado; las del , de estos tres mismos traductores. De las dos últimas, una es más espiritual y la otra más cientí?ca (hasta en las versiones del Tao nos encontramos con la inevitable dualidad). También Preciado tradujo el , de Lie Zi. Y las versiones del , otra vez de Elorduy y de Preciado.
de Confucio, en la versión de Farrán y Mayoral (1956), y las versiones de este mismo autor chino, de Mencio y de los trataditos anónimos y , debidas a Joaquín Pérez Arroyo (1981); la antología de poemas chinos preparada por Marcela de Juan y el o Libro Clásico de la Poesía , por Elorduy. También de éste es la traducción de la , de Mo Ti. Un temprano tratado de estética china y de teoría esencial de la literatura es , de Liu Xie, monje budista de los siglos V-VI, obra muy bella, rara y sutil en su género, que ha traducido Alicia Relinque.
Recordaría algunos ensayos decisivos, centrales, que –de haber nacido en otros países– hubieran dado gran gloria a su autor, pero que aquí, entre nosotros, siguen sepultados en el olvido y esperando su reedición. Me re?ero a (1961), (1967) y , las tres obras de Carmelo Elorduy. Estos libros no han tenido desgraciadamente el eco que, por ejemplo, tuvo en Francia , de Henri Maspero, ahora editado entre nosotros en versión de Pilar González España y Rosa María López. Lo mismo podríamos decir de (1965), de J. T. Kung. Y aquí me detengo, pues deseo extraer tan sólo de mi memoria textos esenciales, originarios, en versiones directas, y no la in?nidad de textos que a veces nos ofrecen en versiones indirectas o alteradas, o a ensayos epidérmicos.
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Tener presente, en todo momento, esta universalidad que proporciona el pensamiento completo y el estar sobrevolando unos espacios que no tienen fronteras. Se trata de dialogar fértilmente con lo que, en principio, nos parece ajeno, pero que no son sino las de lo propio. Darles a estos textos la dimensión que Jung les concedió en sus análisis: saber que estamos hablando de las raíces de nuestra sensibilidad y de nuestro pensamiento, de las raíces de nuestro ser ( sin más). A la vez, ser conscientes de que hay algo distinto en estos textos, de que vamos hacia una cultura distinta y que, en las diferencias, contrastaremos mejor nuestra sed de conocimiento. El Tao, sí, como expresión de maravillosa unidad, pero que, a su vez, contiene la dualidad (el y el ) y, por extensión lo que Lao Tse reconoció como «los diez mil seres».
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Sucesión, desde el avión, de inmensas montañas nevadas. ¿Son de los Urales o ya de Siberia? No veo escrita en ellas la Historia. Sólo veo abierto el libro de la naturaleza y en él hay que leer. En él hay que intuir el , la energía que no cesa de dar vida y de quitar vida. Sólo algunos seres que han buscado y que han encontrado la sabiduría parecen haber detenido –¿sólo durante algunos de los instantes o días de una vida?ese terrible ciclo del ?orecimiento y de la corrupción. Parece que esos seres, «por tener más alma que las cosas», pueden ir más allá. Gozar de la sabiduría del instante y sentir la plenitud del todo, que es la nada, en las cosas sencillas: en una brisa de pinar, en las aves que pasan contra la nieve o en un vaso de buen vino. Como nuestro Berceo, o como Ch’ien, un poeta de la tierra hacia la que voy, te deseo, lector, que en mis palabras
aceptes el buen vino que te ofrezco.
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Antes veía manchas de luz y tierra, pero ahora sólo veo oscuridad. La pequeña pantalla del avión me indica que estamos en plena Siberia, volando concretamente sobre Novosibirsk. Abajo, todo es noche y, sin embargo, en la oscuridad, aquí y allá, brillan las luminarias de aldeas y ciudades. Podrían ser las aldeas y ciudades de cualquier país, de cualquier continente. Todo es noche y, en ella, como sembrada, la luz de los humanos. Y saber que esas luces apiñadas en la negrura, que intuyo heladora, son una y múltiples, como esa verdad del espíritu que Jung nos explica en sus comentarios al texto chino.
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Viendo llegar de Oriente, desde el horizonte ya de China, la madrugada como una dulce marea azul y rosada, escucho el de Vivaldi. Es una de esas vivencias que podrían ser arti?ciales, de no haberme llegado inesperadamente por los auriculares del avión. ¿Por qué esta melodía y en este momento preciso de la madrugada insomne? Lo que es simbólicamente inesperado nos ilumina. El júbilo que siento es delicado e intenso, y lo corona ese «amén», en verdad glorioso, de la melodía. Sobre un mundo sin fronteras y estando cerca del mensaje de la música, sólo me queda repetir en nuestro interior, con el ?nal de la melodía sublime: «Así sea, así sea, así sea…».
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Pleno día ya: la tierra, allá abajo, de un marrón grisáceo, muy desnuda y arrugada, parecida a la piel reseca de un elefante viejo, de lomo inmenso. ¿La inmensidad de un desierto? En él, como arañazos o heridas de un marrón igualmente grisáceo, restos de edi?caciones sin techo, ruinas seculares medio cubiertas por el arenal, carreteras que engulle repentinamente el desierto, montes secos y suaves entre la estepa del inmenso arenal…
Impresión inesperada y muy viva, repentina, que conduce de golpe a mi pensamiento a una atroz. Un panorama nunca visto: el desierto de Gobi llamando casi a las puertas de Pekín. Luego, los primeros signos de civilización, algunos verdores y, como una enorme cicatriz, la Gran Muralla siguiendo imperturbable el per?l de las cimas ásperas hasta detenerse o cortarse de golpe, en la más alta de ellas, ya en los límites del desierto.
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El desierto de Gobi con sus más de un millón de kilómetros cuadrados de extensión. El desierto que no cesa de avanzar, que llama con sus calores y fríos, con sus tormentas de arena y sus vientos heladores, a las puertas de Pekín. No cesa de avanzar el desierto, aquí y allá, a lo largo y ancho del mundo; reclama su protagonismo, extiende su mano árida y apocalíptica. Bajo su áspero y amenazador rigor contiene tesoros (petróleo, minerales), pero quizá los guarde para siempre, celosamente. Avanza el desierto en busca del océano, para fundirse con él. ¿Será quizá un día desierto el propio océano?
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La Gran Muralla, mínima desde la altura, pero inmensa abajo, reptando entre el Mar Amarillo y el desierto de Gobi: «Inmensidad inimaginable», que dijo alguien. Más de siete siglos se tardó en construir esa muralla. ¿A qué se debió, en el fondo, tal proyecto? Creo que el poner freno a los pueblos nómadas del oeste y del norte –a tribus como las de los hunos– no es motivo su?ciente para explicar las razones de fondo de esta desmesura. En realidad, se trata de una honda (psíquica) de la desmesura de un pueblo. Obsesión de cerrarse a los peligros externos, o de simplemente cerrarse.
Defendida China por el este y por el sur por el océano Pací?co, por el suroeste y por el oeste por el Tíbet y la cordillera de los Himalayas, el país sólo quedaba abierto al norte, a la extensión del desierto de Gobi. A ese espacio es al que había que oponer la Gran Muralla para que todo el país quedase cerrado al mundo. Terrible es el pensar en sus dimensiones –fruto de tanta piedra, de tanto ladrillo, de tanta sangre–, en el que generó esta muralla.
Lo mismo se podría decir de esa otra obra ingente que fue el Gran Canal, que cruza el país de norte a sur, ?nalizado ya en el siglo VII d. de C. y fruto del esfuerzo de un millón de trabajadores forzados. Este último dato siempre tendrá más fuerza en nuestra memoria que el barco del emperador Sui arrastrado a lo largo de dicho canal,...




