E-Book, Spanisch, Band 1, 176 Seiten
Reihe: Biblioteca Italo Calvino
Calvino De fábula
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15937-51-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 1, 176 Seiten
Reihe: Biblioteca Italo Calvino
ISBN: 978-84-15937-51-7
Verlag: Siruela
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Italo Calvino nació en 1923 en Santiago de las Vegas (Cuba). A los dos años la familia regresó a Italia para instalarse en San Remo (Liguria). Publicó su primera novela animado por Cesare Pavese, quien le introdujo en la prestigiosa editorial Einaudi. Allí desempeñaría una importante labor como editor. De 1967 a 1980 vivió en París. Murió en 1985 en Siena, cerca de su casa de vacaciones, mientras escribía Seis propuestas para el próximo milenio. Con la lúcida mirada que le convirtió en uno de los escritores más destacados del siglo XX, Calvino indaga en el presente a través de sus propias experiencias en la Resistencia, en la posguerra o desde una observación incisiva del mundo contemporáneo; trata el pasado como una genealogía fabulada del hombre actual y convierte en espacios narrativos la literatura, la ciencia y la utopía.
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LAS FÁBULAS AFRICANAS
En la lectura de las fábulas africanas lo que primero suscita nuestra curiosidad es menos el debatido problema de su historia y origen que su futuro. Un libro de cuentos populares africanos aparece ahora en Italia: ¿llegará alguno de ellos a formar parte de nuestra tradición, como antes ocurrió con Caperucita Roja o con Hänsel y Gretel? ¿Y cuál de esos personajes animalescos y humanos será el afortunado? ¿Ese Pulgarcito tan sabio y autoritario, y sin embargo tan simpático y divertido que se llama Número Once; ese Ogro que parece sacado de una fantasía plasmada ya en las armas de la guerra moderna, esto es, el «Comelotodo» de los bosquimanos, que devora los arbustos con su lengua de fuego? ¿O alguno de los muchos animales astutos: la araña Ananse, astuta y emprendedora, la Tortuga, astuta y prudente, el Conejo, astuto y llorón, la Oruga, astuta y fanfarrona? ¿O bien ese personaje aguerrido y obstinado que aparece repetidas veces en las fábulas, el del niño cuya compañía los hermanos mayores rechazan y con los que aquél quiere ir a toda costa?
La historia de la circulación mundial de los cuentos populares, sabido es, se trama con sucesos bastante más efímeros que la publicación de un libro: un cuentista que para en una feria, un mercader forastero que pernocta en una posada, un esclavo vendido en un puerto de Oriente, y los vivaques, todo humo y charlas, de los soldados del mundo entero en largos siglos de guerras. Por lo demás, también entre esos pueblos africanos del oeste y del sur, ajenos a la gran fabuladora indoislámica-europea, hallamos muchas narraciones que podrían inducir a la sospecha de que entre los tatuados narradores de los ashanti, de los e?k-ibibios, de los kracis, hay viejos y re?nados lectores de Basile y de Perrault. Por tanto, podemos muy bien proponer que el intercambio se renueve. Y a quien diga que el folklore ya no se transmite, o que ya no existe, le aconsejamos que preste atención, a principio de página, a esas palabras que reproducen sonidos, con las que especialmente los ashanti salpican sus cuentos ( es un palo lanzado al aire; , una cuchillada asestada en la cabeza; , los abejorros que se meten en una calabaza; , una cuerda con la que se ata a alguien). ¿No les recuerda algo? Los más jóvenes reconocerán seguramente el alharacoso poder onomatopéyico de los tebeos de Mickey Mouse, hoy patrimonio universal de todos los chicos del mundo. Y la alusión no es casual: la jerga de los norteamericanos sigue muchas veces el modelo de la de los negros, rica de modismos y usos todavía de tradición africana, de la época de su éxodo como esclavos. Además, sabemos que de las historias africanas de animales descienden las fábulas de Uncle Remus, introducidas en el folklore norteamericano por los negros, y de las cuales el ciclo de Mickey Mouse no es sino una tardía progenie. Así, por imprevisibles caminos, el folklore prosigue su periplo de un continente a otro.
A quien repute ilegítima nuestra pretensión de entender y disfrutar poéticamente de textos nacidos en un mundo ritual, en una sociedad y en un lenguaje cuyos nexos y alcances pueden explicarlos tan sólo etnólogos y especialistas en religiones primitivas, valga como respuesta la lectura de cualquiera de estos cuentos, tan impregnados del placer de contar, del regocijo de urdir tramas ingeniosas, de un humorismo cómplice y comunicativo. Y no cabe no coincidir en que son, tanto para los africanos como para nosotros, ante todo hermosas historias divertidas o espeluznantes, sean cuales fueren las relaciones entre estos cuentos y las mitologías africanas, sea cual fuere el valor ritual o propiciatorio que al acto de contar daba el narrador de la tribu, ya «valiesen» para capturar más antílopes al día siguiente o para conseguir una buena cosecha («Y así termino mi historia. Que mañana podáis varear los cocoteros», es el halagüeño augurio con el que se concluye un cuento bakongo).
Para una compilación de narrativa oral africana ordenada según criterios cientí?cos, remitimos al primer volumen del valiosísimo de Raffaele Petazzoni (, Utet, Turín 1948). En el volumen que ahora presentamos, Paul Radin (norteamericano de origen polaco, especialista en culturas primitivas) ha querido sobre todo ofrecernos bellas historias (que transcribe de las compilaciones originales de exploradores y etnólogos) representativas del modo de contar de la , del África «indígena», es decir, el de los «negros» propiamente dichos, el de los bosquimanos, el de los hotentotes y el de los pigmeos. En la introducción de Radin el lector encontrará un análisis de su folklore narrativo hecho con conocimiento histórico y poético a la vez.
Ahora bien, en los propios cuentos es donde el lector aprenderá más cosas. Y rápidamente será capaz de reconocer por su estilo a los pueblos más característicos: la fantasía de dibujos animados de los ashanti, las resonancias bíblicas de los akikuyus, el dictado de los bosquimanos, en apariencia incoherente e incomprensible muchas veces, pero que de repente introduce acotaciones explicativas, argumentaciones hechas con el índice señalando al paisaje (en las últimas líneas del está ya todo el Hemingway cazador), de donde sale un cuento de calculadísimo , como en «El muchacho al que se llevó un león».
Da la impresión de que entre los bosquimanos rige el mecanismo fantástico más rudimentario, por lo cual las metamorfosis y las asociaciones entre animales se inspiran en intuitivas analogías, sin la menor atención a la lógica o a las proporciones: pequeños insectos como la mantis religiosa se consideran a?nes a los antílopes, sin duda porque «se parecen». En cambio, creo que muestran una fantasía de gran alcance grotesco y casi surrealista los e?k-ibibios: «La mujer gorda que se derritió» (porque había estado trabajando al sol y conservó entero sólo un pulgar del pie), es una historia que a no dudar le habría gustado a Gógol.
Pero es en las alucinantes imágenes visuales donde la fantasía de los africanos sabe lograr resultados supremos con medios mínimos. En un cuento akamba hay un combate sólo entre espadas sin nadie que las empuñe, y también un pantano del que brotan dientes humanos; en un cuento ashanti, los espíritus tratan de vaciar un río en el que están hundidos valiéndose de sus cráneos como tazas; en un cuento masai, una mujer, al alzar las manos hacia los frutos del sicomoro, ve que a las frutas les brotan ojos y la miran. Comparadas con el modo en que los narradores africanos crean atmósferas de miedo, las fábulas europeas del bosque y del Ogro son realmente cosa de niños: obsérvese la inquietante manera en que se describe (en la «Mujercita sabia», de los hotentotes) la escena de las mujeres que recogen cebollas y de los hombres que se les aproximan, uno de ellos un tuerto que sopla una cornamusa y al que luego matan entre todas; o bien la de la chica (en «Konyek y su padre») que acompaña al bailarín a su casa y ve unas cosas blancas esparcidas en el suelo, descubriendo luego que son huesos humanos.
Muchos de los cuentos africanos son de tipo etiológico, cuentan los «porqués» de aspectos de la naturaleza o de costumbres humanas, con esa cómica ingeniosidad de la que Kipling, inspirándose en análogas historias de la India, dio muestras en su . Aquí, aunque hallemos historias naturales de elemental transparencia («Por qué el sol y la luna viven en el cielo»), por lo general es con ironía consciente como se produce la inserción del «porqué» a modo de conclusión de un complicado cuento cuyo interés reside en su propio desarrollo, no en lo que explica. Y esa conclusión a veces adopta un tono como de acerba broma sobre cosas que siguen causando bastante miedo: las enfermedades, la ceguera y la muerte misma («Cada vez que Owuo cierra ese ojo muere un hombre y, desgraciadamente para nosotros, siempre está haciendo guiños y parpadeando»).
Cuando se compilaron estas fábulas al parecer ya habían perdido su sugestión mitológica y se habían convertido en parodia, parodia siempre un poco amarga, con un penetrante sentido de lo muy molesta que es la vida de todos los días. (¿O será que originalmente las religiones de estos pueblos ya estaban impregnadas de realismo y de autoironía?) Sin duda, jamás una divinidad monoteísta ha sido tratada con el desparpajo que merece aquel dios de los kracis, del que se cuenta que antaño residió en la tierra, pero estaba incómodo, tumbado, sin espacio para volverse, mientras el hombre lo molestaba, el humo de las cocinas se le metía en los ojos y una vieja lo trituraba en un mortero, y que incluso «según otros era una especie de práctico paño donde la gente se limpiaba los dedos sucios», hasta que, irritado, no le quedó más remedio que marcharse al cielo. A tan poca cosa se ha reducido la autoridad divina que (según los akambas y los hotentotes), por mucho que dios haya decidido que los hombres no mueran nunca, a éstos les ha dado por envejecer y morir a causa de un malentendido: porque el animal mensajero les ha transmitido todo al revés. Muchos cuentos hablan de una antigua comunión entre el cielo y la tierra («En aquel entonces el cielo y la tierra estaban pegados, como una casa de dos pisos»), de una posterior separación y de las relaciones que ahora tratan de restablecerse y que con frecuencia presentan di?cultades mucho mayores que aquellas que las que el hijo de Kimanueze...




