E-Book, Spanisch, Band 135, 204 Seiten
Bruckner De la amistad con una montaña
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19744-70-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Pequeño tratado de elevación
E-Book, Spanisch, Band 135, 204 Seiten
Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie mayor
ISBN: 978-84-19744-70-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Pascal Bruckner (París, 1948), filósofo y escritor de obras de ficción y no ficción, es doctor en Letras por la Universidad Paris VII. Ha sido galardonado con los premios Médicis de Ensayo, Renaudot y Montaigne. Roman Polanski llevó a la gran pantalla su novela Luna amarga. Reconocido crítico del multiculturalismo, apoya el derecho a la especificidad de las minorías étnicas, religiosas y culturales, defendiendo la asimilación respetuosa por la comunidad que los recibe.
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CAPÍTULO 1
Cuando la nieve se derrite,
¿adónde va el blanco?
«Hace una hora, detrás de mi casa, se ha producido la tormenta de nieve más pequeña jamás registrada. Ha debido de consistir en dos copos. He esperado que caigan otros, pero eso ha sido todo».
RICHARD BRAUTIGAN, Tokyo-Montana Express
«¿Escuchas la nieve contra los cristales, Kitty? ¡Qué ruido más dulce hace! Como si alguien los cubriera de besos desde fuera. Me pregunto si la nieve ama los árboles y los campos para besarlos con tanta dulzura».
LEWIS CARROLL, Alicia en el país de las maravillas
Surgí a la vida en la persistente cortina de copos que evocan el olvido y el sueño bienaventurado. Ingresado en un sanatorio a una edad muy temprana, a los dos años, en un Kinderheim del land austriaco de Vorarlberg debido a un inicio de tuberculosis, lo primero que conocí del mundo fueron los Alpes del Kleinwalsertal, un valle de altura austriaco enclavado en Baviera. Sus cimas apenas sobrepasan los 2500 metros. Hay que ir al Tirol para flirtear con los 4000. Sin embargo, el intenso frío hacía que el termómetro de los inviernos de mi infancia se desplomara a 20 o 25 grados bajo cero durante semanas. En lo más duro de enero, ciervos, corzos y rebecos bajaban hasta las zonas habitadas, donde se ponía heno a su disposición. La nieve me devuelve a los pantalones cortos, o más bien lederhose («pantalones de cuero») y tirantes, al acento bávaro y a una pequeña gorra con la extraña apariencia de una kipá. Ahora que se está volviendo escasa, me emociono cada vez que ese bendito polvo nos honra con su presencia. Voy a buscar en ella el rostro de mi pasado. Esa infancia centroeuropea se debe a las peores de las razones. Mi padre, furibundo antisemita y adulador del Tercer Reich hasta su último día en agosto de 2012, quería hacer de mí un ario. Ingeniero voluntario en Siemens de 1941 a 1945, primero en Berlín y luego en Viena, había escapado a la llegada del Ejército Rojo a las puertas de la ciudad en abril de ese mismo año y se había refugiado con su amante en el Vorarlberg, bajo administración francesa. Me envió allí siete años más tarde. Tras escapar de las acciones judiciales gracias a un fallo burocrático, a su regreso a París, en noviembre de 1945, decidió vengar la derrota de Alemania a través de su retoño. Enfermo providencial, yo fui el hijo de la venganza. Por desgracia para él, no cumplí sus deseos. Con mi apellido teutón y para su gran desesperación, fui inmediatamente judaizado en Francia y clasificado entre los intelectuales judíos. Heredero refractario, gentil de pega, ingresé a mi pesar, a su pesar, en esta gran familia mosaica que a él le hubiera gustado destruir. Por más que yo proteste diciendo que soy de cultura católica, siempre me devuelven a esa identidad prestada («¡No pasa nada si no lo quiere decir!»). Me pregunto si mi padre, desde el más allá, no se ríe él también por este giro de la situación.
La nieve es inseparable del abeto, ese celoso servidor que se mantiene rígido y apenas se atreve a moverse salvo cuando aligera sus ramas y se libera del exceso de blanco. Es una conífera discreta: una columna verde cargada de agujas para disuadirnos de acercarnos a él. Se apretuja contra sus semejantes y, cuando se dobla bajo los embates del viento o de la tormenta, mantiene las ramas pegadas al cuerpo, centradas sobre el tronco como un avaro sobre su tesoro. Parsimonioso y rústico, gime, como si estuviera habitado por una multitud de espectros a punto de surgir del sotobosque. Esta conífera es, sin duda, un árbol servicial: sostiene los montones de nieve como si fueran paquetes, igual que un lacayo de las alturas. Es un lápiz tapizado de plumas dispuesto a dejarse martirizar cada año para convertirse en árbol de Navidad. Le sujetan velas a las ramas, le cuelgan bolas, guirnaldas, nueces doradas, lucecitas que se encienden y se apagan. Y arrojan a sus pies montículos de regalos multicolores e inútiles. Está destinado al sacrificio: se cortan cientos de miles de ejemplares para unos pocos días de representación en casas y apartamentos. Primero perfuma el aire, luego termina abatido en las aceras antes de ser troceado en las plantas de reciclaje. Una masacre para hacer felices a niños, jóvenes o viejos. La alegoría, a cámara rápida, de la existencia humana. Se han cansado de ti, lárgate, fuera. Este ser resinoso, austero guardián de los montes, adopta siempre un aire afligido y parece preguntarse qué está haciendo ahí. Y, como si no estuviera ya demasiado explotado por los humanos, hay quien lo considera demasiado fálico y sugiere reemplazarlo por la Sapine2, una especie de atributo de Mamá Noel, tumbado en lugar de erecto. Pero la palabra en francés se presta a bromas de mal gusto y resalta lo que se querría borrar.
Cuando asciendo por encima de los 1000 metros, respiro mejor, siento una euforia particular, el éter me embriaga, airea mi cerebro, libera endorfinas. Algo hace que me eleve por encima de mí mismo. Los torrentes que braman y se desbordan de su lecho me exaltan. Me siento en casa. De manera espontánea, divido el mundo entre valles bajos y alturas resplandecientes, donde experimento un proceso de purificación. La nieve es, sobre todo, una goma de borrar la fealdad del mundo, aunque la fealdad triunfe sobre la goma. Existe un estado milagroso de la nieve cuando está recién caída; sepulta el paisaje, atenúa vallas y postes, oscurece los contornos, realza tejados y cornisas. Tiene una manera muy indiscreta de infiltrarse por todos lados, por sitios donde no ha sido invitada, y de estancarse allí. La estructura del copo, redondo, fino o con facetas, encarna la riqueza de lo infinitamente pequeño. Si sale el sol tras una noche de nevada, se produce entonces la maravilla de una mañana virginal que centellea con mil resplandores como si el paisaje hubiera sido barnizado. Torbellinos de polvo blanco, fantasmagorías luminosas, queman los ojos, se disuelven en halos. Es un universo recubierto y que cruje bajo las suelas, congelado por la férrea mano del frío. Los árboles espolvoreados, cubiertos con su espesa piel, y los bosques inmensos y agitados por sombríos susurros parecen inmovilizados. Los montes están enjaezados como para un desfile de esplendores. El hielo es pintor y tejedor: empolva los árboles con el rocío congelado, diseña todo un entramado de escarcha sobre las piedras y la vegetación. Los campos se ondulan y transforman en extensiones de merengue. La capa de seda atrae a los esquís para que la profanen con hermosas huellas helicoidales. Te deslizas, te crees capaz de bailar sobre la superficie de las cosas, de transformar la pendiente en una larga cinta lisa. Las caídas no revisten gravedad, amortiguadas por el espesor de la capa de nieve. Te cruzas con los jeroglíficos producidos por un rebeco o un zorro. Te crees un duende, capaz de atravesar murallas; las leyes de la gravedad han dejado de existir. Ingrávida, la materia se hace fluida, y la única banda sonora es el roce de las espátulas en la nieve en polvo.
Más arriba, los montes parecen bañados en azúcar cande, como el refugio de Goûter, que, en febrero de 2021, apareció en un telescopio literalmente repujado bajo varias capas de cristales de hielo. El encaje de las cumbres ofrece una pastelería del frío de conos, pirámides y buñuelos redondeados. Lo blanco del lugar ciega a quien lo contempla; la luz recorta las cimas y las esculpe hasta el último detalle. La nieve se vuelve incandescente por la intensidad de los ultravioletas y la fuerte reverberación por encima de los 3000 metros. Los postes eléctricos, vitrificados, se erizan con pequeños dedos de hielo. Son joyas que hay que captar en el instante de su aparición, ya que pronto habrán desaparecido. Los cristales de hielo, como arañados, dibujan enigmas geométricos. La nieve es mortaja, pero una mortaja gloriosa que hechiza lo que oculta. Apenas se ha producido este efímero milagro, vuelve el calor del día, los bellos montículos se derriten, se desinflan como suflés, la porcelana frágil del paisaje se resquebraja, las estalactitas gotean como largos apéndices fríos y de los tejados rezuman pequeños regueros. El sol infunde vida en el caparazón congelado; lo puro, lo inmaculado, se desvanece.
Recuerdo mi emoción la primera vez que me vi envuelto en una tormenta de nieve en la frontera germano-austriaca. Yo tenía siete u ocho años e íbamos a celebrar la Navidad al Kleinwalsertal desde Lyon, donde mis padres se habían instalado. Muchos vehículos habían quedado atrapados en la cuneta y nuestro pequeño cuatro por cuatro subía la cuesta con dificultad. El asfalto ya no se distinguía de los campos; una capa blanca uniforme ocultaba los contornos. Entre la ciudad de Oberstdorf, en Baviera, y el pueblo de Riezlern, en Austria, una larga pendiente nos bloqueaba el paso. El cuatro por cuatro patinó en la carretera y fue a parar contra un montón de nieve alto como una pared, junto con otros vehículos que habían quedado atravesados en la calzada. Mi madre, nerviosa, suplicaba a mi padre que diera media vuelta y volviera al lago de Constanza. Debo decir que yo era el niño mimado de mi madre y conservo de ello un sentimiento de fuerza indestructible, aunque ella tendiera...




