E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Reihe: Colección Especiales
Boyle Vivir sin dinero
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-947051-9-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 232 Seiten
Reihe: Colección Especiales
ISBN: 978-84-947051-9-9
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Mark Boyle. Ballyshannon (Irlanda), 1979 Activista y escritor irlandés conocido por haber fundado la Comunidad Freeconomy y, sobre todo, por vivir sin dinero desde noviembre de 2008. Escribe regularmente en el blog Freeconomy y en el periódico británico The Guardian. Durante sus primeros seis años en el Reino Unido, Boyle vivió en Bristol, donde creó dos compañías de alimentos orgánicos. En 2007, tras una conversación con un amigo, decidió que el dinero crea una cierta desconexión entre nosotros y nuestras acciones. Unos meses después, inspirado por la Marcha de la Sal de Gandhi en 1930, organizó una marcha desde Bristol hasta Porbandar (India), el lugar de nacimiento del pensador. Un año después, desarrolló un ambicioso plan: vivir totalmente sin dinero. Después de algunas compras de preparación, como un panel solar y una estufa de leña, comenzó su primer año de vida sin dinero en el Día sin compras de 2008. Boyle ha recibido considerable publicidad por sus apariciones en la televisión, la radio y otros medios de comunicación del Reino Unido, Irlanda, Australia, África del Sur, Estados Unidos y Rusia, que se han interesado en su día a día, en especial por temas como la alimentación, la higiene y aspectos tradicionalmente caros de la vida, como la celebración de la Navidad.
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01
¿Por qué sin dinero?
El dinero es un poco como el amor. Nos pasamos la vida persiguiéndolo, pero pocos comprendemos lo que realmente es. En muchos aspectos, fue una buena idea cuando empezó.
Había una vez una época en la que la gente utilizaba el trueque en lugar del dinero para llevar a cabo muchas de sus transacciones. En los días de mercado, las personas se pasaban por allí con lo que quiera que produjeran; los panaderos llevaban su pan, los alfareros sus vasijas, los cerveceros arrastraban sus barriles de cerveza y los carpinteros llevaban cucharas y sillas de madera. Esperaban negociar con las personas que tuvieran algo de valor para ellos. Era un mecanismo verdaderamente fantástico para que la gente se reuniera, pero no era tan eficiente como podría haber sido.
Si el señor Panadero necesitaba cerveza, acudía a ver a la señora Cervecera. Después de hablar de los niños, el señor Panadero ofrecía un poco de pan a cambio de la deliciosa cerveza de la señora Cervecera. Muchas veces, todo resultaba perfectamente aceptable y ambas partes llegaban a un afortunado acuerdo. Pero —y aquí es cuando empezó el problema— a veces la señora Cervecera no necesitaba pan, o no pensaba que su vecino le estuviera ofreciendo suficiente a cambio de su cerveza. Pero el señor Panadero no tenía otra cosa que ofrecerle. Este problema ha acabado por conocerse como «la doble coincidencia de necesidades»: en una transacción, cada una de las personas tiene que tener algo que la otra necesite. Tal vez la señora Cervecera descubriera que su esposo era intolerante al gluten y, por tanto, que el señor Panadero había contribuido a agravar el síndrome de intestino irritable de su media naranja. O que, en lugar de pan, en realidad necesitaba una cuchara de la señora Carpintera y algunos productos frescos de la señora Agricultora. Todo aquello resultaba demasiado complejo para la pobre señora Cervecera.
Un día llegó a la ciudad un hombre con una chistera exquisita y un traje de raya diplomática hecho a medida. Nadie le había visto nunca. Este nuevo tipo —se presentó diciendo que era el señor Bancos— acudió al mercado y se rio al ver el barullo que se producía cuando todo el mundo se mezclaba en medio del caos para tratar de obtener lo que necesitaba para la semana. Al ver a la señora Agricultora intentar intercambiar sin éxito sus hortalizas por algunas manzanas, el señor Bancos la llevó a un lado y le pidió que reuniera esa misma noche en el ayuntamiento a todos los vecinos, pues él conocía un mecanismo que podría facilitarles mucho la vida a todos.
Esa noche acudió toda la comunidad, atropellándose los unos a los otros, presas de la emoción e intrigados por averiguar qué iba a decirles ese carismático forastero con chistera y hermoso traje. El señor Bancos les mostró diez mil conchas de cauri, cada una de las cuales llevaba impresa su propia firma, y entregó un centenar a cada uno de los cien aldeanos. Les dijo que, en lugar de cargar con los voluminosos barriles de cerveza, las hogazas, vasijas y banquetas, la gente podía utilizar esas conchas para intercambiar sus bienes. Lo único que tendría que hacer todo el mundo era decidir cuántas conchas valían sus artículos y mercancías y utilizar esas pequeñas piezas para hacer los intercambios. «Esto parece muy sensato —dijo la gente—. ¡Se han resuelto nuestros problemas!».
El señor Bancos dijo que regresaría transcurrido un año y que, cuando lo hiciera, quería que cada una de las personas le entregara 110 conchas. Según les dijo, las diez conchas adicionales serían una señal del aprecio que mostraban por el tiempo que les había ahorrado y lo mucho que les había facilitado la vida. «Parece bastante justo, pero ¿de dónde sacaremos las diez conchas adicionales?», dijo la muy sagaz señora Cocinera mientras él descendía de la tarima. Ella sabía que no era posible que todos los aldeanos devolvieran las diez conchas adicionales. «No se preocupe, en última instancia, lo solucionará», dijo el señor Bancos mientras partía rumbo a otra ciudad.
Y así, con esta sencilla alegoría, fue como vio la luz el dinero. En lo que el dinero se ha convertido dista mucho de estos humildes comienzos. El sistema financiero se ha vuelto tan complicado que casi excede toda posible explicación. El dinero no son solo los billetes y monedas que llevamos en el bolsillo; las cifras de nuestras cuentas bancarias son solo el principio. Hay futuros y derivados financieros, bonos del Estado y municipales, acciones, reservas de bancos centrales y los depósitos o garantías respaldados por hipotecas que tan célebremente produjeron el colapso mundial de las instituciones financieras en la quiebra crediticia de 2008. Hay tantos instrumentos, índices y mercados que ni siquiera los expertos mundiales pueden logran comprender plenamente cómo interactúan.
El dinero ya no trabaja a nuestro servicio. Nosotros trabajamos para él. El dinero se ha apoderado del mundo. Como sociedad, adoramos y veneramos a costa de todas las demás una mercancía que no tiene ningún valor intrínseco. Es más, nuestro concepto del dinero en su conjunto se basa en un sistema que promueve la desigualdad, la destrucción del medio ambiente y la falta de respeto por la humanidad.
Grados de separación
Antes de 2007 yo llevaba casi diez años envuelto en negocios de uno u otro tipo. Había estudiado en Irlanda Economía de la Empresa durante cuatro años, a los que siguieron seis más dirigiendo empresas de alimentos orgánicos en el Reino Unido. Me había metido en el mundo de los alimentos orgánicos leyendo un libro sobre Mahatma Gandhi en el último semestre de la licenciatura. La forma en que vivió su vida aquel hombre me convenció de que quería tratar de dedicar los conocimientos y habilidades que yo pudiera tener a algún uso social positivo, en lugar de ingresar en el mundo empresarial para ganar la mayor cantidad de dinero posible con la mayor rapidez posible, que era el plan original. Uno de los pensamientos de Gandhi que me tocó una fibra sensible fue la idea de «sé el cambio que quieres ver en el mundo», tanto si eres «una minoría de uno como una mayoría de millones». El problema era que yo no tenía la menor idea de cuál era ese cambio. El de los alimentos orgánicos me parecía (y, en muchos aspectos, me sigue pareciendo) un sector industrial ético, de modo que parecía un buen punto de partida.
Después de haber estado seis años profundamente implicado en el sector de los alimentos orgánicos, empecé a considerarlo un excelente trampolín para dar el salto a una vida más sensata desde el punto de vista ecológico, y no tanto el Santo Grial de la sostenibilidad que antes creía que era. Presentaba muchos de los problemas que asolan a la industria alimentaria convencional: transporte de alimentos por todo lo largo y ancho del mundo, artículos envasados con demasiadas capas de plástico y grandes empresas que adquieren pequeños negocios independientes. Acabé desilusionado y empecé a explorar otras maneras de unirme al incipiente movimiento de personas de todo el mundo a las que les preocupaban cuestiones como el cambio climático y el agotamiento de recursos... y quería hacer algo al respecto.
Una noche, charlando con mi buena amiga Dawn, discutíamos sobre algunas de las cuestiones fundamentales que afectan al mundo: los talleres clandestinos de confección de ropa, la destrucción del medio ambiente, las granjas industriales, las guerras de recursos y otras cuestiones similares. Nos preguntábamos cuál de ellas nos dedicaríamos a combatir. No es que pensáramos que nosotros pudiéramos hacer gran cosa, solo éramos dos pececitos en un océano inmensamente contaminado. Esa noche, me di cuenta de que estos síntomas de enfermedad global no tenían entre sí la poca relación que yo pensaba que guardaban y que eran el hilo común de una causa fundamental que las atravesaba: nuestra desconexión con lo que consumimos. Si todos tuviéramos que cultivar nuestra propia comida, no derrocharíamos una tercera parte de ella (como hacemos ahora en el Reino Unido). Si tuviéramos que fabricarnos nuestras propias mesas y sillas, no las tiraríamos en el momento en que cambiáramos la decoración de nuestra casa. Si pudiéramos ver la cara del niño que, bajo la mirada de un soldado armado, corta los patrones de la ropa que nos planteamos comprar en las grandes avenidas comerciales, seguramente evitaríamos adquirirlos. Si viéramos las condiciones en que se mata a los cerdos, se nos caería de las manos el bocadillo de beicon. Si tuviéramos que potabilizar el agua que bebemos, seguro que en modo alguno cagaríamos en ella.
Los seres humanos no somos esencialmente destructivos. Conozco a muy pocas personas que quieran causar sufrimiento. Pero la mayoría de nosotros no tenemos la menor idea de que nuestros hábitos de consumo diario sean tan destructivos. El problema es que la mayoría de nosotros jamás veremos estos horrendos procesos, ni conoceremos a las personas que fabrican los artículos que utilizamos, y menos aún los produciremos nosotros mismos. Podemos ver alguna muestra en los medios de comunicación o en Internet, pero surte poco efecto; su impacto se ve reducido drásticamente por los filtros emocionales que impone el cable de fibra óptica.
Cuando llegué a esta conclusión, quise averiguar qué era lo que hacía posible esta desconexión extrema de lo que consumimos. La respuesta, en última instancia, era bastante sencilla. En el instante en que nació el instrumento que llamamos «dinero», todo cambió. Parecía una idea fantástica en el momento de su concepción, y el 99,9 por ciento de la población mundial...




