Chambers | El juego de los besos | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 178 Seiten

Chambers El juego de los besos


1. Auflage 2024
ISBN: 978-607-16-8388-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 178 Seiten

ISBN: 978-607-16-8388-5
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
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Lleno de distintas voces y miradas, este conjunto de relatos es, por donde se mire, inquietante. Desde un breve diálogo a primera vista sin importancia hasta una historia en la que se cruzan distintos tiempos en un solo espacio, cada cuento nos deja, al final, la sensación de que existe una fuerza que se mueve por debajo de los acontecimientos.

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CANGURO


 
No debí de haber aceptado ese trabajo.

Y no lo hubiera hecho, de haber sabido que me iba a tocar de canguro.

El anuncio sólo decía: “¿Quieres ser un animal y que te paguen por serlo? Si quieres, el parque de diversiones local te necesita”.

Metí mi solicitud. Conocí a la “gerente de recursos humanos”: una mujer de mediana edad con traje negro de rayitas, que se creía hombre.

Yo me hubiera dado la media vuelta en ese mismo instante, pero necesitaba el dinero.

Ya ves cómo son los veranos. O al menos para mí. La palabra “vacaciones” no existe en el vocabulario de mi papá. Se supone que debo “aplicarme”, como dice él, “descubrir cómo funciona el mundo”, “dedicarme a un empleo provechoso”, y en general “acrecentar mis conocimientos de la gente y de la vida”. De lo contrario, no hay mesada.

Yo no diría que mi padre sea malo ni severo. Estricto, sí. Cuidadoso con el dinero, sí. Tacaño, le dice mi abuelo (guiñando un ojo y casi siempre cuando me está dando un dinero adicional). Pero no malo. Me compra casi cualquier cosa, si le alcanza y si piensa que me lo merezco, o que “contribuirá a mi progreso en la vida” (el elevado cociente de pomposidad en su dicción es el resultado de haber trabajado demasiadas horas extra como humilde empleado en un bufete de abogados; cree que así suena más respetable y sabio).

El caso es que tenía que conseguir un trabajo de verano y no pensaba rebajarme con ninguna de las otras opciones. Soy pésima para meserear: nunca me acuerdo de quién pidió qué ni tengo mucha tolerancia con los clientes mandones. Me niego a preparar tragos detrás de una barra y tener que soportar los chistes obscenos, manoseos, ligues y balbuceos alcoholizados de los borrachines masculinos. Y tratar de vender lo que sea es una experiencia humillante, además de que yo no podría ni regalar las porquerías con las que debes convencer a la gente de que compre; mucho menos podría venderlas. Eso me dejaba la opción de ser un animal en el parque de diversiones local, lo que parecía una solución razonable a un problema por lo demás irresoluble. Cuando era chica me había divertido mucho en ese lugar; en aquellos días a mi padre aún le quedaba una poca de diversión en el sistema.

Por lo que pasó después, les tengo que contar sobre mi novio, Bret, y sobre mi papá. Se llevan bien, lo cual es uno de los grandes misterios del mundo. De entrada, Bret es todo lo contrario de pomposo. Es albañil, lo que normalmente llevaría a mi padre a pensar que no es lo suficientemente bueno para mí. Mi papá es bajito y enclenque y además es muy posesivo conmigo y más que celoso. Bret es alto y fornido y piensa que soy maravillosa. Así que, como digo, no puedo imaginarme por qué se caen bien; pero así es. Es cierto que tienen una cosa en común. Están obsesionados con las películas de Clint Eastwood. Las ven juntos todo el tiempo. Ya se las han de saber al revés. “Alégrame el día”, es un chiste recurrente entre ellos.

Por qué a mi padre le gustan esas películas tan violentas, es un enigma sin resolver. Mi madre dice que es su manera de liberar la agresión contenida que le hierve por dentro por trabajar como simple oficinista. También dice que Bret le cae bien porque Bret es la clase de hombre musculoso que él desearía ser y le parece bien que Bret y yo estemos juntos porque quiere que yo tenga a un hombre así. (¿Mi papá como Bret o Bret como mi papá? Prefiero no pensar en eso, gracias.)

Pues quizá mi mamá tenga razón; normalmente la tiene. Pero no sé. Lo que sí sé es que Bret me encanta, siempre es bueno conmigo, me hace reír mucho y siempre me siento segura cuando estoy con él. También es cinco años mayor que yo y es un hombre hecho y derecho, no un niño menso, que es lo que parecen todos los muchachos de mi edad. ¿Qué más podría pedir una chica?

En cuanto a Bret, dice que mi papá le cae bien porque a mi papá le cae bien él, y supongo que es una razón válida para que alguien te caiga bien.

En fin, el caso es que mi trabajo de verano era ser un animal en el parque de diversiones. Bret también dio su visto bueno, pues pensó que era poco probable que, estando yo disfrazada de animal de peluche, algún depredador masculino rival me fuera a ligar. Como podrán adivinar por esto, Bret es aún más celoso conmigo que mi padre. Las únicas veces que de veras se pone de malas es cuando otro hombre me coquetea. Esto me gusta, en secreto; pero desde luego nunca se lo demuestro.

Cuando metí mi solicitud para el trabajo no sabía que iba a ser un canguro; de haber sabido, lo hubiera pensado mejor. No es que tenga nada contra los canguros per se. Sólo los he visto en vivo una vez, en el zoológico. Tampoco es que me gusten. Parecen criaturas polvorientas y apestosas, para mi gusto, y no me encantan sus caritas afiladas ni sus patitas delanteras que hacen un contraste chistoso con sus muslotes gordos y sus largas patas traseras y sus colas largas y gruesas.

Si me hubieran dado a escoger, hubiera sido un feliz león o un tierno oso. Pero nada de eso. El hombre al que llaman “el entrenador” fue repartiendo los animales conforme fuimos llegando a nuestra primera sesión de los dos días de entrenamiento requerido, y como inevitablemente fui la última en llegar —siempre llego tarde por mucho que trate de evitarlo—, me enjaretaron un canguro.

Cabe mencionar que “el entrenador” era australiano y al darme mi disfraz me indicó que consideraba que ser canguro era todo un honor, pues es una criatura especialmente estimada por sus paisanos, para quienes era (es) un símbolo nacional. ¿O es el walabí? Siempre los confundo (soy pésima en biología, con los nombres de animales, plantas, árboles, etc.). Lo único que puedo decir es que en gustos no hay nada escrito. También debo agregar que nadie discutía con él, por la sencilla razón de que no sólo parecía sino también se comportaba como un sargento de las películas de guerra estadunidenses que mi padre tanto disfruta —Pelotón, Apocalipsis, etc., etc. (Si nunca las has visto, da gracias.)

Y no es que yo fuera la única canguro. Éramos tres. Teníamos que ser tres porque hacía tanto calor dentro de la botarga que los reglamentos de salud y seguridad estipulaban que nadie podía permanecer más de veinte minutos por hora en el disfraz para no fenecer de sobrecalentamiento, hipertermia, deshidratación u otras formas de agotamiento. Lo que significaba que se necesitaban tres personas por animal, cada una con su propio disfraz, de modo que siempre hubiera una de guardia, “actuando” entre el público mientras las otras dos descansaban. Veinte minutos de trabajo, cuarenta de descanso, todos los días desde que el parque abría hasta que cerraba.

La primera vez que oí esto pensé que el trabajo iba a estar regalado. No fue sino hasta que lo hicimos que me di cuenta de lo mucho que distaba de ser un día de campo. Tenía que salir a cangurear ocho veces al día, sin parar, porque tenía que comer y beber mucho y usar el baño y lavarme el sudor (necesitaba dos o tres cambios de ropa interior diarios) y, en general, recuperar las fuerzas en mi “descanso” de cuarenta minutos.

Si no crees lo difícil que era, prueba esto. Ponte tres pares de calzones térmicos largos y una chamarra de nieve, encima te envuelves dos cobijas bien apretadas y luego sales a correr al jardín veinte minutos en un día de calor; hazlo varias veces con cuarenta minutos de descanso obligatorios después de cada veinte, y dime si no es un tipo de tortura.

Pero eso no era todo.

Además tenía que brincar como canguro. El sargento australiano se dedicó a “adiestrarme” en nuestros primeros dos días de “entrenamiento”: en la mañana sin disfraz, en la tarde con, que es cuando empecé a sospechar que no todo iba a ser tan maravilloso como había supuesto inicialmente. Los brincos fuerzan mucho los músculos de las piernas, sobre todo los que no se usan normalmente en la vida diaria de un ser humano. Después de una hora de “entrenamiento” necesitaba fisioterapia. Dudo que sea necesario reportar que no se ofrecía ninguna, el único comentario del sargento cuando me quejé fue que pronto me acostumbraría, sin dolor no hay gloria, ja, ja, ja.

Aparte de brincar, también tuve que aprender lenguaje de señas básico. ¿Por qué? Porque había una estricta regla, cuyo incumplimiento se penaba con el despido. La regla era: por ningún motivo hablar jamás con nadie cuando estabas actuando ante el público. Ni siquiera podías hacer ruidos que fueran propios de tu animal. ¿Por qué? Porque la atención de los clientes que pagan, y sobre todo de los niños, no debe llevarse al hecho de que hay un ser humano metido en el disfraz de animal. Eso rompería la ilusión, nos explicó la mencionada gerenta de recursos humanos con su traje de rayitas.

Esto me habría parecido un rimero de desechos de canguro de no haber sido por un hecho. Me acordaba de haber venido a este mismo parque de diversiones cuando era chica y ser recibida por un animal de peluche grande como mi papá, y no sólo me lo creí, sino que me encantó. Y haciendo memoria, recordé que los animales nunca emitían sonidos, pero sí movían sus miembros de animal de una manera que me parecía perfectamente lógica y nada ridícula. Algo similar, supongo, a los bebés que parecen entender los balbuceos cariñosos que ahora me parecen una perfecta tontería. (¿Seré apta para la maternidad? Tal vez no. Es un tema debatible que aún está por verse. Aunque a...



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