E-Book, Spanisch, Band 890, 312 Seiten
Reihe: Colección Popular
Campo Ahi´ viene el lobo
1. Auflage 2023
ISBN: 978-607-16-7984-0
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, Band 890, 312 Seiten
Reihe: Colección Popular
ISBN: 978-607-16-7984-0
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
En 1976, apenas cumplidos los 24 años, David Martín del Campo publicó su primera novela, Las rojas son las carreteras. A partir de entonces se ha distinguido como uno de los narradores más singulares de su generación. Autor de crónica, biografías y literatura infantil, ha sido distinguido con diversos galardones, entre ellos el Premio Mazatlán de Literatura (2013). De su amplia bibliografía destacan las novelas Alas de ángel (1990), Después de muertos (1999), No desearás (2008) y La historia del hielo (2022).
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
1
LA LUZ del nuevo día. Eso comentó Horst Kettner por la línea telefónica. “Alcanzó a ver el nuevo día.” Axel revisó la carátula de su reloj, las once cuarenta de la noche. Sie konnte den neuen Tag zu sehen. “¿Qué hora es allá?”, preguntó entonces. “Van a dar las nueve; es una mañana fresca”, apuntó herr Kettner. “En su libreta dejó algunas notas. La primera que le avisáramos a usted… antes de organizar el velorio. Estoy en la Schön Klinik de Poecking.” En eso hubo una explosión. Y otra, y otra. Los cohetones celebrando a Nicolás Tolentino, el santo patrono del barrio.
—Ocurrió esta mañana. Sus riñones dejaron de funcionar y la trajimos al sanatorio. El viernes festejábamos con ella su aniversario; un breve agasajo en la habitación de diálisis. Cumplió ciento un años y sí, probó su pastel con ese número de velitas. Parecía una centella. Estaba feliz. “Van a incendiar el piso del hospital”, nos regañó con su eterna sonrisa, aunque ya no pudo abandonar la cama. El Süddeutsche Zeitung de Múnich sacó una pequeña nota a propósito.
—¿Ciento un años? —repitió Axel en alemán.
—En efecto. Después de su accidente ya no se recuperó. ¿Se acuerda usted? Hace tres años. El desplome del helicóptero, varias costillas rotas que le dañaron los pulmones.
—Sí supe. En Somalia, creo recordar…
—Sudán —lo corrigió el tal Kettner a través de la línea—. Iba a visitar a sus amigos, los nubios, pero ya no pudo llegar.
Silencio, la estática del cable telefónico, Blondina muerta y él mirando a Rudi que orinaba en el jardín. Hacía mucho, tal vez la mitad de siglo, que no la veía: un océano de por medio, la guerra, ese país que ya era suyo. “Leni”, se dijo al preguntar:
—¿Hay algo que pueda hacer?
—No creo. La velación inicia en dos horas. Una breve ceremonia en la capilla y al crematorio esta misma tarde. Fueron sus indicaciones, además de llamarle a usted. ¿Le puedo hacer una pregunta? —tartamudeó un nervioso Horst.
—Sí; cuál.
—¿El país es México o Estados Unidos Mexicanos? ¿La ciudad es México, otra vez, o eso de “Distrito Federal”?
Axel Moritz soltó un suspiro.
—Es difícil de explicar. Aquí todo es confuso… pero al mismo tiempo práctico. Un país práctico y confuso.
—Ya veo. Adiós herr amigo. Que tenga un buen día.
—Sí, gracias. Igualmente.
Era el lunes 8 de septiembre y estuvo tentado a telefonear a Gela, su hija, para comentar el deceso. ¿Pero decirle qué? Aquello resultaba demasiado pesaroso; un espectro persiguiendo a otro espectro. No lo entendería. Dejó el teléfono y ya abandonaba el estudio cuando experimentó la necesidad de acariciarla. Era su favorita, la consentida, más de una vez intentaron arrebatársela. Abrió la vitrina del aparador y la sujetó. “Confuso pero práctico”, se repitió. Cargó el estuche y la llevó hasta la cocina donde Lydia le había dejado la merienda. Iban a dar las doce y las quesadillas en el comal ya se habían enfriado. Las metió en el micro. Treinta segundos de murmullo magnetrónico. La Hasselblad reposaba en el mantel, reparó en que tenía película.
—¡Rudi! —llamó al abrir la puerta del patio.
El setter estaba medio sordo. Preparó el obturador de la cámara.
—¡Rudi, a merendar!
Era su mejor compañía en la mesa. Iba tras las piltrafas que le aventaba y agitaba la cola agradecidamente. Un perro es el camarada ideal. Entonces afocó al sabueso en el visor y disparó a 1/15 de segundo. La foto iba a salir movida, sin lugar a dudas, pero bien expuesta podría resultar interesante. El espectro de un setter bajo la mesa.
De vez en cuando esas instantáneas resultaban asombrosas. El año anterior, con Pablo Ortiz Monasterio, habían integrado una exposición que bautizaron Murmullos en la penumbra. La peculiar muestra conjuntaba sólo fotografías con los primeros (o los últimos) minutos del día. Crepúsculos, amaneceres, “la hora gris” que antecede al sueño.
Clic.
—¡Rudi… aquí! —arrastre de película, guardar la manivela—. Perro tonto, una sonrisa por favor.
Clic.
Abrió el refrigerador, buscó una cerveza, giró la corcholata. ¡Pfiz! Encendió el aparato de radio y creyó reconocer el concierto en la sintonía 94.5. ¿Mozart o Haydn? Habría que esperar la rúbrica del locutor.
Colocó la Hasselblad al centro de la mesa. Fotografiar perros y fotografiar presidentes de la República; puestas de sol y manifestaciones obreras; mujeres hermosas y plantas industriales. Se llevó la mano al bolsillo y recordó, entonces, que hacía tres años había abandonado el vicio. Ah, la añoranza del humo. Los cigarros que son nada, pero lo son todo. Alzó una servilleta y el perro soltó un gemido. ¿Por qué enjugaba su amo aquel par de lágrimas?
La transparencia. Simplemente eso. Lo habían pronosticado la noche anterior. “Jefe, con este viento amanecerá un cielo cristalino. Creo que será la oportunidad.”
El valle de Anáhuac aseado por el viento norte. Era la foto que faltaba para la agenda que preparaba el Instituto de Ecología. La Selva Lacandona, el Desierto de Altar, las albuferas de Cuatro Ciénegas, los farallones en cabo San Lucas, el retrato límpido de la metrópoli. Viajaría con el Negro Méndez, su asistente, que en ese momento le enviaba un mensaje al celular. “JEFE, YA ESTOY AQUÍ AFUERA.”
Habían programado trasladarse a la cima del Chiquihuite, desde donde una panorámica con la cámara Horizon ofrecería una vista desoladora. El valle de México en condiciones prístinas. Eran las seis de la mañana, deberían adelantarse al tráfago vehicular. Pulsó el cierre de la chamarra y estuvo más que listo. Guiado por la penumbra se dirigió a la alcoba donde dormía su mujer. Empujó la puerta con sigilo.
—¿Ya te vas? —Eva permanecía despierta.
—Sí. Acaba de llegar Cutberto. Me mandó un mensaje.
—¿Se van en tu coche o en el del Negro?
—En el suyo. Es más cómodo.
—Pero más antiguo… —por decisión de ella dormían en habitaciones separadas—. Axel, prométeme algo.
—Te prometo qué.
—Cuídate, por favor.
—Sí, claro. No te preocupes —cómo habían cambiado las cosas desde aquel día—. Vamos arriba de Lindavista. Una panorámica bajo el cielo inconmensurable. Regresaré a comer.
—“Inconmensurable” —repitió ella—. El cielo prometido, claro.
—Es lo que dicen.
Aún no amanecía.
—Muy bien, Axel Moritz Wolf —pronunció ella con severidad—. Que te vaya bien.
¿Para qué indagar sobre las razones de su insomnio? A cierta edad el buen sueño es una bendición. Dejó la puerta entornada. De ese modo, pensó, escaparían los malos espíritus. Böise Geister. Hacía años que no lo nombraba así, con sus apellidos completos.
“Eva, Eva”, se repetía al descender por la escalera cuando Rudi fue a saludarlo. El cachorro celebraba en el jardín su repentina aparición, lengüeteaba el cristal de la estancia, gemía conteniendo el ladrido. Axel abrió la puerta y le permitió acompañarlo a la cocina. Fidelidad canina o, como celebraban sus amigos, “un perro muy humano”. Abrió el refrigerador, dio varias cucharadas a un yogurt, le obsequió una rebanada de jamón.
—Ahí te quedas, Rudolph. Cuidas la casa. Cuidas a Lydia. Cuidas a Eva, ¿entendiste?
El setter se había echado en el piso. Alzó el morro para responder: “Sí, anda, vete sin cuidado”.
El Negro poseía un Cutlass modelo 84. Confortable, eléctrico, no le funcionaba el tocacintas. Tomaron la avenida Insurgentes cuando el alba ya se anunciaba. Trece kilómetros en línea recta, la ciudad lumpenizándose conforme avanzaban hacia el norte. La colonia San José Insurgentes, Mixcoac, la Del Valle, la Roma, la Juárez, Buenavista y Tlatelolco.
—Pensé en traer a Rudi.
—¿El perro, jefe? Habría llenado de pelos el asiento.
—No seas mezquino —murmuró con socarronería—. El día que tengas una mascota dejarás de ser tan egoísta. Vivir sin perro es un error.
—Me gustan más las mujeres.
—Es distinto. No me estás entendiendo.
—Perros, mujeres, pajaritos —enumeró su auxiliar—. Cosa de no sentirse uno solo.
—El otro día Irigoyen comentó en La Ópera… “mientras más conozco a las personas, más quiero a mi perro”.
—¿El Chuzo, sigue yendo? ¿A su edad?
—Eso no tiene nada que ver, Cutberto. Dos cervezas es lo mejor para despejar el malhumor. El estrés. Y con una milanesa tienes hasta el día siguiente.
—Ese perro, ¿de dónde es?
—Cómo de dónde —protestó el fotógrafo—. De mi casa. De Eva y mío. Nos lo regalaron.
—Yo tuve un perro negro cuando niño —recordó su asistente sin quitar los ojos del parabrisas—. Pastor alemán, muy bravo. Mordía a la gente. Le decíamos el Führer.
—Muy gracioso.
—No, en serio, jefe Hasel. Yo creo que estuvo con nosotros cinco o seis años, hasta que lo mataron.
—¿Lo envenenaron? —rezongó—. Gente infame.
—No. De un balazo.
...



