E-Book, Spanisch, 184 Seiten
Reihe: 100XUNO
Carrón Pérez ¿Dónde está Dios?
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-9055-868-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La fe cristiana en tiempos de la gran incertidumbre
E-Book, Spanisch, 184 Seiten
Reihe: 100XUNO
ISBN: 978-84-9055-868-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Julián Carrón (Navaconcejo, Cáceres, 1950) fue ordenado sacerdote en 1975. Realizó sus estudios teológicos en el Seminario de Madrid, obteniendo la licenciatura en Teología, en la especialidad de Sagrada Escritura, en la Universidad Pontificia de Comillas. Fue alumno titular de L'École Biblique de Jerusalén y en 1984 obtuvo el doctorado en Teología por la Facultad Teológica del Norte de España.Hasta 2005 fue profesor ordinario de Nuevo Testamento en la Facultad de Teología San Dámaso de Madrid. En septiembre de 2004 se traslada a Milán llamado por don Luigi Giussani, fundador de Comunión y Liberación, para compartir con él la responsabilidad en la guía de este movimiento. Tras el fallecimiento de don Giussani, la Diaconía de la Fraternidad de Comunión y Liberación le nombra presidente de la misma el 19 de marzo de 2005, cargo que sigue detentando en la actualidad. Desde el curso 2004-2005 es, además, profesor de Teología en la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán. En el año 2015 Ediciones Encuentro publicó La belleza desarmada, libro que recoge sus intervenciones públicas más significativas en sus primeros diez años al frente de Comunión y Liberación.
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1. ENCONTRAR A DIOS HOY
Cuando la secularización se convierte en una ocasión
Don Julián, vivimos en un mundo destrozado por guerras, terrorismo, hambre, migraciones... ¿Cómo ve el futuro un cristiano desde un panorama como el actual?
Un cristiano ve el futuro con realismo y con esperanza. Dos términos que parecen casi estar en conflicto entre ellos: de hecho, para algunas personas albergar esperanzas significa tener una mirada edulcorada sobre la realidad; para otras, ser realistas comporta necesariamente no tener esperanza. En cambio, es precisamente la esperanza lo que permite un auténtico y radical realismo en el que no hace falta eliminar nada de lo que hay, en un sentido o en otro. Por eso la única mirada realista es la mirada cristiana. Al comienzo de la Carta a los Romanos, san Pablo nos ofrece quizá la descripción más apocalíptica del mundo que le tocó vivir, no porque fuese un observador más agudo que los demás, sino porque la esperanza que había suscitado en él el encuentro con Cristo resucitado le permitía no echarse para atrás ante los hechos y los problemas y le hacía darse cuenta de lo que no funcionaba a su alrededor. No necesitaba edulcorar la realidad.
Hoy vemos la misma actitud en el papa Francisco, que habla con gran realismo de la situación que estamos viviendo: tercera guerra mundial a pedazos, tráfico de armas, violencia, descarte de personas, fenómenos migratorios, injusticias, hambre, corrupción. Interesado tanto en las circunstancias particulares de las personas como en los escenarios globales, se ha convertido en un dirigente mundial reconocido por todos precisamente por su mirada llena de ese realismo que nace de la esperanza cristiana. Si un cristiano vive de verdad una experiencia de fe, la certeza que dicha experiencia lleva consigo se extiende hasta el futuro: funda una esperanza que permite afrontarlo todo con una mirada nueva.
¿Está diciendo que el cristianismo no es pesimista, pero tampoco optimista?
Al final, es fundamentalmente optimista, pero no por ingenuidad, sino porque la última palabra sobre la vida y sobre la realidad es el acontecimiento de Cristo, un hecho que ha sucedido y que ha introducido en la historia una esperanza que de otro modo sería imposible. Lo expresa muy bien una frase de Charles Péguy: «Para esperar [...] hace falta [...] haber recibido una gran gracia»3.
¿Qué significa «una gran gracia»? ¿Puede explicarlo brevemente?
Es la gracia del encuentro con Cristo. Como el encuentro de los dos primeros discípulos, Andrés y Juan, con Jesús, a orillas del río Jordán —un encuentro humanísimo—, que cambió su vida por completo. Como el encuentro desconcertante de san Pablo en el camino de Damasco, que cambió radicalmente la mirada que había tenido hasta ese momento. El encuentro con Cristo vivo determina su forma de mirarlo todo, abre sus ojos para captar la positividad irreductible de la realidad. Es decir, el punto último que define la realidad ya no es el mal, el sufrimiento, sino la victoria de Cristo resucitado. Quien recibe la gracia —el don gratuito e inmerecido, que no depende de nuestra capacidad— del encuentro con Cristo y lo acoge vive con su presencia en la mirada, en cada fibra de su ser, y dicha presencia plasma el modo con el que mira la realidad.
En el fondo, la misma palabra «conversión» hace referencia justamente a este ver todo con otra mirada, desde otra perspectiva...
Sí, la palabra griega metànoia («conversión») quiere decir cambio del nous, de la mente, del modo de concebir, por la introducción de un factor nuevo, imprevisto —una presencia—, que es fuente de un conocimiento nuevo.
¿Qué tiene que decir la fe cristiana a los hombres y mujeres de hoy, en un mundo tan irregular y problemático, en una sociedad definida como «líquida», en la que han desaparecido ciertas evidencias reconocidas por todos? Su libro La belleza desarmada comienza justamente con la pregunta acerca de si es posible un nuevo inicio para la fe en un momento en el que han caído las convicciones de fondo creadas por el cristianismo...
Estoy convencido de que la fe puede decir y dar mucho a los hombres de hoy si la encuentran encarnada en la vida, en la experiencia de otras personas. De hecho, la vida que genera la fe es una vida que lleva dentro de sí un atractivo: ¡todos los que se encuentran con ella no quieren perderla! Por desgracia, no es infrecuente que nuestros contemporáneos entren en contacto con una fe reducida en sentido moralista o nocional. Pienso en todo lo que ha influido en nuestra mentalidad la versión kantiana de un cristianismo «ético». O en la identificación del cristianismo con un elenco de doctrinas abstractas, cuya conveniencia humana para la vida de cada uno es imposible de percibir. Y cuando esto sucede, el cristianismo no nos toca, no podemos ver el nexo que existe entre la fe y la vida. En cambio, cuando nos encontramos con personas que, gracias a que viven la fe, afrontan las circunstancias de todos —dificultades, cansancio, desilusiones, enfermedades— de forma distinta, testimoniando una mayor intensidad humana, una alegría última, entonces todo cambia: nos quedamos asombrados, impactados, nos vemos implicados. De ese impacto nace un atractivo, una curiosidad que puede convertirse en una pregunta explícita sobre el origen de lo que vemos. Esto es el cristianismo, que sucede de nuevo y que no necesita de ningún requisito preliminar para despertar la atención del hombre de hoy. Basta incluso con ver el modo con el que una determinada persona va a trabajar para experimentar una curiosidad imprevista: «¿Cómo es posible que a las ocho de la mañana entres siempre en el quirófano cantando?». Estoy hablando de un caso concreto, con nombre y apellido. Si una persona que llega al trabajo apesadumbrada se encuentra con otra persona que afronta su misma circunstancia de forma totalmente distinta, más humana, resulta difícil que no se pregunte: «¿Cómo es posible? ¿Qué te ha sucedido?». Cuando nos topamos con otra forma de estar delante de esa vida cotidiana que, como decía Cesare Pavese, «nos paraliza»4, podemos darnos cuenta de que la fe tiene que ver con la vida en su concreción y en su totalidad.
En el fondo, y esto se puede ver en la historia, el cristianismo ha sido capaz de transformar la realidad no cuando se ha difundido por la conversión y el bautismo de un rey que obligaba a sus súbditos a hacer lo mismo, sino cuando se ha comunicado poco a poco, como por ósmosis, de persona a persona, de familia a familia, sobre todo gracias a las mujeres, a las madres.
En los primeros siglos, el cristianismo experimentó quizá su máxima difusión gracias a los mercaderes, a los esclavos, a las madres de familia. Personas absolutamente normales que, al vivir la vida de todos, testimoniaban, como se lee en la Carta a Diogneto, esa diferencia a la que acabo de hacer referencia. Y no por un esfuerzo suyo o una capacidad especial. No por mérito alguno o por superioridad intelectual alguna. No porque tuviesen nada especial. No porque fuesen perfectos. No, tenían los mismos límites que todos, pero habían tenido un encuentro que les había transformado.
Es lo que afirma Emmanuel Carrère en su libro Il Regno a propósito de la reacción que suscitaban los primeros cristianos: «Al principio nadie entiende sus razones [...]. Luego alguno empieza a ver claro, empieza a ver para qué sirve: cuánta alegría, cuánta fuerza, cuánta intensidad gana la vida por esa conducta aparentemente insensata. Y entonces no tiene más que un único deseo: hacer lo mismo que ellos»5.
Probablemente, testimoniaban una capacidad de quererse los unos a los otros, una capacidad de compartir..., tal como se lee en los Hechos de los Apóstoles.
Esta es precisamente la cuestión. Cuando era profesor de Religión en un colegio de Madrid, les repetía con frecuencia a mis alumnos: «Cristo debería interesaros justamente para que las cosas más bellas de la vida puedan durar». Enamorarse es una de ellas. Pero el ímpetu que tiene uno cuando se enamora, muchas veces no se mantiene con el tiempo. ¿Quién puede hacer que dure? Amar a la persona que se ha deseado tanto, amarla verdaderamente sin someterla a uno mismo, a las propias pretensiones, se revela como una empresa imposible. Y lo que sucede con el amor sucede con el resto de la vida: con el trabajo, con las relaciones personales, con todo. Las cosas no duran, y no somos capaces de frenar esta situación. ¿Qué es lo que permite que las experiencias más bellas de la vida puedan durar? Hemos de reconocer que todos nuestros esfuerzos, nuestros intentos, no son suficientes. Hay una frase de T.S. Eliot que me gusta mucho: «¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?»6. De hecho, uno tiene con frecuencia la sensación de que pierde la vida viviendo. Es como si no consiguiésemos evitar que lo que empieza de forma fresca, atractiva, se convierta con el tiempo en rutina y se agote, perdiendo su fascinación. Se necesita algo distinto de nosotros, más grande. Esto es Cristo presente para el hombre.
¿Qué significa entonces vivir la experiencia cristiana en un contexto como el de la sociedad occidental, marcada por la secularización?
Como he observado anteriormente, diría ante todo que el contexto de la secularización en el que todos nos hallamos inmersos hace que paradójicamente nos resulte más fácil captar y vivir aquello en lo que consiste la experiencia...




