E-Book, Spanisch, 144 Seiten
Reihe: Ilustrados
Carroll Alicia a través del espejo
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16440-76-4
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 144 Seiten
Reihe: Ilustrados
ISBN: 978-84-16440-76-4
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Autor Lewis Carroll (Daresbury, 1832 - Guildford, 1898). Charles Lutwidge Dodgson era su verdadero nombre. A los 18 años ingresó en la Universidad de Oxford, en la que permaneció durante cerca de 50 años, y en la que obtuvo el grado de bachiller. Fue ordenado diácono de la Iglesia Anglicana y enseñó Matemáticas a tres generaciones de jóvenes estudiantes de Oxford y, lo que es más importante, escribió dos de las más deliciosas narraciones de la literatura universal: Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo. Las Matemáticas fueron su pasión. También fue un notable fotógrafo, intentando recuperar, a través de este arte, la inocencia perdida (fotografió sobre todo a niñas, como Alice Liddell). Ilustrador Fernando Vicente (Madrid, 1963). Comienza su trabajo de ilustrador a principios de los años 80 colaborando en la desaparecida revista Madriz. Gana el Laus de oro de ilustración en 1990. Colabora asiduamente con el suplemento cultural Babelia del diario El país desde el que muestra su trabajo más literario cada sábado y donde ha ido perfilando su actual estilo como ilustrador. Con este trabajo ha conseguido tres Award of Excellence de la Society for News Design. Para Nórdica ha ilustrado El juego de las nubes, La saga de Eirík el Rojo, El manifiesto comunista, Estudio en escarlata y Alicia a través del espejo.
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Capítulo I
La casa del espejo
Estaba clarísimo: la gatita blanca no había tenido nada que ver; todo había sido culpa de la gatita negra. La gatita blanca no pudo haber participado en la trastada porque llevaba un cuarto de hora dejando que la gata vieja le lavase la cara sin decir ni miau.
Así es como Dina lavaba la cara a sus hijitos: primero le pisaba la oreja al pobrecillo de turno con una pata y luego le restregaba la otra por todo el morro pero al revés, empezando por el hocico; y en eso estaba mientras la gatita blanca, tumbada y muy quietecita como he dicho, trataba de ronronear; quizás porque entendía que todo aquello era por su bien.
A la gatita negra, en cambio, esa tarde la habían acicalado antes; y mientras Alicia, acurrucada en una esquina del gran sillón, medio dormía y medio peroraba, la muy traviesa no había parado de juguetear alegremente con el ovillo de lana que la niña acababa de enrollar, haciéndolo rodar de aquí para allá hasta desenrollarlo del todo. Allí, en medio de esa maraña de nudos desplegada sobre la alfombrilla del hogar, jugaba a atrapar su propia cola.
—¡Pero qué animalito tan malo! —chilló Alicia, alzándola y dándole un besito en señal de que la cosa iba en serio—. ¡Dina debería haberte enseñado mejores modales! ¡Debiste hacerlo, Dina, bien lo sabes! —añadió con una mirada de reproche dirigida a la gata vieja, en el tono más severo posible, antes de volver a apoltronarse en el sillón con la gatita y empezar a enrollar la lana otra vez. Pero como hablaba sin parar, a ratos con la gatita y a ratos consigo misma, no adelantaba gran cosa. Kiti, primorosamente sentada en su rodilla, aparentaba seguir la evolución del ovillo y de vez en cuando estiraba una patita y lo tocaba con suavidad, como si estuviese encantada de poder ayudar.
—¿Sabes qué día es mañana, Kiti? —arrancó Alicia—. Lo habrías adivinado si te hubieras asomado a la ventana conmigo. Claro que Dina te estaba aseando y no podías. He visto a los chicos juntando leña para la hoguera. ¡Un montón, Kiti! Sólo que ha empezado a hacer mucho frío y se ha puesto a nevar y han tenido que dejarlo. No importa, Kiti, ya iremos a ver la hoguera mañana. —Y al decir esto dio dos o tres vueltas a la lana alrededor del cuello de la gatita, sólo por ver cómo quedaba, y a continuación rodó el ovillo por el suelo y volvió a desovillarse.
—Me has hecho enfadar mucho, Kiti, ¿lo sabías? —continuó Alicia en cuanto se reacomodaron—. ¡Cuando he visto la que has montado, casi abro la ventana y te echo a la nieve! Y te lo habrías merecido, cosita traviesa. ¿Tienes algo que decir a tu favor? ¡Oye, no me interrumpas! —la riñó con el dedo en alto—. Te diré todo lo que has hecho mal. Uno: has gemido dos veces mientras Dina te lavaba la cara. No irás a negarlo, Kiti: ¡te he oído! ¿Cómo dices? —Acercó el oído como si la gatita hubiera hablado—. ¿Que te metió la zarpa en el ojo? Bueno, pues mira, es culpa tuya por no haberlos cerrado. Si los hubieras apretado muy fuerte no habría pasado nada. ¡Deja ya de poner excusas y atiende! Dos: has apartado a Copito por la cola cuando le he puesto el cuenco de leche delante. ¡Venga! No me digas que tenías tú más sed que ella, porque eso no puedes saberlo. Y tres: ¡has deshecho todo el ovillo aprovechando que yo no miraba!
»Eso suma tres travesuras, Kiti, y nadie te ha castigado aún por ninguna. Ya sabes que estoy reservando todos tus castigos para el miércoles próximo. ¡Imagínate si también me los reservasen a mí! —reflexionó Alicia, más para sí misma que para la gatita—. ¿Qué tendrían que hacer conmigo al cabo de un año? Como poco, mandarme a la cárcel. O… veamos… Si cada vez que me castigan me quedo sin cena, cuando por fin llegara el terrible día… ¡tendrían que quitarme cincuenta cenas de golpe! Bueno, pues tampoco sería tan grave. ¡Prefiero eso a tener que comérmelas todas juntas!
»¿Oyes cómo repica la nieve contra el cristal, Kiti? ¡Qué dulce suena, y qué suave! Como si alguien le diera besitos a la ventana desde fuera. Me pregunto si la nieve quiere de verdad a los árboles y los campos para besarlos así. Luego va y los abriga con su manto blanco; tal vez hasta les diga: «Dormid tranquilos, queridos míos, hasta que vuelva el verano». Entonces, en verano se despiertan, se visten de verde y se ponen a bailar al viento. Ay, Kiti, ¡es tan bonito! —exclamó Alicia, dejando caer el ovillo para aplaudir—. ¡Y qué ganas tengo de verlo! Porque en otoño, cuando las hojas se van poniendo amarillas, parece que al bosque le entrara sueño.
»¿Tú sabes jugar al ajedrez, Kiti? No sonrías, picarona, que te lo pregunto en serio. Hace un rato, cuando jugábamos, mirabas como si entendieras. ¡Si hasta ronroneaste cuando grité: “Jaque”! Y la verdad, Kiti, es que fue un muy buen jaque, y habría podido ganar de no ser por ese horrible Caballero que se coló entre mis piezas. Kiti, preciosa, imagínate que somos…».
Ojalá pudiera contaros la mitad de las cosas que decía Alicia a partir de su frase favorita: «Imagínate que somos». El día anterior había discutido un buen rato con su hermana, y todo porque Alicia le había propuesto: «Imagínate que somos reyes y reinas», y su hermana, que se tomaba muy en serio la precisión, le había contestado que eso no era posible porque sólo eran dos, obligando a Alicia a replicar: «Bueno, tú puedes ser uno y yo seré todos los demás». Y una vez le dio un susto de muerte a la vieja nana al gritarle de pronto al oído: «¡Nana! Imagínate que yo soy una hiena hambrienta y tú eres un hueso».
Pero nos estamos desviando de lo que le dijo Alicia a la gatita negra.
—¡Imagínate que tú eres la Reina Roja, Kiti! Si te sentaras más erguida y con los brazos cruzados, te parecerías muchísimo. ¡Vamos, inténtalo, sé buena chica! —Alicia retiró la Reina Roja de la mesa y la plantó delante de la gatita para que ésta la imitase, pero la cosa no funcionó; sobre todo, según Alicia, porque se negaba a cruzarse de brazos como es debido. Así que, para castigarla, la alzó frente al espejo para que viera lo enfurruñada que estaba—. Y si no te comportas de inmediato —añadió—, irás de cabeza dentro de la Casa del Espejo. ¿Es eso lo que quieres?
»Ahora, Kiti, si dejas de hablar tanto y me prestas un poco de atención, te contaré lo que pienso de la Casa del Espejo. Para empezar, hay una habitación que es igual a este salón, sólo que las cosas están puestas al revés. Subida a una silla puedo verlo todo, salvo el trozo que está detrás de la chimenea. ¡Me encantaría poder ver ese trozo! ¡Me gustaría tanto saber si encienden el fuego en invierno…! Pero no hay cómo saberlo, salvo cuando nuestro fuego empieza a echar humo y en esa habitación se ve humo también. Pero eso podría ser un truco para hacernos creer que han encendido el fuego. Bueno, y sus libros se parecen bastante a los nuestros, sólo que las letras están al revés. Me di cuenta cuando acerqué un libro al espejo y ellos hicieron lo mismo en la otra habitación.
»¿Te gustaría vivir en la Casa del Espejo, Kiti? No sé si allí te darían leche. Tal vez la leche del Espejo no sea buena. ¡Mira, Kiti! Eso que se ve es el pasillo. Si dejas abierta del todo la puerta de nuestro salón, puedes ver una mínima parte del pasillo de la Casa del Espejo, aunque está claro que más allá debe de ser muy distinto. ¡Ay, Kiti, sería tan bonito poder pasar al otro lado…! Estoy segura de que la Casa del Espejo está llena de cosas hermosas, Kiti. Imagínate que hay un modo de entrar en ella. Imagínate que el espejo se hace blando como una gasa y lo podemos atravesar. ¡Vaya, qué curioso, yo diría que se está convirtiendo en una especie de niebla! Será muy fácil atravesarla… —Esto lo dijo Alicia encaramada a la repisa de la chimenea, aunque no tenía ni idea de cómo había llegado hasta allí. El caso es que el espejo, efectivamente, como una brillante niebla de plata, estaba empezando a deshacerse.
Un segundo después, Alicia estaba al otro lado y de un saltito llegaba a la Habitación del Espejo. Lo primero que hizo fue ver si ardía un fuego en la chimenea, y comprobó complacida que el de ese lado no sólo era real, sino que llameaba tan vivamente como el que había dejado atrás. «Aquí estaré igual de calentita que en la otra habitación —pensó—, o incluso más, porque nadie vendrá a reñirme para que me aparte de las llamas. ¡Huy, qué divertido será cuando me vean a este lado del espejo y no puedan alcanzarme!».
Entonces se puso a mirar a su alrededor y comprobó que lo que se podía ver desde la anterior habitación era vulgar y corriente, pero que todo lo demás era completamente diferente. Por ejemplo, los cuadros que colgaban de la pared junto a la chimenea parecían estar vivos, y hasta el reloj de la repisa (del que, como sabéis, sólo se podía ver la parte de atrás en el espejo) tenía cara de viejecito y le sonreía.
—Esta habitación no la mantienen tan aseada como la otra —se dijo Alicia al ver varias de las piezas de ajedrez echadas entre las cenizas del hogar; pero enseguida, con un breve «¡Oh!» de sorpresa, se puso a gatas para contemplarlas de cerca: ¡las piezas paseaban por parejas!—.
»Aquí están el Rey Rojo y la Reina Roja —dijo Alicia (en voz muy baja, por temor a asustarlos)—, y allí, sentados en el canto de la pala, están el Rey Blanco y la Reina Blanca. Y aquí van dos Torres del brazo. No creo que puedan oírme —continuó, acercando aún más la cabeza—, y estoy casi segura de que tampoco me ven. Me siento como si fuera...




