E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Chayka Mundofiltro
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-127967-4-2
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Cómo los algoritmos han aplanado la cultura
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
ISBN: 978-84-127967-4-2
Verlag: Gatopardo ediciones
Format: EPUB
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(Portland, 1988) es un periodista y crítico cultural afincado en Washington D.C. Escribe habitualmente sobre tecnología y cultura digital en The New Yorker. También ha colaborado con The New York Times Magazine, The New Republic y Harper's. Su reportaje sobre el turismo en Islandia fue seleccionado como uno de los mejores textos de viaje de Estados Unidos en 2020. Gatopardo ha publicado su primer ensayo, Desear menos (2021), una búsqueda de los orígenes estéticos y filosóficos del minimalismo contemporáneo.
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INTRODUCCIÓN
Bienvenidos a Mundofiltro
EL TURCO MECÁNICO
En 1769, un funcionario del Imperio austrohúngaro llamado Johann Wolfgang Ritter von Kempelen construyó un artilugio que recibió el sobrenombre de Turco Mecánico. Se trataba de un regalo creado para impresionar a María Teresa de Austria, emperatriz de la casa de Habsburgo. La máquina casi mágica de Von Kempelen podía jugar y ganar una partida de ajedrez contra un rival humano valiéndose únicamente de un mecanismo interno compuesto de engranajes y correas de transmisión. Tal como se puede ver en los grabados de la época, el Turco era un gran armario de madera, de aproximadamente un metro veinte de ancho, setenta y cinco centímetros de profundidad y noventa de alto, con unas puertas que permitían ver la compleja maquinaria de su interior. Sobre él se sentaba un autómata de aspecto humano y del tamaño de un niño que, vestido con túnica y turbante y luciendo un mostacho espectacular, se inclinaba sobre un tablero de ajedrez. (En una época de auge del comercio internacional, el arquetipo orientalista visto desde la perspectiva europea fusionaba el humano extraño con la máquina extraña.) El brazo izquierdo del Turco se desplazaba sobre el tablero de ajedrez, cogía las piezas y las desplazaba. La máquina emitía una campanada cuando se ejecutaba un movimiento, detectaba si el otro jugador hacía trampas y mostraba distintas expresiones faciales. El Turco Mecánico de Von Kempelen era tan asombroso que viajó por diversos países y llegó a jugar contra rivales como Benjamin Franklin en 1783 y Napoleón Bonaparte en 1809. Ambos perdieron.
En realidad, lo que el Turco Mecánico no sabía hacer era jugar al ajedrez. Ni existía una inteligencia artificial que manejase la máquina ni un conjunto de engranajes que determinase mecánicamente cuál debía ser el siguiente movimiento. En su lugar, había un operador humano de corta estatura acurrucado dentro del armario. Era un jugador de ajedrez experto capaz de seguir el juego gracias a unos indicadores magnéticos bajo el tablero que estaban conectados a las piezas que había sobre él: a medida que la partida se iba desarrollando, indicaban la posición de los peones, el alfil, el rey. Por medio de palancas y cuerdas, el operador controlaba las manos del autómata para que este cogiese las piezas y las moviese, lo que a su vez hacía que los imanes se desplazasen. Por unos agujeros ocultos en la parte trasera se filtraba el humo del candelero con el que se alumbraba el operador cuando manejaba la máquina. La maquinaria interna servía únicamente para aparentar; no tenía función alguna. Si el público deseaba echar una ojeada al interior, el operador podía desplazarse sobre un asiento móvil para ocultarse cuando las puertas del armario se abrían en una impostada demostración de transparencia, algo parecido al falso fondo del utillaje de un mago.
El Turco Mecánico ofrecía la sorprendente ilusión de ser una máquina capaz de tomar decisiones por sí misma, en apariencia más inteligente que un ser humano, aunque en definitiva quien la controlaba era un ser humano. Varios espectadores sospecharon que era un fraude. «Llamarlo autómata es una exageración que debería desenmascararse en público», escribió el escéptico y excéntrico británico Philip Thicknesse en una obra de 1784, alegando que la máquina estaba controlada «por cómplices invisibles». Thicknesse proseguía diciendo: «El ajedrecista autómata es un hombre dentro de un hombre; no importa de qué esté compuesta su forma exterior: en su interior contiene un alma viviente». Por supuesto, Thicknesse estaba en lo cierto, pero el secreto no terminó de desvelarse hasta 1860, y para entonces la máquina ya había estado de gira por Estados Unidos y había ido a parar a la colección de John Kearsley Mitchell, el médico personal de Edgar Allan Poe. El artefacto original quedó destruido en un incendio, y el hijo de Mitchell escribió en un artículo en el que lo revelaba todo. Sin embargo, el que la máquina fuese un engaño flagrante no hacía más que subrayar la importancia del Turco Mecánico.
En los dos siglos transcurridos desde su invención, este artilugio se ha convertido en una destacada metáfora sobre la manipulación tecnológica. Representa tanto al ser humano que se esconde tras la tecnología aparentemente avanzada como la habilidad de estos mecanismos para engañarnos sobre su funcionamiento. (En 2005, Amazon bautizó como Turco Mecánico un servicio destinado a realizar tareas digitales tales como el etiquetado de fotos o la limpieza de datos, de las que se encargaba una multitud invisible de personal humano externo a la empresa.) El Turco Mecánico es como el hombre tras la cortina en , una entidad extraña y omnisciente que al final resulta ser algo mucho más prosaico y comprensible. La máquina y el truco se refuerzan mutuamente. A través de sus dobles engaños, la hazaña del Turco es «ganar siempre», tal como escribió Walter Benjamin en un ensayo de 1940 en el que reflexiona sobre este artefacto.
Últimamente suelo pensar bastante a menudo en el Turco Mecánico, porque me recuerda al espectro tecnológico que asedia esta era de inicios del siglo xxi. Dicho espectro lleva el nombre de «algoritmo». «Algoritmo» suele usarse como abreviatura de «recomendaciones algorítmicas», los mecanismos digitales que captan gran cantidad de datos de los usuarios, los hacen pasar a través de un grupo de ecuaciones y arrojan un resultado que en teoría es el más relevante para unos objetivos predeterminados. Los algoritmos dictan qué páginas web aparecen en nuestros resultados de búsqueda de Google, qué historias vemos en nuestros flujos de contenido de Facebook, qué temas musicales aparecen en las emisiones sin fin de Spotify, a quiénes vemos como parejas potenciales en las aplicaciones de citas, qué películas nos recomienda la página de inicio de Netflix, el flujo personalizado de vídeos que nos presenta TikTok, en qué orden vemos las publicaciones de Twitter o de Instagram, en qué carpetas se organizan automáticamente nuestros correos electrónicos y qué anuncios nos van persiguiendo por internet. Las recomendaciones algorítmicas tienen en cuenta nuestras acciones previas y seleccionan los contenidos que se adecuan mejor a nuestros patrones de comportamiento, y así configuran la inmensa mayoría de nuestras experiencias en los espacios digitales. Se supone que interpretan lo que queremos ver y luego nos lo muestran.
En la actualidad, nos enfrentamos constantemente a algoritmos de todo tipo, y cada uno de ellos trata de adivinar en qué pensamos, qué buscamos y qué deseamos antes incluso de que seamos conscientes de qué es. Cuando escribo un correo electrónico, mi aplicación de Gmail predice qué palabras y frases estoy intentando teclear y las completa en mi lugar, como si me leyese la mente. Spotify llena su pantalla de inicio con los músicos y álbumes que predice que me gustará escuchar, y a menudo acabo seleccionándolos por puro hábito. Cuando cojo mi teléfono, en él aparecen precargadas fotos del pasado que quizá me apetezca ver —con la etiqueta de «recuerdos», como si existiesen en mi subconsciente—, así como sugerencias de aplicaciones que quizá quiera abrir y amigos a los que tal vez desee enviar un mensaje. Instagram me brinda un tablero de inspiración con lo que su algoritmo percibe como mis intereses: planos cenitales de comida, instantáneas de arquitectura, avances en bucle de series de renombre. TikTok me ofrece una inexplicable avalancha de vídeos de gente que coloca azulejos nuevos en sus duchas, e inexplicablemente me quedo mirándolos, cautivado a mi pesar. ¿Es eso todo lo que me define como consumidor de cultura?
Hubo un tiempo en que todas esas pequeñas decisiones las tomaba un ser humano: el editor de un periódico decidía qué artículos irían en portada y el director de arte de una revista seleccionaba las fotos que esta iba a publicar; un programador de cine elegía las películas que se proyectarían en la sala esa temporada; el DJ de una emisora radiofónica independiente recopilaba listas de canciones que reflejaban su propio estado de ánimo y la atmósfera de un día o un lugar concretos. Aunque por supuesto estas decisiones se hallaban sujetas a diversas fuerzas económicas y sociales, la persona encargada de ellas garantizaba que hubiese un nivel básico de calidad, o incluso de seguridad, del que es posible que carezcan los flujos acelerados de Mundofiltrointernet.
Las recomendaciones algorítmicas son la reiteración más reciente del Turco Mecánico: una serie de decisiones humanas que se han disfrazado y automatizado como si fuesen tecnológicas, a una escala y a una velocidad inhumanas. Se trata de una tecnología diseñada y mantenida por ingenieros de compañías tecnológicas monopolísticas, y alimentada por los datos que los usuarios suministramos sin cesar cuando nos conectamos a diario; nosotros la construimos y al mismo tiempo ella nos domina, manipulando nuestras percepciones y nuestra atención. El algoritmo gana.
descubriendo multifiltro
el título de este libro, es como yo denomino a la vasta, interconectada y, sin embargo, difusa red de algoritmos que hoy influye en nuestras vidas y que ha tenido un efecto especialmente relevante sobre la cultura y su consumo. Aunque Mundofiltro también ha alterado la política, la educación y las relaciones interpersonales, entre otras muchas facetas de la sociedad, yo me centro en la cultura; ya se trate de artes visuales,...




