Browder | Notificación Roja | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 440 Seiten

Reihe: Ensayo

Browder Notificación Roja


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-124977-6-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 440 Seiten

Reihe: Ensayo

ISBN: 978-84-124977-6-2
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Esta es la historia del devenir profesional y empresarial de Bill Browder, fundador de Hermitage Capital, un fondo de inversión libre que construyó su leyenda operando en el mercado ruso en la primera década de este siglo. El joven Bill, atraído por las posibilidades que abría la paupérrima Europa del Este recién liberada del yugo socialista, hizo allí su fortuna, al frente del mayor fondo de inversión de Rusia desde el colapso de la Unión Soviética. La experiencia le permitió constatar el despilfarro cometido por los sucesivos Gobiernos europeo-orientales en la oleada de privatizaciones que se sucedieron durante el paso a la economía de mercado. A través de su fondo de inversión libre, el financiero fue un gran aliado del presidente ruso Vladímir Putin en sus primeros años al frente del Kremlin. Pero, cuando la corrupta oligarquía rusa decidió tomar parte en las sociedades en las que Browder invertía, Putin se volvió contra él y le expulsó de Rusia. En 2007, las autoridades rusas ocuparon las oficinas de Browder en Moscú e incautaron 230 millones de dólares. Tras investigar el incidente, el abogado de Browder, Serguéi Magnitsky, descubrió toda una red de empresas criminales, pero un mes después de testificar contra los funcionarios involucrados, fue detenido y encerrado en prisión preventiva, donde fue torturado durante un año. El 16 de noviembre de 2009, fue llevado a una cámara de aislamiento, esposado a una baranda y golpeado hasta la muerte por ocho guardias.

Chicago (EE.UU.), 1964. Presidente y cofundador del fondo de inversiones Hermitage Capital Management, y conocido crítico de Vladímir Putin, Bill Browder es nieto de Earl Browder, el antiguo líder del Partido Comunista de Estados Unidos, e hijo del famoso matemático Felix Browder. Creció en Chicago y estudió Economía en la Universidad de Chicago. Obtuvo un MBA de la Stanford Business School en 1989, y entre sus compañeros estaban Gary Kremen y Rich Kelley. En 1998, en lo que se especula fue un intento de evitar pagar impuestos en Estados Unidos, Browder renunció a su ciudadanía estadounidense y se hizo ciudadano británico. Inicialmente, Browder trabajó en la oficina de Europa del Este del Boston Consulting Group en Londres y administró las inversiones propietarias en Salomon Brothers. Más tarde, en 1996, Browder y Edmond Safra fundaban Hermitage Capital Management con el propósito de invertir un capital inicial de veinticinco millones de dólares en Rusia, lo que les llevó a acumular una fortuna significativa. En febrero de 2015, Browder publicó un relato sobre su carrera, enfocándose en los años que pasó en Rusia y en los ataques del Gobierno ruso contra Hermitage Capital Management. La continua cruzada de Browder contra la corrupción en Rusia y la investigación sobre la muerte de su abogado Serguéi Magnitsky son el tema principal en Notificación roja.
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01

Persona non grata

13 de noviembre de 2005

Soy un hombre de cifras, así que empezaré con algunas que son importantes: 260, 1 y 4.500.000.000.

Y esto es lo que significan: en fines de semana alternos hacía el viaje de Moscú, la ciudad donde vivía, a Londres, la ciudad que yo consideraba mi casa. En los últimos diez años había hecho este viaje 260 veces. La finalidad número 1 de este viaje era ver a mi hijo David, que entonces tenía ocho años y vivía con mi exmujer en Hampstead. Cuando nos divorciamos me comprometí a ir a verle cada dos fines de semana pasara lo que pasara, y nunca había faltado a mi compromiso.

Había 4.500.000.000 de razones para regresar a Moscú con tanta regularidad. Esa cifra representaba el valor total en dólares del activo que controlaba mi empresa, Hermitage Capital. Yo era su fundador y director ejecutivo, y en la década anterior había hecho ricas a muchas personas. En el año 2000 el Fondo Hermitage había sido catalogado como el mejor fondo de mercados emergentes del mundo. Habíamos generado unos dividendos del 1.500 por ciento a los inversores que se habían mantenido con nosotros desde que lanzamos el fondo en 1996. Este éxito de mi negocio superó con creces mis aspiraciones más optimistas. La Rusia post-soviética había sido testigo de algunas de las oportunidades de inversión más espectaculares en la historia de los mercados financieros, y trabajar allí había sido tan arriesgado —y a veces tan peligroso— como rentable. Nunca fue aburrido.

Había hecho el viaje de Londres a Moscú tantas veces que me lo conocía al dedillo: cuánto tiempo se tardaba en pasar el control de seguridad en Heathrow; cuánto en embarcar en el avión de Aeroflot; cuánto en despegar y volar en dirección al este hacia un país oscureciente que, a mediados de noviembre, avanzaba deprisa al encuentro de otro frío invierno. El tiempo de vuelo era de doscientos setenta minutos, suficiente para echar una ojeada al Financial Times, el Sunday Telegraph, Forbes y el Wall Street Journal junto con importantes correos electrónicos y otros documentos.

Mientras el avión tomaba altura abrí mi maletín para sacar la lectura del día. Junto con los archivos, periódicos y revistas de papel satinado llevaba una pequeña cartera de piel en la que había 7.500 dólares en billetes de 100. En caso de necesidad, con esa suma tendría más oportunidades de conseguir un asiento en un proverbial vuelo que partiría de Moscú, como el que habían tomado aquellos que habían conseguido escapar por los pelos de Phnom Penh o Saigón antes de que sus países se hundieran en el caos y la ruina.

Pero yo no escapaba de Moscú, sino que estaba regresando a él. Regresaba al trabajo, y por tanto quería ponerme al día de las noticias del fin de semana.

Un artículo de la revista Forbes que leí casi al finalizar el vuelo cautivó mi atención. Trataba de un hombre que se llamaba Jude Shao, un americano de origen chino que, como yo, tenía un MBA (Máster en Administración de Empresas) de la universidad de Stanford, donde había estudiado unos años después que yo. No lo conocía, pero, como yo, era un exitoso hombre de negocios en tierra extranjera. En su caso, China.

Había entablado conflicto con algunos oficiales chinos corruptos y en abril de 1998 fue arrestado después de negarse a pagar un soborno de 60.000 dólares a un recaudador de impuestos de Shanghái. Finalmente fue condenado por cargos falsos y sentenciado a dieciséis años de cárcel. Algunos alumnos de Stanford habían organizado una campaña de presión para sacarle de allí, pero no dio ningún resultado. Por lo que leí, Shao se estaba pudriendo en alguna asquerosa prisión china.

El artículo me heló la sangre. China era diez veces más segura que Rusia en lo referente a hacer negocios. Durante unos minutos, mientras el avión descendía a tres mil metros sobre el aeropuerto Sheremétyevo de Moscú, no dejé de preguntarme si no estaría yo haciendo el imbécil. A lo largo de los años había enfocado las inversiones principalmente en el activismo accionista. En Rusia eso significaba desafiar la corrupción de los oligarcas, el grupo de veinte hombres más o menos de los que se sabía que habían robado el 39 por ciento del país tras la caída del comunismo y que se habían convertido en multimillonarios casi de la noche a la mañana. Los oligarcas poseían la mayor parte de las compañías que cotizaban en la Bolsa rusa y con frecuencia robaban esas mismas compañías sin que nadie se percatara de ello. En general había salido bien parado en mis batallas con ellos y, aunque esta estrategia había hecho exitoso mi fondo, también me había creado muchos enemigos.

Cuando acabé de leer la historia de Shao pensé: «Tal vez debería dejarlo. Tengo muchas cosas por las que vivir». Aparte de David también tenía a una nueva esposa en Londres. Elena era rusa, hermosa, increíblemente inteligente y se encontraba en avanzado estado de gestación de nuestro primer hijo. «Quizás debería dejarlo por un tiempo».

Pero cuando los neumáticos del avión tocaron tierra, aparté a un lado la prensa, cerré el maletín y conecté mi BlackBerry. Empecé a revisar mis correos electrónicos. Mi atención pasaba de Jude Shao y los oligarcas a lo que me había perdido en las horas de vuelo. Después tenía que pasar el control de pasaportes, encontrar mi coche y volver a mi apartamento.

El aeropuerto de Sheremétyevo es un lugar raro. La terminal con la que estaba más familiarizado, Sheremétyevo-2, había sido construida para los Juegos Olímpicos del verano de 1980. Debió de parecer impresionante cuando la inauguraron, pero en el año 2005 estaba muy deteriorada por el uso. Olía a sudor y tabaco barato. El techo estaba decorado con hileras e hileras de cilindros metálicos que parecían latas de conserva oxidadas. En el control de pasaportes no había una cola normal, así que era necesario ocupar tu propio lugar entre una masa de personas y estar alerta para que no se te colara nadie. ¡Y Dios nos libre si habías facturado una maleta! Incluso después de haberte sellado el pasaporte tendrías que esperar una hora más para recoger el equipaje. Después de un vuelo de más de cuatro horas no era una forma divertida de entrar en Rusia, sobre todo si hacías el viaje una semana sí y otra no, como era mi caso.

Estuve haciéndolo así desde 1996, pero alrededor del año 2000 un amigo mío me habló del llamado servicio VIP. Por una pequeña cantidad ahorrabas una hora, a veces incluso dos. No era nada lujoso, pero valía la pena cada céntimo que costaba.

Fui directamente del avión a la sala VIP. Las paredes y el techo estaban pintados de un verde tipo puré de guisantes. El suelo era de linóleo marrón oscuro, los sillones de la sala estaban tapizados en imitación de piel marrón rojizo y no eran demasiado cómodos. Durante la espera los camareros servían café aguado o té sobrecocido. Opté por el té con una rodaja de limón y entregué mi pasaporte al oficial de inmigración. A los pocos segundos me tragó el basurero de correos electrónicos de mi BlackBerry.

Apenas me di cuenta de cuando mi chófer, Alexéi, que tenía autorizado el acceso a la sala, entró y empezó a hablar con el oficial. Tenía cuarenta y un años, la misma edad que yo, pero él medía casi uno noventa, pesaba unos ciento ocho kilos, era rubio y sus rasgos eran bastante duros. Había sido coronel de la policía de tráfico de Moscú y no hablaba ni una palabra de inglés. Siempre llegaba puntual y siempre se las arreglaba para salirse de los pequeños atascos convenciendo a los policías.

Ignoré su conversación, contesté los correos electrónicos y me bebí el té tibio. Al cabo de un rato escuché por el sistema de altavoces que ya se podía pasar a recoger el equipaje de mi vuelo.

Fue entonces cuando levanté la vista y pensé: «¿Llevo aquí una hora?».

Miré el reloj y, efectivamente, llevaba allí una hora. El avión aterrizó alrededor de las siete y media de la tarde y ahora eran ya las 8.32. Los otros dos pasajeros de mi vuelo que habían ido a la sala VIP hacía tiempo que se habían marchado. Lancé una mirada a Alexéi y él me devolvió otra como diciendo: «Déjeme comprobar».

Mientras él hablaba con el agente llamé a Elena. En Londres eran solo alrededor de las cinco y media de la tarde, así que sabía que estaría en casa. Mientras hablábamos no aparté la vista de Alexéi y el oficial de inmigración. Su conversación no tardó en convertirse en discusión. Alexéi golpeaba la mesa con la mano mientras el oficial le miraba desafiante. «Algo va mal», le dije a Elena. Me levanté y, más enojado que preocupado, me acerqué a ellos y pregunté qué pasaba.

Al acercarme me di cuenta de que se trataba de algo realmente serio. Puse el altavoz para que Elena escuchara y me tradujera. Los idiomas no son mi fuerte, y después de diez años solamente hablaba el ruso de taxi.

La conversación seguía y seguía. Yo miraba como un espectador en un partido de tenis, moviendo la cabeza a un lado y a otro. En un momento dado Elena me dijo: «Creo que tiene que ver con tu visado, pero el agente no habla claro». Justo en ese instante otros dos policías de inmigración uniformados entraron en la sala. Uno señaló mi teléfono, el otro mis bolsas.

Le dije a Elena: «Aquí hay dos oficiales diciéndome que cuelgue y vaya con ellos. Te llamaré en cuanto pueda».

Colgué. Uno de los oficiales cogió mis bolsas, el otro recogió mis documentos de inmigración....



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