Campoy | Pepa Guindilla | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 210 Seiten

Reihe: Infantil

Campoy Pepa Guindilla


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18451-60-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 210 Seiten

Reihe: Infantil

ISBN: 978-84-18451-60-7
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Pepa Guindilla tiene dos padres, una madre, dos casas y un vecino insoportable. Reparte la vida entre sus dos hogares y la vida le va bastante bien. El único problema es Odioso Chivato, el vecino del bajo, su archienemigo irreconciliable. Pepa no pretende revolucionar la vida apacible de los que la rodean, solo sigue su lógica personal. Pero cada paso desemboca en una divertida trastada cuyas consecuencias tendrá que afrontar. Con un optimismo que invita a la carcajada, las andanzas de Pepa Guindilla son una sucesión de aventuras desternillantes que invitan también a la reflexión gracias a la mezcla de ternura, sorpresa y desenfado.

Ana Campoy. Nació en Madrid en 1979 y se licenció en Comunicación Audiovisual. En la actualidad colabora con el programa Hoy por Hoy Madrid (Cadena Ser) divulgando la literatura infantil y juvenil; escribe en revistas como Jot Down o Jot Down Kids; y coordina la sección infantil del Festival Celsius 232, celebrado cada año en Avilés. En su labor como escritora, resultó ganadora en 2017 del Premio Jaén de Narrativa Juvenil con la novela La cronopandilla: el túnel del tiempo. Es autora además de las series Familia a la fuga y Las aventuras de Alfred y Agatha.
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Duelo de mirillas

Lo peor de que te pongan un castigo sin decirte cuál es, es el tiempo que pasa hasta que te enteras de tu condena. Mamá pasó toda la noche meditando la mejor manera de sufrimiento. Y cuando nos lo comunicó me habría gustado tener una máquina del tiempo para marcharme de allí y no volver en una buena temporada.

El nivel de desastre parecía considerable (siempre suelo clasificar las meteduras de pata en la siguiente escala):

Nivel 1: travesurilla sin importancia (nivel bajo).

Nivel 2: metedura de pata (nivel normal).

Nivel 3: travesura seria (nivel alto).

Nivel 4: cagada colosal de magnitud estratosférica (muy pocas ocasiones).

Normalmente me muevo entre el nivel 1 y 2 en la vida diaria. Suelo meter la pata algunas veces, pero, por regla general, la gente (también yo) suele reírse. Pocas veces alcanzo el nivel 3. Sucede en ocasiones muy escasas (mínimas, si pensamos en la de cosas que hacemos a lo largo del día). Y el nivel 4 es tan excepcional que lo pongo solo por ponerlo. Porque siempre hay momentos en los que la vida sorprende. Momentos en los que todo se complica de manera que jamás habíamos pensado. Por eso, y solo para eso, existe el nivel 4.

El asunto del escupitajo había sido un caso único. Mientras yo creía moverme alrededor del nivel 1 y 2, resultaba que mamá lo había percibido como un nivel 3, incluso rozando el 4, a juzgar por el castigo que había planeado.

Cuando salí del cuarto aquella mañana, la encontré ante la puerta de la cocina junto a un cubo lleno de agua, detergente y un montón de trapos limpios.

—¡Ya lo tengo! —anunció sin dejarme pensar en el desayuno—. Como parece que no apreciáis la limpieza de las cosas, os vais a encargar de dejar la nevera como una patena.

—¡¿Qué?! —exclamé, a pesar de estar aún muerta de sueño.

—Añadimos el congelador. ¿Quieres protestar más?

Andrew rondaba por allí pegado a su libro de la semana. Siempre hay un tema de moda para Andrew. Ese mes había tocado los uniformes militares del siglo xx. Se obsesiona. Algo poco habitual para un chico de siete años. La gente de alrededor dice que Andrew sabe de cosas que no son normales para su edad y que eso puede traerle problemas. Yo no entiendo cómo eso puede ser malo. Pero los mayores dicen (cuando digo «mayores» quiero decir mi madre) que cuando crezca pueden salirle traumas. No sé. Mi hermano siempre parece contento. Aunque sí creo que, a veces, es un poco pelmazo.

—¿No es mejor hacer la limpieza en viernes? —apuntó Andrew desde detrás de su libro—. Los viernes siempre hacemos la compra porque la nevera está vacía. Sería más rápido y más eficiente.

—Vaya, gracias por tu aportación, Andrew —respondió mamá, un poco harta—. ¿A lo mejor quieres echar una mano a tus hermanas?

Mi hermano cerró la boca, abrió su libro y desapareció tras él antes de que alguien lo reclutara. Era evidente que ni por asomo pensaba sumarse al batallón de limpieza. Sophie, por su parte, entró directa a la cocina y agarró una de las esponjas. Debía de haber oído la conversación desde el pasillo, ya que se puso a cumplir con el castigo sin rechistar.

Mamá dirigió la operación. Nos indicaba qué alimentos había que reorganizar y cómo limpiar las bandejas, una a una, para que el resultado fuera impecable. La verdad es que no fue para tanto. Una mañana de sábado de castigo no es mucho si tenemos en cuenta lo enfadados que habían estado mis padres el día anterior. Cuando escurrí la bayeta por última vez y admiré lo reluciente que había quedado la nevera, me sentí satisfecha. Había sobrevivido a la ira y a la injusticia. Una victoria más que añadir a la lista de triunfos de Pepa Guindilla. Sin embargo, el asunto aún no había acabado. Qué va. No había contado con mi otra residencia.

—No cantes victoria —me indicó mi madre como si me leyera la mente—. A ti aún te queda la mitad de la tarea. Falta la casa de tu padre.

A veces pienso que sería mejor si mis padres no se hablaran. Me libraría de estos castigos por capítulos. Además, no era justo que Sophie pringara la mitad solo por el hecho de tener una sola casa. Pero no quise protestar más.

Mi padre seguía bastante mosqueado cuando llegué a su casa aquella tarde. Lo supe por la vena. Veréis…

Cuando mi padre está verdaderamente enfadado, tanto que ni siquiera habla, una de las venas que le cruzan la frente engorda y se pone a palpitar. Es como si fuera una salchicha a la brasa. Dan ganas de pincharla. Resulta realmente incómodo comer o desayunar frente a él cuando la vena está desatada. No puedo evitar mirarla (os prometo que lo intento, pero no me sale). En esas ocasiones en las que mi padre está enfadado a rabiar, parece que la vena quisiera gritar por él. Incluso estallar.

El castigo de papá fue más simple, pero también más cruel: creyó que lo justo era limpiar los barrotes de la escalera. Así aprendería la lección. Yo habría preferido cualquier otra cosa con tal de que fuera dentro de casa. Hasta le ofrecí ordenar los trastos de la mudanza y colocarlos yo misma en las estanterías. Pero mi padre se negó en redondo. Me arreó su propio cubo y una bayeta bastante más mugrienta que la de mamá. También me dijo que no perdiera más el tiempo y que empezara por la planta baja. Había elegido el peor lugar de todos para comenzar. Sentir el aliento de Odioso Chivato detrás de su mirilla era la peor humillación. Pero no me quedó más remedio.

Bajé con el cubo a regañadientes y me armé de valor para lo que tenía pinta de ser un pestiño de tarde. Me senté en los peldaños sigilosamente y empecé con la tarea. Por mucho que frotara, el tiempo pasaba a ritmo de marmota. Siempre que miraba hacia arriba quedaban demasiados barrotes. Estaba tan harta que, cuando llegué al tercer piso, me dieron unas ganas terribles de lanzar otro escupitajo por la escalera. Como venganza. Pero me contuve. Aquel era precisamente mi descansillo y mi padre podía estar espiando.

(Nota: No olvidéis el peligro que tienen las mirillas. Las carga el diablo. Si me hubiera atrevido a escupir de nuevo, el requetecastigo habría sido peor que el castigo normal. La vena de mi padre habría estallado definitivamente, poniéndolo todo perdido de sangre. Y yo no estaba dispuesta a limpiar más descansillos en lo que quedaba de mes. No me quedaba otra que hacerles creer que había aprendido la lección).

De lo que no tenía ni idea era que la tarde iba a animarse en apenas unos instantes. A veces me gustaría que la Pepa del futuro llegara y me dijera: «Tranquila, Pepa del pasado. Todo va a arreglarse». Pero como es algo que nunca sucede, la vida tiene más emoción. Las cosas inesperadas ocurren en el momento más inesperado (y por eso, precisamente, se llaman así).

Ya os he contado que el piso de enfrente (o sea, el 3.º B) está deshabitado. Tan solitario que jamás se oye ningún ruido en su interior. Pues bien… Retenedlo en vuestra mente, que luego volveremos a él.

Tal y como era de esperar, Odioso Chivato no pudo resistir la tentación de salir de su madriguera en cuanto notó que yo estaba por allí. Nada más percibir el olor a niña castigada salió a merodear por el edificio con una regadera en la mano. La excusa para los adultos habría sido que estaba allí para regar las plantas de los descansillos, pero yo sabía que su único objetivo era vigilar cómo yo frotaba los barrotes. Saborear su triunfo. De hecho, cuando llegó al tercer descansillo y pasó por mi lado, se dirigió a uno de los potos del suelo y se puso a silbar.

En el colegio he aprendido que en ese tipo de ocasiones lo mejor es no hacer ni caso. Solo es cuestión de tiempo que el abusón se aburra y se marche a otra parte. Y así sucedió. Odioso Chivato vació la regadera sobre el poto, disimuló mientras inspeccionaba un par de hojas de la maceta y volvió a bajar la escalera para buscar más agua a su apartamento canijo.

Yo respiré profundamente. Más que un castigo lo que merecía era una lo que merecía era una condecoración. Aunque preferí subir hasta el cuarto piso y acabar cuanto antes la tarea. Pasar de ese pelmazo. Y fue entonces, al llegar al piso de arriba, cuando todo sucedió.

La tarde dio el giro inesperado, la sorpresa que sorprende: yo estaba frotando los barrotes de la cuarta planta cuando oí que una puerta misteriosa se abría y se cerraba en el tercero, justo el piso de abajo.

No sé si os he explicado que el bloque de papá es un edificio antiguo. En cada descansillo solo hay dos pisos: el A y el B. Así que en el tercero (que ya os he dicho que es mi piso) pasa eso mismo. Solo están el 3.º A y el 3.º B. Ningún habitante más aparte de las plantas y las arañas de las esquinas.

Yo sabía que la puerta que acababa de abrirse y cerrarse no era la de mi padre. Lo sé porque la puerta de papá hace un clic-cloc-clac cuando tiramos de ella y porque, además, sé reconocer el ruido de cualquier cosa familiar que me pongas delante. Supongo que a vosotros también os pasa. Si alguien me tapara los ojos con un antifaz, sabría identificar multitud de ruidos habituales: el de la cisterna de mamá cuando alguien tira de la cadena, la dentadura de Andrew mordiendo sus uñas mientras ve la tele, y hasta el timbre del reloj de pared del director del colegio, que suena un minuto después de haber marcado la hora en punto (lo sé porque he pasado varias veces por allí y ya me lo sé de memoria).

Resumiendo, que la puerta que acababa de abrirse y cerrarse no era la de papá, aunque el sonido había llegado...



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