E-Book, Spanisch, Band 11, 144 Seiten
Reihe: Caja Baja
Capdevila-Argüelles / Lindo El regreso de las modernas
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-17496-51-7
Verlag: La Caja Books
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 11, 144 Seiten
Reihe: Caja Baja
ISBN: 978-84-17496-51-7
Verlag: La Caja Books
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Nuria Capdevila-Argüelles (León, 1972) es catedrática de estudios hispánicos y estudios de género en la Universidad de Exeter (Reino Unido), y doctora en estudios hispánicos por la Universidad de Edimburgo. Fue la primera mujer hispanista becaria postdoctoral en la Universidad de Oxford. Su labor docente e investigadora se ha centrado en la perspectiva de género, la escritura autobiográfica y la historia del pensamiento y la cultura feminista española. Entre sus publicaciones destaca el pionero estudio Autoras inciertas. Voces olvidadas de nuestro feminismo (2008, 2017), un influyente volumen que sentó las bases del estudio de la autoría femenina desde una perspectiva de género y que se tradujo visualmente en el proyecto audiovisual Las sinsombrero, del que Capdevila-Argüelles es coguionista y asesora académica. También codirige la colección Biblioteca Elena Fortún y es autora de abundantes estudios sobre la creadora del popular personaje de Celia y sobre otras modernas, publicados en España, Reino Unido y Estados Unidos. Entre sus obras destacan, además de la edición crítica de Oculto sendero, la autobiografía inédita de Fortún, la antología El camino es nuestro (con María Jesús Fraga), el epistolario De corazón y alma (con Cristina y Silvia Cerezales Laforet), y los volúmenes Artistas y precursoras. Un siglo de autoras Roësset, He de tener libertad y Caballeros y damas en crisis. Colabora frecuentemente en prensa y en distintos medios audiovisuales en España y Reino Unido. Su compromiso con la historia del feminismo y la memoria de las mujeres se ha traducido en una intensa labor de rescate de autoras y artistas olvidadas y rebeldes.
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Manejar una Remington, manejar a Miss Remington
Muchos de nuestros estereotipos consolidan su permanencia en pleno despuntar de la cultura moderna en el período del Romanticismo. La pecadora Eva o la española Carmen ganaron terreno entonces como visiones estereotípicas de la mujer. No solamente han tenido importancia en la producción de las modernas sino también en la configuración de la cultura española. La Andrea de Carmen Laforet dice de sus abuelos: «Vinieron a Barcelona con una ilusión opuesta a la que a mí me trajo: el descanso, en un trabajo seguro y metódico. Fue su puerto de refugio la ciudad que a mí se me antojaba como palanca de mi vida». El deseo de inmovilismo de la burguesía de los abuelos presenta una clase social que emerge no para regenerar la sociedad, sino para hacerla esencialmente estática, como los estereotipos románticos. Andrea, inocente, alude al pasado opulento del piso que ella conoce en ruinas y con una mitad clausurada, silenciada tras puertas tapiadas. El espléndido piso de ocho balcones «se llenó de cortinas —encajes, terciopelos, lazos—; los baúles volcaron su contenido de fruslerías, algunas valiosas. Relojes historiados dieron a la casa su latido vital. Un piano —¿cómo podía faltar?—, sus lánguidos aires cubanos en el atardecer». Latir histórico y aires coloniales evocados a través del piano no impidieron que esa vida que se esperaba fuese segura, urbana, cómoda, metódica y repetitiva, en una palabra, moderna, acabase en pobreza, guerra y memoria tapiada en las habitaciones cerradas de la casa. No se había llegado a una sólida y moderna utopía burguesa en aquella ciudad de la costa, en parte, por ese lánguido colonialismo mal llevado, pues, aparte del son cubano para piano, poco iba quedando del imperio que España fue perdiendo a lo largo de todo el siglo xix. A aquel mundo llegó Miss Remington. Prometía prosperidad y regeneración, pero, por ser mujer, parece que confundió demasiado al patriarcado, de por sí confuso en la carrera hacia la utopía de la modernidad, hacia una España —¿cómo sería? ¿cuándo llegaría?— regenerada.
Consuelo Berges (1899-1988), fascinante moderna viajera, brillante traductora de vida solitaria y responsable en gran medida de la difusión de la literatura francesa del siglo xix en España, contaba en una entrevista en su piso de Argüelles en Madrid, hecha en 1981 por Mary Nash, que en el año 1928 recaló en Buenos Aires, tras una estancia en Perú. Se había marchado de España harta del ambiente que se respiraba en la dictadura de Primo de Rivera. En la capital argentina que acogería años después a Victorina Durán y más tarde a Elena Fortún y Rosa Chacel, se quedó Berges; pronto empezaría a colaborar en prensa. «Yo llegué a aquel hotel […] —cuenta— en Buenos Aires, que era muy grande, […] con mi máquina de escribir, una Remington portátil». No necesitó más para salir adelante la dinámica Consuelo e hizo honor al emblema de modernidad que representaba el artilugio, promocionado en Europa con una clara conciencia del emblema de modernidad que representaba la mujer.
Mucho antes de que comenzasen los felices veinte que tan infelizmente acabaron con el crac de Wall Street, la marca de máquinas de escribir Remington desarrolló una de las campañas de publicidad más interesantes de Europa, extendida a España. En la segunda década del siglo xx proliferaron las imágenes de Miss Remington, una mujer con camisa blanca y corbata de hombre, pelo recogido en moño alto, aún a la moda fin de siècle, aunque en el Reino Unido hubo abundante publicidad bajo el rótulo «Miss Remington says» o «Talks by Miss Remington», traducciones ambas de «Miss Remington al habla», eslogan que se usó en nuestro país. En los carteles ingleses es de notar que la señorita Remington había simplificado su peinado. Sin llegar al pelo corto de la flapper, mostraba un peinado con ondas al agua como las hijas de Bernarda Alba en la película dirigida por Mario Camus, a la que me referiré más adelante.
En los carteles mostrados en la prensa española, Miss Remington aparece señalando una máquina de escribir con una mano. La otra mano está apoyada en la silla en la que se dispone a sentarse para, presumiblemente, trabajar y ganarse un salario teclea que teclea. «Tenemos en el mundo 609 sucursales. Vendemos una máquina por minuto. A veces más. Nunca menos», rezaba un eslogan. «En los últimos cuarenta años hemos ahorrado al mundo dinero suficiente para edificar el más poderoso de los imperios», se leía, significativamente, en otra lámina de la misma campaña. Resulta además gracioso que el nombre Miss Remington estuviese siempre presente en el material promocional peninsular, muchas veces junto al castellanizado «La Remington», que, por razones obvias, tenía menos gancho, al conjurar, debido a las connotaciones del uso del artículo, imágenes de coristas o de mujeres de vida disoluta. Se temía que la libertad de la moderna trajese su disipación, a la que siempre apuntaba, se creía, su nueva forma de hacer el género, resumida en la premisa de ser una mujer con vida activa fuera del hogar, alejada del mundo doméstico de las señoritas burguesas como la abuela de Andrea, abuela fieramente acusada por su hija Angustias de no saber ser madre de sus hijos, de no saber regenerar en igualdad. Si con Miss Remington y el tipo que representa se regeneraba España, ¿se perdería la identidad de la nación? ¿qué iba a pasar si el hogar español perdía su centro? Ya no fue tanto que Margarita Manso y Maruja Mallo se quitasen el sombrero, sino que, habiéndose patentado el alfiletero en España, cayó con la moderna en triste desuso la mantilla, prenda que cubría la cabeza de la española y que quedaba relegada al traje regional que se usaba en las fiestas populares o en los toros. Independientemente del debate sobre mujer y nación presente hasta en la sopa, no pudo evitarse una melancólica relación con un pasado también inscrito en el cuerpo de la mujer y que comenzaba a no ser visible. Por suerte, bailes y trajes regionales serían recuperados por la Sección Femenina, también ellas metidas en su propio proyecto de regeneración y modernidad, con la mujer en su centro, claro.
Disipado era lo que había fuera del hogar: y el hogar era y es la antítesis de la disipación, lugar de convergencia de la tribu. El peligro de un nuevo orden pendiente de creación les acechaba no solamente a ellas, recién llegadas en su individualidad de nueva generación y particularmente vulnerables, sino también al mundo del hogar que las modernas desprotegían al abandonarlo, garantía hasta entonces de la salud del hombre y el bienestar de la nación. Eso no podía ser. ¿Cómo regenerar, cómo caminar hacia la modernidad y participar del progreso si no se controlaba a la mujer para impedir que el vínculo de ella con lo doméstico, la tradición, se rompiese? Las modernas, Miss Remington y las demás, fueron emblema del cambio urbano, con pelo corto y el cuerpo más delgado por el deporte o la vida activa; cuerpo también liberado del corsé, revolucionada la ropa interior femenina también en aras de la comodidad, la salud y la higiene. Ella había llegado, pero sería preciso gestionar a Miss Remington.
En especial con el segundo mensaje publicitario, esta campaña enfatiza, modernamente y con visión de futuro, la importancia de la economía como medida de la grandeza de las naciones, criterio capitalista que hoy no sorprende. La modernidad económica presente en el cartel y ligada a través de la máquina de generar palabras y datos al cuerpo de una mujer protomoderna no es óbice para aludir a otro criterio de superioridad nacional que permanece melancólicamente presente en la colectividad. Se trata de una medida de grandeza obsoleta en décadas futuras pero aún vigente entonces: el poder imperial como indicador de majestad y liderazgo, la prueba definitiva de que la nación no está en declive. Y España había dejado de ser un imperio, pero no había abandonado la idea de grandeza al concepto unida. La visión de España como problema ya está consolidada en la sociedad española que recibe el mensaje de que con una Remington se funciona mejor. Para entonces ya ha ido ganando posiciones la visión que relaciona el declive de la otrora imperial España con su falta de modernización. Y para modernizarse hacían falta Remingtons y las Remingtons son misses, es decir, mujeres, concretamente, mujeres nuevas con corbata, sin molestas y excesivas enaguas, trabajadoras, aceleradores de la economía que impulsan y de la sociedad que regeneran.
El anuncio de Remington responde definitivamente a las preocupaciones regeneracionistas del momento. Al usar una Remington se ahorra dinero. La eficiencia económica es la clave de la construcción de nuevos imperios en la era capitalista, era en la que España aún no había entrado. Rural, con poca industrialización, con una reforma agraria pendiente, y con una de las tasas de analfabetismo más altas de Europa, en especial entre la población femenina, cabía preguntarse quién tenía la culpa del problema de España. ¿Eran las clases dominantes, baluartes del tradicionalismo y defensoras de una identidad nacional caduca y excelsa, a costa de un pasado venerado en aras de su obsoleta permanencia, al menos en la imaginación de quienes no querían ver qué había pasado en Cuba? ¿Las masas apáticas y, en un antimoderno porcentaje, analfabetas? ¿El clientelismo dentro del sistema político? De igual forma que para recobrar la salud es necesario desarrollar buenos hábitos, deshacerse de prácticas insalubres y seguir el consejo del médico, la patria enferma...




