E-Book, Spanisch, Band 101, 134 Seiten
Reihe: Nuevo Ensayo
Brague Las anclas en el cielo
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1339-429-9
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
La infraestructura metafísica de la vida humana
E-Book, Spanisch, Band 101, 134 Seiten
Reihe: Nuevo Ensayo
ISBN: 978-84-1339-429-9
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Rémi Brague (París, 1947) es profesor emérito de Filosofía Medieval en la Sorbona de París. Fue titular entre 2002 y 2012 de la «Cátedra Guardini» en la Universidad Ludwig-Maximilian de Múnich. En 2012 recibió el premio Ratzinger, considerado oficiosamente como el Nobel de Teología. Especialista en la filosofía medieval judía y árabe, ha investigado asimismo sobre la filosofía griega (Platón y Aristóteles). Entre sus obras más importantes se encuentran Aristote et la question du monde, y Europe, la voie romaine, traducida a 17 idiomas. Ediciones Encuentro ha publicado en español varias de sus obras, entre ellas su trilogía «mayor», La sabiduría del mundo (2008), La Ley de Dios (2011) y El reino del hombre (2017), fruto de 15 años de investigación, además del libro entrevista ¿A dónde va la historia? (2016), En medio de la Edad Media (2013) y Manicomio de verdades (2021).
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I. La metafísica como saber y como vivencia
En el subtítulo del presente trabajo empleo el término «metafísica» como adjetivo. El adjetivo proviene de un sustantivo, la metafísica. Y este mismo sustantivo condensa en una sola palabra una locución griega que conlleva tres: meta ta physika. Ninguno de estos dos saltos, de la locución al sustantivo, y luego del sustantivo al adjetivo, es algo obvio, así como tampoco lo es, por lo demás, el sentido preciso de la locución de partida3.
§ 1. De un libro a un sustantivo, y luego a un adjetivo
No es en absoluto evidente que exista una disciplina, una ciencia, o en todo caso un ámbito de investigación dentro del cual se plantean ciertas cuestiones y reciben una respuesta, y que se llama «metafísica». Ta meta ta physica es primero el título, el mismo muy problemático, de una obra muy concreta, o más bien de un conjunto de tratados de Aristóteles.
Este título no es, ciertamente, del propio filósofo. Aparece por primera vez en el siglo I después de Cristo, en un texto de Nicolás de Damasco que solo poseemos en siríaco y en el que la expresión es traducida con toda literalidad por «después de la naturaleza» (de batar keyanayata)4. ¿Se lo habría dado a estos tratados un bibliotecario por razones de pura clasificación? Así se ha pensado durante mucho tiempo. Pero hoy resulta dudoso porque las listas más antiguas de las obras de Aristóteles no sitúan los libros metafísicos justo después de los libros de física. ¿Se trataba de describir su contenido de una manera o de otra? El «después de» (meta) podría proceder del hecho de que la metafísica tiene una dignidad más alta que la física. O también de que expresaría su posterioridad respecto de la física en el orden del aprendizaje. Cabe elegir una u otra posibilidad, o las dos, tanto la vertical, ascensional, cuanto la horizontal, cronológica, pues son del todo compatibles. La metafísica trata, en efecto, de realidades que no se presentan de entrada a su captación por parte de los hombres. Para acceder a ellas, estos deben elevarse por encima de sus vivencias cotidianas. Y para ello se requiere una preparación que puede durar mucho tiempo y que debe hacerse en un orden preciso5.
Solo a partir de la traducción latina de la obra de Aristóteles, efectuada por primera vez en el siglo XII por Jacobo de Venecia, la locución formada por los tres términos griegos quedó condensada —porque el latín no tiene artículo definido— en un adjetivo único, metafísica.
§ 2. Una disciplina filosófica
Así pues, el nombre de la ciencia se constituyó a partir del título de un libro. El uso del término «metafísica» para designar una disciplina, la metafísica, aparece en griego en Alejandro de Afrodisia (comienzos del siglo III), quien explicita los términos «ciencias filosóficas» en: «la física, la ética, la lógica», a los que añade, con una fórmula algo áspera, «lo ‘después de las físicas’ (hè sc. epistèmè meta ta physika)»6. El término entra en árabe a partir de Al-Farabi7. Está asimismo presente en Avicena, en cualquier caso en árabe, porque el traductor en latín medieval no dio ese sentido al término8. En lo que atañe al objeto de ese saber metafísico, Farabi despejó la confusión por la que se acercaba a la «teología» al darle su objeto propio, a saber, el ente en cuanto ente y sus modalidades. Y Avicena prolongó la intuición de Farabi al desarrollar, entre las ciencias filosóficas, la metafísica como una disciplina ampliamente articulada9.
A comienzos del siglo XIV, en tierra cristiana, el franciscano Juan Duns Escoto, quien se inspira muy ampliamente en Avicena, se propuso constituir la metafísica como disciplina cerrada. A semejanza de los demás grandes escolásticos, se percibía a sí mismo como teólogo, más que como filósofo. Su construcción de la metafísica no fue tanto para tratarla de forma temática, cuanto para darle un objeto, a saber, el ente en cuanto ente. Este objeto la distinguía con toda claridad de la teología, que era el proyecto central de Duns Escoto, y cuyo objeto es evidentemente Dios10.
En el siglo XVI, el jesuita español Francisco Suárez presentó los grandes problemas de la ciencia metafísica bajo la forma de un voluminoso manual que tituló Disputationes metaphysicae (1597)11. Su influencia fue considerable, incluso, cosa paradójica tratándose de un jesuita, en las universidades de la Alemania protestante.
La metafísica de la época clásica se manifiesta en Descartes en las Meditationes de prima philosophia (1641). Su título latino recupera una terminología, la «filosofía primera», auténtica y clásicamente aristotélica12. Pero la traducción francesa del duque de Luynes la convirtió en Méditations métaphysiques. El nombre de la disciplina aparece después en Leibniz en un Discurso de metafísica (1686). Tras él, el término se fija y ya no abandona la terminología occidental en todo su recorrido histórico.
§ 3. Una dimensión de lo humano
En el presente trabajo he elegido poner el acento sobre el vínculo que une la metafísica como disciplina con la humanidad del hombre. Aunque este vínculo sea evidente, no ha sido frecuentemente tematizado, sencillamente porque apenas lo necesitaba. Que es el hombre y no el caballo quien estudia la metafísica es algo evidente. Ello vale para el conjunto de la filosofía, en todas las disciplinas que la constituyen. Vale incluso para todo lo que implica la posesión del lenguaje: ciencias, arte, derecho, religión, etc.
Un vínculo más directo y específico entre la humanidad del hombre y la disciplina metafísica aparece más tardíamente. El mismo Kant menciona la disposición innata (Naturanlage) del hombre a la metafísica, la necesidad de responder a ciertas cuestiones procedentes de «la naturaleza de la razón humana universal» (aus der Natur der allegeinen Menschenvernunft)13.
Schopenhauer, quien se consideraba en gran medida discípulo de Kant, habla del hombre como del «animal metafísico»14. La fórmula es muy interesante. Retoma, en efecto, la definición tradicional del hombre como «animal racional» (zoôn logon ekhon, animal rationale). Pero no lo hace sin explicitarla: la posesión del logos no es nada más, ni nada menos, que la capacidad de hacer metafísica. El filósofo alemán inscribe esta fórmula en un capítulo del segundo volumen de su obra maestra, que contiene glosas del primero. Ese capítulo lo tituló «Sobre la necesidad metafísica del hombre». Expresión de nuevo interesante porque sugiere que la metafísica es una aspiración tan elemental como las necesidades corporales del alimento o la bebida. Schopenhauer escribe en latín animal metaphysicum, y explicita su fórmula subrayando la capacidad propiamente humana de asombrarse (Verwunderung), reforzada por la conciencia de tener que morir, dos características que los animales no poseen.
La primera idea, el maravillarse, tiene raíces antiguas bien conocidas en Platón y en Aristóteles, de quien Schopenhauer cita el célebre pasaje en el que el filósofo griego habla de la capacidad de asombro (thaumazein) como una característica del filósofo15. El elemento que Schopenhauer considera adyuvante, la conciencia de la finitud y del carácter inevitable de la muerte, ha sido, en cambio, tomado en menor medida de la Antigüedad como fuente de cuestionamiento filosófico. Para los antiguos, la muerte es más bien la metáfora de la actividad filosófica, como ocurre en el Fedón, y luego en la definición, que ha quedado como tradicional, de la filosofía como «preparación para la muerte» (meletè thanatou), y que se ha tomado del diálogo platónico16.
Bajo el título «Introducción a la metafísica», Bergson publicó en 1903 un largo artículo que representa una etapa en esa tendencia de larga duración que intenta poner la metafísica del lado del sujeto. En él define, efectivamente, la metafísica como la posesión absoluta de una realidad, posesión producida por una intuición que se sitúa en el interior de esa realidad. Ahora bien, ello solo es posible en el conocimiento que tenemos de nosotros mismos. El conocimiento metafísico es, por lo tanto, «un conocimiento interior, absoluto, de la duración del yo por el mismo yo». «Este empirismo verdadero», concluía, «es la verdadera metafísica», la cual «podría definirse como la experiencia integral»17.
El movimiento existencialista, si por ello se entiende algo más que una etiqueta que reúne obras heterogéneas, ha orquestado poderosamente el aspecto experimental, o más bien «experiencial», de la metafísica....




