E-Book, Spanisch, Band 126, 224 Seiten
Reihe: Impedimenta
Bruckner Un buen hijo
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16542-56-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 126, 224 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-16542-56-7
Verlag: Editorial Impedimenta SL
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Pascal Bruckner. París, 1948 Pascal Bruckner, filósofo, ensayista y novelista francés, nació en París en 1948, en el seno de una familia mitad protestante, mitad católica. La vida de Pascal Bruckner está marcada por la contradicción y el espíritu provocador. Lluís Maria Todó Es novelista, traductor, crítico y profesor. Entre su obra destacan Els plaers ficticis (Los placeres ficticios, Anagrama), El joc del mentider (El juego del mentiroso, Anagrama), L'adoració perpètua (La adoración perpetua, Ediciones del Bronce), El cant dels adéus, Isaac i els dubtes y El mal francès, y los ensayos El simbolismo y Carta a un adolescent gai. Es asimismo traductor, al catalán y al castellano, de textos de Nerval, Flaubert, Maupassant, Balzac y Michel Tournier. En Impedimenta ha traducido Los domingos de Jean Dézert, de J. de la Ville de Mirmont, Memoria de Georges el amargado y El jardín de los suplicios, de Mirbeau. Juan Manuel Bonet Juan Manuel Bonet (París, 1953) es crítico de arte y literatura, comisario de exposiciones y poeta español. Desde septiembre de 2012 es director del Instituto Cervantes en París. Considerado como uno de los expertos en pintura contemporánea más importantes de España,1 es colaborador de los periódicos ABC y El País. Fue director del IVAM Valencia, y del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía de Madrid. Preside la Fundación-Archivo Rafael Cansinos Assens. Su obra más conocida es Diccionario de las Vanguardias en España (1907-1936).
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Introducción
Una «quest» terrible
por Juan Manuel Bonet
Aficionado a las «quests» en torno a todo tipo de personajes, he leído unas cuantas referidas a padres cuyos hijos, víctimas del «siglo de siglas», querían indagar en el pasado, más o menos turbio según los casos, en que se habían visto envueltos debido a sus progenitores. Todavía no he leído el libro de Niklas Frank, el hijo del verdugo de Polonia durante la Segunda Guerra Mundial, Hans Frank, que sale en Kaputt, de Curzio Malaparte, sobre fondo del Wawel cracoviense, donde estaba su siniestra corte. Me imagino que esa búsqueda de Der Vater debe de ser un libro terrible. En el mismo contexto nazi, ciertas familias se dividen: la siniestra Gudrun Burwitz, una de las dos hijas de Himmler, está entregada al culto a su según ella encantador padre, culto contra el cual está movilizada en cambio Katrin Himmler, sobrina nieta del artífice de la Solución Final. Pero, aunque verán que a la postre no vamos a salir del mundo germánico, en el caso de Francia tengo ya una pequeña biblioteca de «quests» filiales de collabos más o menos ilustres y más o menos encombrants (incómodos, que ocupan demasiado sitio) según los casos. En ella figuran La Guerre à neuf ans (1971) y Le Nain jaune (1978), de Pascal Jardin, agridulces retratos de su padre, Jean Jardin, la eminencia gris de Pierre Laval, a los cuales en fecha mucho más reciente se ha venido a añadir la evocación bastante más al vitriolo, Des Gens très bien (2011), firmada por el nieto, Alexandre Jardin; Les Lauriers du lac de Constance (1974) y otros dos títulos de inspiración similar de una Marie Chaix obsesionada por su padre, Albert Beugras, una de las figuras más duras del siniestrísimo PPF; L’ombre d’un père (1978), el libro sobre Jean-Pierre Maxence de su hijo Jean-Luc; volviendo al PPF, el de Dominique Fernandez sobre un Ramón Fernández, al cual convierte sencillamente en Ramon (2008), sin acento, pese a la ascendencia mexicana del pater familias; y, naturalmente, Un pedigree (2005) y otros títulos del gran Patrick Modiano, que también en esto ha sido precursor, aunque solo sea a partir del título que acabo de citar que hemos sabido a ciencia cierta quién era Albert Modiano. No he leído en cambio los dos libros de Dominique Jamet sobre su padre, el periodista Claude Jamet. Tampoco las memorias del dibujante de cómics Philippe Druillet, en las cuales revela la historia del suyo, Victor Druillet, dirigente de la Milice, cuyo destino, tras pasar por Sigmaringen, sería, como el de tantos otros, español.
Pascal Bruckner (París, 1948), conocido sobre todo como uno de los más brillantes ensayistas de su generación, solo o con su «hermano de tinta» Alain Finkielkraut (Le Nouveau Désordre amoureux, 1977, traducido a nuestro idioma dos años después), también es autor de una obra narrativa importante y ya relativamente extensa, en la cual cabe destacar títulos como Lunes de fiel (1981), que inspiró la película de Roman Polanski Bitter Moon (1992), o L’amour du prochain (2005), con páginas dignas de Georges Bataille, y parecida mezcla de autobiografía y ficción. Su último libro por el momento, Un bon fils (2014), que ahora se traduce al castellano, presenta la particularidad notable de consistir en la descarnada «quest» de un padre del cual hasta ahora nadie había oído hablar, ingeniero de minas, antisemita y filonazi. Fallecido dos años antes, este padre sin notoriedad alguna era el secreto mejor guardado por el escritor. Entre 1942 y 1945, René Bruckner trabajó en Alemania y Austria para una empresa importante dentro del complejo militar nazi: la Siemens. No fue un trabajador del STO (Servicio de Trabajo Obligatorio) como lo fueron Georges Brassens o su tocayo Georges Marchais, sino una pieza bastante más relevante de un engranaje en el cual creía, compartiendo el sueño de una Europa alemana, y dejando incluso —es el hijo quien lo señala— alguna constancia de ello en la prensa de la época. Tras la contienda, haciéndose pasar precisamente por una víctima del STO, logró escabullirse, y no ser inquietado jamás. De aquellos años conservaría una gran nostalgia —fue el tiempo, llegará a decir, más feliz de su vida—, y un amor enfermizo por lo germánico —su familia tenía raíces al otro lado del Rin— que intentará transmitir, sin éxito, a su hijo. La rememoración por parte de este, en el fundamental capítulo «Lo detestable y lo maravilloso», de varias estancias en la Austria de la posguerra, es una mezcla de encantamiento —la primera montaña de este futuro frecuentador de un sanatorio suizo, y gran enamorado siempre de los picos y de los pinos—, y de descubrimiento del horror —y de la voluntad de revancha— que latía bajo la aparente normalidad de una tierra de cánticos y de velas en la noche de los cementerios, que era precisamente aquella —lo aprenderá el narrador años después— donde, en el momento de la derrota de su ídolo, se refugió el ingeniero de Siemens.
No quiero destripar el libro, pero el tono del mismo ya lo da la primera página, en la cual Pascal Bruckner, niño, le solicita a Dios, en sus oraciones, la muerte de su padre, al que más adelante calificará de Atila doméstico. El clima del domicilio de los Bruckner es asfixiante, imprecación antitodo y especialmente antisemita, violencia doméstica contra la esposa, maltrato físico y moral del hijo único. El recuento de los agravios por parte de este último es exhaustivo. Aunque recuerde también algunas «playas de armonía», el ejercicio es terrible y agotador —para el lector, pero, todavía más, para el narrador—, especialmente en todo lo que se refiere a la relación del personaje central del libro con su mujer, que encima comparte lo principal de las ideas de su verdugo.
Maurice Bardèche, Robert Brasillach, Alexis Carrel, Louis Ferdinand Céline, el pionero Édouard Drumont, Jacques Isorni, Henri Massis, Charles Maurras, Thierry Maulnier, Roger Peyrefitte, Lucien Rebatet o Jean-Louis Tixier-Vignancour son algunos de los ídolos de papá Bruckner, lector jubiloso, en la posguerra, de un semanario de nostálgicos de Vichy y de la colaboración como Rivarol, un semanario abyecto, cuya presencia en los kioscos franceses, a estas alturas del siglo xxi, constituye un hecho absolutamente inquietante. Lógicamente, Bruckner padre, además de admirador de Pétain y de Hitler, y de antisemita, es furibundamente anti-De Gaulle, partidario de Poujade, anti-Mendès France, anti-Chaplin, anti-hermanos Marx, partidario de la OAS… Más tarde, como al personaje de Lunes de fiel inspirado en él, le encanta comprobar que existe un rebrotar antisemita de la mano de los árabes. Y le indigna que a su hijo, por asociación con Finkielkraut y otros de sus amigos «nouveaux philosophes», lo tomen a menudo por judío.
Están luego las sucesivas metamorfosis o derivas ideológicas del salaud —es Bruckner hijo el que emplea el término, mientras uno de los reseñistas del volumen, Éric Aeschimann, de Le Nouvel Observateur, preferirá calificar al pater familias de ordure, término todavía más fuerte—. Efectivamente, pasa por un período relativamente largo, y que su hijo califica de liberal, en el cual, olvidándose un tiempo de sus «nostalgias infames», vota a la izquierda, se siente fascinado por el mundo austrohúngaro —incluidos algunos de sus narradores judíos—, y atraviesa incluso una fase místico-ecologista, de adicción a Planète, a Teilhard de Chardin, y a escritores como Lanza del Vasto —al cual llegaría a visitar en su «Communauté de l’Arche»—, Luc Dietrich o René Daumal. Pero, a la postre, iba a poder más el veneno absorbido en su juventud.
Tras encontrar antídotos contra su historia familiar, como la literatura anglosajona, el jazz o la California de la contracultura, vivida en directo, Pascal Bruckner nos conduce luego, en otro gran capítulo, hacia sus «padres de sustitución», mascarones de proa determinantes para su generación —al paso, hay un retrato tierno de su entonces inseparable Finkielkraut—, que es la de Mayo del 68, y la del descubrimiento del Tercer Mundo y de la multiculturalidad. Los retratos de Sartre —al cual acaba prefiriendo a Camus o a Raymond Aron— o de Foucault son esperables; el de Barthes ya tiene más interés; por mi parte, me gusta sobre todo el de Vladimir Jankélévitch, en cuyo apartamento de la isla de Saint-Louis el autor lo escucha al mismo piano que el pintor Xavier Valls alcanzaba a escuchar él también, en las noches claras, desde su ventana del otro lado del Sena. Se entiende que Pascal Bruckner no tenga ganas de que la verdad sobre su progenitor sea conocida por el filósofo que, tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, era bien sabido por todos que había renunciado radicalmente a todo lo alemán.
Libro desasosegante, por el lado de «la banalidad del mal», este del supuesto «buen hijo» que ahora practica una suerte de parricidio literario —son palabras de Jérôme Garcin también en Le Nouvel Observateur—, en las páginas finales del cual, sin embargo, reconoce que, al final, se hizo cargo de la existencia de su progenitor viudo y residente en una «caverna de detritus», a pesar de todo.
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