E-Book, Spanisch, Band 93, 324 Seiten
Reihe: 100xUNO
Borghesi El desafío Francisco
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1339-426-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Del neoconservadurismo al «hospital de campaña»
E-Book, Spanisch, Band 93, 324 Seiten
Reihe: 100xUNO
ISBN: 978-84-1339-426-8
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Massimo Borghesi es catedrático de Filosofía Moral en el Departamento de Filosofía, ciencias sociales, humanas y de la formación de la Universidad de Perugia. Ha sido director de la Cátedra Bonaventuriana en la Pontificia Universidad San Buenaventura. Especialista en el pensamiento filosófico alemán de los siglos XIX y XX, con particular atención a los temas de la secularización, el nihilismo y la sociedad «post-secular», es probablemente uno de los más originales filósofos contemporáneos de la religión. Entre sus últimas publicaciones destacan: Hegel. La cristologia idealista (2018); Modernità e ateismo. Il dibattito nel pensiero cattolico italo-francese (2019) y Romano Guardini. Dialettica e antropologia (2021). Entre algunos de los libros publicados por Encuentro están Posmodernidad y cristianismo. ¿Una radical mutación antropológica? (1997) y El sujeto ausente. Educación y escuela entre el nihilismo y la memoria (2005). Su última obra publicada en esta casa es Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual (2018).
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Introducción. Más allá del modelo teológico-político. La Iglesia «móvil» de Francisco
Al atardecer del viernes 27 de marzo de 2020, en plena epidemia Covid-19 que cada día siega dramáticamente sus víctimas, se desarrolla en Roma una escena que no olvidarán los telespectadores de todo el mundo. Un papa solo, frente a una plaza de San Pedro desierta y golpeada por la lluvia, ora a Dios por toda la humanidad. El silencio que reina a su alrededor es surrealista. Detrás del papa se encuentra la imagen de María Salus Populi Romani, conservada en Santa María la Mayor, y el crucifijo de madera de san Marcelo que, según la tradición, habría salvado a los romanos durante la peste del siglo VI. El papa implora al Señor que no abandone el mundo al miedo. En el exordio, potente, dice:
«Al atardecer» (Mc 4,35). Así comienza el Evangelio que hemos escuchado. Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa. Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca, estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con angustia dicen: «perecemos» (cf. v. 38)1.
Las imágenes del papa «solo» en la plaza de San Pedro desierta dan la vuelta al mundo. Hacen evidente, más que cualquier posible descripción, la tragedia de la humanidad llagada y doblegada por la epidemia. Como ha escrito Campi:
Las imágenes del papa Francisco que celebra misa solo, en una plaza de San Pedro oscura, desolada y golpeada por la lluvia, han sido transmitidas a todas partes. A alguien le pareció como la retirada del mundo de la fe y de las religiones organizadas: un hecho tan inédito y grandioso que agudizó el desconcierto universal, no solo el de los creyentes. Sin embargo, en esas mismas imágenes, efectivamente desconcertantes, muchos vieron en cambio un mensaje de esperanza, una señal potente. En un mundo afectado de manera profunda por la secularización, que se ha vuelto casi estéril espiritualmente por esta última, por otra parte ni siquiera capaz de garantizar un tranquilo pluralismo de las creencias imprimido por una laica e ilustrada tolerancia, la figura solitaria del pontífice que invoca la salvación para todos ha sugerido pensamientos menos desalentadores: por un lado, el necesario rescate de la cultura religiosa respecto a la secular (que ante el drama último de la muerte ni siquiera logra ser consoladora); por otro, una invitación a formar comunidad y a compartir, dirigida al mundo y por este último ampliamente recibida, más allá de las diferentes confesiones y creencias2.
El gesto del papa es potente y representa, desde el punto de vista simbólico, uno de los puntos más elevados de su pontificado, destinado a permanecer imprimido en la memoria. Sin embargo, precisamente esa soledad llega a revestir, en algunos artículos de la prensa, un significado totalmente distinto. El papa estaría solo porque está lejos de la Iglesia y del mundo. Solo, porque su pontificado llegaría a su término, privado ahora de inspiración ideal, bloqueado en su designio utópico de reformar la Iglesia. Esto es lo que afirma, con una evidente satisfacción, el historiador Roberto de Mattei, presidente de la Fundación Lepanto, director de Corrispondenza romana y discípulo ideal de Plinio Corrêa de Oliveira, el católico tradicionalista brasileño fundador de la asociación Tradición, Familia y Propiedad.
Por otra parte, la plaza de San Pedro está vacía, y ni las imágenes televisivas del papa Francisco, ni sus libros ni entrevistas atraen ya a la opinión pública. El coronavirus le ha dado el golpe de gracia a su pontificado, un pontificado que ya estaba en crisis. Sea cual sea el origen del virus, esta ha sido una de sus principales consecuencias. Para usar una metáfora, el pontificado de Francisco me parece clínicamente extinto3.
Si el juicio del profesor de Mattei, conocido por su libro contra el concilio Vaticano II, es algo que se da por descontado, menos obvio es el anterior, de Alberto Melloni, ilustre historiador de la escuela boloñesa de Giuseppe Alberigo y colaborador del Corriere della Sera. En un artículo de primeros de agosto, L’inizio della fine del papato di Francesco, Melloni conecta el fin ideal del pontificado con la difusión de la pandemia.
Para Francisco, el giro simbólico fue la dramática imagen del papa solus ante un mundo vacío la lluviosa noche del Covid-19. [...] Con la ostensión de su soledad institucional de marzo comenzó la fase final de este papado: una fase que podría durar diez años o más; y se distinguirá todavía más el día en que deba desaparecer Benedicto XVI. En la fase final del papado no es que el papa cuente poco o pierda poder: simplemente es el momento en que el futuro de la Iglesia (y del cónclave) pasa definitivamente al cuerpo invisible y global de la Iglesia. Lo que todavía no está decidido es si el vigor apostólico de Francisco debe convertirse en un estilo cristiano o si es mejor descansar en la mediocridad y en las nostalgias4.
Lo significativo del artículo de Melloni es que no se indica con claridad los motivos del ocaso. Y, sin embargo, pueden intuirse y acreditan la insatisfacción de una cierta orientación progresista, tan católica como laica, con respecto al pontificado. «Ha aflorado asimismo —escribe Melloni— una creciente tensión en torno al papado, que ha oscilado durante la pandemia entre diversos puntos: incluso por parte de medios que se habían mostrado simpatizantes y de personas que se habían mostrado elogiosas o aduladoras. Como si no haber hecho pronto lo que les apremiaba fuera un yerro»5. Si bien el frente conservador y tradicionalista no ha cejado en su ofensiva contra el papa, la crisis del apoyo progresista es algo más reciente. Los límites puestos al sínodo sobre la Amazonia sobre la posibilidad de ordenar como sacerdotes a hombres casados, y al episcopado alemán orientado favorablemente a la idea del sacerdocio femenino, no han gustado. Francisco se habría echado atrás ante los tradicionalistas y eso es algo que parece imperdonable. En cierto modo acreditan también esta imagen comentadores laicos como Massimo Franco y Marco Marzano.
Franco sugiere, en su libro L’enigma Bergoglio. La parabola di un pontificato, la idea de un «papa enigmático»6, «magistral en la desestructuración de una Iglesia ya en crisis, y probablemente menos hábil a la hora de construir otra»7. También Franco comienza y concluye con la imagen de la «plaza de San Pedro desierta y golpeada por la lluvia de marzo»8. Marzano, a su vez autor del libro La Chiesa immobile. Francesco e la rivoluzione mancata9, comentando el de Franco, llega a poner en tela de juicio la lectura del papado que ofrece anteriormente: la de una Iglesia «inmóvil», firme en la querida oscilación «jesuítica» entre tradición y reformas. En esto no habría ninguna estrategia por parte del papa. «Yo, al igual que otros, siempre he imaginado que todos estos movimientos aparentemente contradictorios, estos continuos vaivenes, corresponderían a un sutil plan estratégico, a una fineza política exquisitamente jesuítica dirigida a intentar conciliar lo inconciliable y a mantener elevado el consenso de las muchas fracciones en que está dividida la Iglesia. Al leer el bello libro de Massimo Franco, L’enigma Bergoglio. La parabola di un papato (Solferino), han surgido en mí algunas dudas sobre la validez de esta hipótesis interpretativa. Al final de la lectura he debido admitir que ese proceder por medio de avances y retrocesos, ese ilusionar a los fans de las reformas, para decepcionarlos después clamorosamente, podría no ser tampoco solo o únicamente el reflejo de una prudente estrategia, sino más simplemente el síntoma de una ausencia total de estrategia, de un proceder a tientas por parte de un hombre que ha llegado a ser inesperadamente pontífice casi a los ochenta años, probablemente sin un proyecto de reforma de la Iglesia y bastante inseguro y balbuciente no solo en lo que se refiere a los «grandes temas teológico-políticos», sino también en lo referente al modo en que se debe gestionar la administración ordinaria de la Iglesia. Esto es lo que emerge con nitidez de los once densos capítulos del libro de Franco»10. Así pues, Francisco sería, para Marzano, un papa sin un proyecto reformador, un conservador a pesar de la pátina de progresismo imaginada por los medios de comunicación11. Las oscilaciones y los retrocesos de Marzano sobre la «estrategia papal», así como las vacilaciones de Franco frente al «papa enigmático» acreditan, por otra parte, que ambos olvidan por completo la dimensión del pensamiento y de la formación intelectual de Bergoglio, condiciones imprescindibles para poder trazar el proyecto «reformador» del papa...




