E-Book, Spanisch, 168 Seiten
Cassan Vivir al desnudo
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19362-25-4
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 168 Seiten
ISBN: 978-84-19362-25-4
Verlag: Plankton Press
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Margaux Cassan es filósofa, escritora y, por supuesto, naturista. Especializada en teología protestante, le interesa abordar temas como la fe, la hermenéutica y la vida social. Es autora de la biografía Paul Ricoeur: le courage du compromis. Vivir al desnudo es su debut en la literatura en primera persona y ya goza de gran éxito en Francia. Criada entre su hogar textil en París y los saúcos de Bélézy, la autora ha llegado a la conclusión de que el significado de una vida simple es llevar una vida elegida. La suya es la contracultura del naturismo.
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II.
Por más que rebusco en los recuerdos de mi infancia, me cuesta imaginarlos vestidos.
Cuando pienso en mi tía veo a una mujercilla de metro sesenta con el pelo corto enrojecido por la henna y el vello aún negro, bailando en la cocina sin dejar de mover las manos y las caderas recubiertas de pecas provocadas por el sol, unas manos y unas caderas que giran alrededor de una espalda fina cuya columna vertebral protuberante cae sobre unas nalgas tímidas. Prepara una adafina, receta típica de la comunidad judía argelina, en una fuente provenzal de cerámica amarilla con motivos florales. Mi tío, Anselme, es su equivalente masculino: menudo, delgado, ágil. Los dos poseen una desnudez discreta: sus muñecas, sus pies, los pechos de ella y los genitales de él son sobriamente pequeños. La única coquetería son las chancletas rosas de ella, las sandalias de cuero de él. Al examinarlos más en detalle, el cuerpo de Anselme se revela más amargo que el de Jeannette. Los largos años al servicio de la Educación Nacional le han arqueado la espalda y los pies. El contacto con el alumnado se le hace muy cuesta arriba: la insolencia, el desinterés por la música que enseña, los gritos que no dejan oír las piezas que les pone. Mi tío quisiera «no tener que volver más al cole». Yo también, tío Anselme. Odio el cole.
—Como no dejéis ya de hablar del colegio, los dos, se va a poner a llover —comenta, divertida, mi tía.
Su mano acaricia mi pelo y huele a aceite de oliva, pimentón y canela. Lo que tiene ella de malicia lo gana él en virtuosismo. Mientras Jeannette guisa, mi tío se sienta al piano. Toca cancioncillas de Mozart o improvisa a partir de melodías de Bach. Cuando escogemos un cedé o un vinilo, casi siempre es de jazz, salvo cuando mi tía consigue imponer a Joan Báez, con la que guarda cierto parecido. Otras veces es de pop en francés, porque crea vínculos y nos sabemos las letras.
Tocar música y vivir desnudos. Es su forma de vida, su reforma de vida.
Durante el año viven a pocos kilómetros de mi casa, en un piso oficial al lado de Trappes, en el extrarradio de París, pero nunca los he visto allí. Por las fotos sé que es un apartamento oscuro, lleno de discos, de guitarras y de cuadros que tío Anselme pinta en su tiempo libre. Mi tío es profesor de música en un centro de secundaria en el que mi tía trabaja de administrativa. Ellos también conviven casi siempre con los demás en un entorno normal, con ropa y con prisas. Pero cuando son esas personas yo estoy con mis padres, en París, en la escuela primaria.
Asocio a Anselme y Jeannette con el verano, con la desnudez y con Provenza. Para mí son como las tortugas de ese documental que nos pusieron en el colegio, que salen cuando el termómetro alcanza los veintiocho grados. Por debajo de los quince, en cambio, viven al ralentí y se apagan cuando las temperaturas no pasan los diez grados. A diferencia de las tortugas, ellos no tienen caparazón. O, precisamente como ellas, su cuerpo es su caparazón. Cuando salen de su hibernación, coincidiendo con las vacaciones de Pascua, regresan a su hábitat natural. Allí me reúno con ellos en julio.
Bélézy es un club de vacaciones en el norte del departamento de Vaucluse, al inicio de una carretera que recorren con mucho trabajo los ciclistas que intentan subir al Mont Ventoux. Pocos kilómetros antes de llegar, se vislumbra a través del parabrisas salpicado de insectos el «Gigante de Vaucluse», conocido por su cumbre, blanca por la piedra caliza. Las laderas están cubiertas de pinos carrascos, lo que le confiere al monte cierto aire de hombrecillo verde con sombrero blanco. Más o menos a esa altura de la carretera, una anciana vende albaricoques muy maduros a euro el kilo; es tradición que paremos a comprarle. Antes de llegar, queda una última parada en una pequeña localidad de diez mil habitantes adyacente a Bélézy.
Allí, Anselme aparca el coche y va a comprar pan mientras Jeannette y yo subimos hacia la iglesia de San Pedro. Para acceder al atrio hay que enfilar un callejoncito empinado a la derecha de la panadería, que desemboca en esa construcción emblemática del arte jesuita del siglo xviii, me explica mi tía, con sus dos alturas y sus dos alerones, como la iglesia del Gesù en Roma. Desde arriba se distingue Bélézy, escondido en medio del bosque de saúcos. Nos impacientamos y nos precipitamos colina abajo para reunirnos con mi tío, ponernos de nuevo en marcha y adentrarnos por una carretera bordeada de lavanda y viñedos. Nada más apearnos del coche nos desvestimos y ya no abandonamos ni Bélézy ni la desnudez hasta el final de las vacaciones. Vacilo un poco antes de quitarme las bragas, que flotan en mis caderas esqueléticas. En la familia se cuenta que cuando nací pesé tres kilos setecientos y que desde entonces no he engordado nada. Solo mis brazos y mis piernas se han alargado hacia el suelo. Pero ese momento de indecisión nunca dura más que los cien metros del aparcamiento, que funciona como una especie de compuerta: cuando llegamos estamos vestidos y cuando lo dejamos atrás estamos desnudos.
La primera vez que fui a Bélézy tenía dos años. Podría entrar en preescolar un año antes de lo normal siempre y cuando dejara de usar pañal antes del 1 de septiembre. Mis padres pensaron que me ayudaría pasar unas vacaciones con Anselme y Jeannette. Anselme es hermano de mi padre, con el que no tiene nada en común más allá de su madre, Frieda. Aquel verano fue ella, mi abuela, la que me enseñó a usar la escupidera, tarareando una musiquilla que imitaba el ruido de un río. Jeannette se emocionó tanto que se echó a llorar. Cuentan que Frieda, al verle los ojos húmedos, exclamó: «Hala, todo el mundo mea en esta familia». Fue Anselme quien me contó esta anécdota. Anselme se casó con Jeannette antes de que yo naciera. Es la única mujer que se ganó la simpatía de Frieda, a pesar de que mi abuela le preguntaba a veces a mi tío en qué estaba pensando para casarse con una semita. Jeannette no se tomaba a mal el humor mordaz de Frieda, que pasó muchos veranos en Bélézy antes de enfermar. Anselme y Jeannette tienen un hijo, Robinson, diez años mayor que yo, que también pasaba todas las vacaciones en Bélézy. Ha heredado la dulzura de Jeannette y el amor por la música de Anselme. De Robinson conservo el recuerdo de un primo favorito y admirado —yo lo llamo Robinson-el-guay— que toca la guitarra en el jardín del la casita.
Mis abuelos, mis padres, mi tío y mi tía, sus hermanos y hermanas, mi primo y yo, formamos una familia de naturistas clásica: orígenes de clase media comunista, convertidos en funcionarios y asiduos de los cámpines de Vaucluse. En mis recuerdos más tardíos, Frieda, que sufrió una mastectomía después de un largo cáncer, se paseaba con su único pecho por los caminos de Bélézy fingiendo haberse perdido para hacerse la encontradiza con un vecino que le gustaba. Siempre regresaba de su pequeño periplo con una sonrisa en los labios y las mejillas sonrosadas, diciendo: «¡Niños! ¡He visto al vecino en cueros!», como si se escandalizara. Se reía a carcajadas, tapándose la boca con las manos. Su risa juguetona hacía olvidar la cicatriz lastimosa que ocupaba el lugar de la teta derecha y los tobillos hinchados por un principio de cirrosis.
Desde que ella murió, un asunto cuyos motivos todavía me cuesta entender dividió definitivamente a mi familia. Solo Anselme, Jeannette y yo nos mantenemos fieles a la llamada del desierto, si se me permite la expresión. La desnudez en vacaciones se convirtió en nuestro vehículo de expresión, en nuestro último grito.
Bélézy es un espacio cerrado donde la gente se siente lo bastante protegida para dejar a los niños libres, a su aire. Desde muy pequeña, me aventuro por las pistas pedregosas para descubrir esa cosita llamada libertad que mi familia ha encontrado allí. Más allá del aparcamiento, con su placa área de desnudez obligatoria, «los altos de Bélézy» reúnen el conjunto de las casitas de campo provenzales propiedad de los asiduos del lugar. Bordeando un sendero angosto rodeado de cedros se llega al área «Bienestar» donde se concentran la sauna, el hamam y la caseta del osteópata del pueblo. Un poco más allá, el área «Bungalow» —cabañitas de madera para los turistas más acomodados—, el área «Campin salvaje» —para los más tradicionales— y, por último, el restaurante y la discoteca que dan a la piscina. Más allá de la piscina olímpica de cincuenta metros, rodeada de tumbonas, está el manzanar, y al fondo del terreno, la granja. Es lo que yo andaba buscando. La granja es el anfiteatro de mis vacaciones. Escondida en lo más hondo del bosque de Bélézy, nada diferencia aquella granja de todas las demás, salvo el hecho de que los humanos están tan desnudos como los animales. Quizá a raíz de esta proximidad, mi familia casi no come carne animal.
Los naturistas, según me explicó un día Martin, el granjero, no han esperado a estos últimos años para adoptar una dieta vegetariana. Antes de convertirse en lo que es hoy, el naturismo se fundó en torno a un grupo de médicos convencidos de que la alimentación y el estilo de vida por sí solos, sin la ayuda de medicamentos, refuerzan las defensas y la inmunidad natural del cuerpo. Todo empezó con un tal Sebastian Kneipp, sacerdote católico que vivió bajo el reinado de Luis I de Baviera, en el siglo xix. Su reinado, hoy olvidado, marcó la edad de oro de Múnich: Luis I plasmó en piedra la síntesis entre Esparta y Atenas con la que soñaba toda la élite política y literaria de...