E-Book, Spanisch, Band 381, 192 Seiten
Reihe: Narrativa del Acantilado
Bontempelli Gente en el tiempo
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19958-71-6
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 381, 192 Seiten
Reihe: Narrativa del Acantilado
ISBN: 978-84-19958-71-6
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Massimo Bontempelli (Como, 1878 - Roma, 1960), fundador y principal exponente del realismo mágico italiano, fue uno de los escritores más innovadores del siglo XX. Novelista, ensayista, dramaturgo y traductor, contribuyó asiduamente en medios como «Il Corriere della Sera», «Il Messaggero» y «L'Unità». Compañero de Paola Masino, amigo de Giorgio de Chirico y Alberto Savinio, y colaborador habitual de Luigi Pirandello, entre sus obras de mayor éxito se encuentran, además de «Gente en el tiempo» (Acantilado, 2025), «Il figlio di due madri» (1929), «Vita e morte di Adria e dei suoi figli» (1930) y «L'amante fedele» (1953), con el que ganó el prestigioso Premio Strega.
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II
SILVANO
A Silvano se le hizo muy largo el resto de la mañana, tan repleta de impresiones conmovedoras, cambios de ánimo, descubrimientos inesperados. Nunca había sabido que hubiera tantas cosas sobre las que fuera posible reflexionar, que el espíritu humano fuera tan rico. Ya no sólo veía un mundo nuevo, sino que se daba cuenta de que hasta entonces apenas había rozado lo poco que le rodeaba, que a pesar de tener la misma apariencia de siempre, estaba hecho de una sustancia inesperada, densa, extraña, y nacía en él un repentino deseo de atraparla. Hasta entonces había creído que la vida era algo pasivo y bastante tranquilo, pero esa mañana se dio cuenta de que hasta una hoja está viva gracias a un continuo esfuerzo de voluntad.
Todo el mundo que había conocido se encontraba en el interior de su casa: Vittoria, las niñas, las criadas, pero sobre todo, rodeándolo todo, en el fondo de todo, la poderosa vigilancia de su madre. Ahora la madre se había ido y le parecía incomprensible que, a pesar de que ya no estaba, siguieran existiendo aquellas paredes, el trasiego de Vittoria, las mujeres corriendo de una habitación a otra, y ese aire, el aire que entraba por las ventanas, el mismo de días pasados, de tantos años pasados, que ahora, sin embargo, entraba y se movía sobre las cosas sin haber ido primero a recibir las órdenes de la Gran Vieja. De modo que el aire, las paredes, las mujeres, eran capaces de sostenerse por sí mismas, eran algo en sí mismas, no era que sólo pudieran vivir porque ella les hacía sonar como un instrumento.
«¿Y qué hay de mí? ¿Acaso soy yo también algo por mí mismo?». El pensamiento lo estremeció y de inmediato reconoció en ese escalofrío el susto que le había recorrido (¿cuándo fue?, hacía una hora, no más de una hora) al escuchar las palabras del hombre vestido de domingo: «Ahora es usted el amo y puede mandar». ¿Mandar a quién? ¿Y qué? ¿Y por qué hacerlo? Mandar a los demás es una forma de estar solo. ¿Y por qué estar solo? Él no sentía esa necesidad. Cuando vivía la Gran Vieja, nadie estaba solo nunca: el mero pensamiento de su existencia disipaba en todos cualquier forma de soledad, incluso si no estaba en casa, incluso por la noche, cuando dormía. Sólo ella, que mandaba a todos, estaba sola. Silvano deambulaba por la casa, a menudo alejado del movimiento cada vez más febril que recorría todas las habitaciones. El músico se había marchado, pero los instrumentos sonaban mucho más fuerte que antes: se escuchaba arrastrar, golpear, frotar. Desde lo alto llegaba un golpeteo de martillos sobre clavos, algunas puertas entreabiertas dejaban ver nubes de polvo. Las mujeres pasaban con los brazos cargados de cosas.
Vittoria estaba tomando posesión de la casa. Era una Vittoria a la que Silvano nunca había conocido. Gobernaba ahora con soltura, sin haber pensado nunca en ello. No había duda de que no había tenido ni la sombra de esos pensamientos que tanto le inquietaban a él. Ya no era, como hasta ayer, su compañera en la dulce sumisión. Ahora iba de un lado a otro, arreglando cosas, solucionando problemas. Estaba segura de sí misma, ordenaba todas esas cosas del mismo modo que las habría ordenado la Gran Vieja.
Vittoria se acercó a él y le dijo:
—He hecho abrir las dos habitaciones grandes del primer piso, las están limpiando. Conviene reunir todos tus libros, pondremos la biblioteca en la sala norte, ¿qué te parece? La otra es la más bonita—y luego añadió con una extraña displicencia mientras miraba hacia una de las paredes—tiene una ventana que da a la montaña, pondremos ahí nuestro cuarto—concluyó mirándose las manos.
Silvano estaba asombrado. Vittoria, sin mirarlo, lo sintió aturdido y aguardó un poco. Silvano murmuró:
—Vittoria, las últimas palabras de mamá…
No pudo decir más, pero se entendieron. Los dos tenían miedo el uno del otro. Ella fue la primera en recuperarse. Lo miró a la cara y zanjó la cuestión con firmeza:
—Hagamos como si no lo hubiera dicho—le dio la espalda y se alejó, si bien él tuvo tiempo de percibir un brillo despectivo en su mirada.
Bajó al jardín para distanciarse de aquel desagradable episodio, pero eso le hizo volver a ver la temible escena de dos días atrás: vio a su madre en su lecho de muerte ordenando el futuro. Volvió a escuchar, una por una, todas sus palabras hasta que llegó a esa frase en la que aún no había pensado, aquella profecía misteriosa: «Al fin y al cabo, ninguno de vosotros morirá viejo». Y se preguntó: «¿Cuántos años tengo?». No tenía costumbre de pensar en su propia edad, en la época en la que pasaban los días sin voluntad ni imaginación casi nunca había tenido la oportunidad de hacerlo: «Tengo treinta y cinco años. Soy joven, sin duda. ¿Pero qué se considera viejo? ¿Qué significa no morir de viejo?».
Vio por primera vez, en un futuro, su propia muerte y le asaltó una nueva consternación. Recordó con admiración espantada la intrepidez de su madre ante la inminencia de la muerte y ese ejemplo agudizó el terror en su alma. Antes que frente a la muerte, su madre había sido intrépida frente a la vida y de un modo en que él nunca había podido serlo.
Entonces se dijo: «Para evitar la muerte, es necesario que me haga cargo de mi vida». Pero enseguida se rio amargamente: estas cosas se hacen sin tener que pensarlas antes. Después de tanto dar vueltas, se encontraba de nuevo en el punto de partida: una leve resignación. Miró a su alrededor, estaba frente a la ventana de aquella noche, los postigos abiertos de par en par, el sol brillaba sobre el cristal, toda la oscuridad del Érebo se había desvanecido.
Cansado como tras un prolongado esfuerzo, se sentó en la losa de piedra. Y he aquí que, en medio de un matorral de juncos que lo bordeaba, oyó un alegre crujido de tallos y un chirrido de hojas que lo hizo volverse. Los juncos se abrieron y de allí salieron Dirce y Nora, con la cara enrojecida y temblando de satisfacción. Cuando Silvano las vio se iluminó enseguida y ellas gritaron:
—¡Papi, papi!
Saltaron sobre su regazo una a cada lado. Le consolaba poder quedarse un rato con sus chicas, que ahora le habían rodeado el cuello cada una con un brazo y estaban jadeantes por la carrera.
—¿Sabes qué?—dijo Dirce—, hemos bajado a la fuente del culantrillo y se había secado, pero ya tiene agua otra vez.
—¡Vamos!—exclamó Nora con entusiasmo—, siempre jugamos allí al juego del precipicio.
—¿Qué juego es ése?
—Lo hemos inventado nosotras. En vez de bajar por el camino, vamos por ahí—señaló hacia un hueco que se abría entre dos adelfas—saltando de piedra en piedra, de piedra en piedra, hasta que te precipitas directamente en la fuente: por eso lo llamamos el juego del precipicio.
—Entonces la primera que llega—explicó Dirce—tiene derecho a tirarle agua a la otra.
Y ambas gritaron a coro:
—Sí, sí, papi, vamos, juega con nosotras, papi, juega con nosotras.
Él se había puesto en pie y las sostenía por la cintura, una a cada lado, cada una con un brazo.
—No, queridas—respondió—, id vosotras, yo no puedo.
—Venga, juega con nosotras—insistió Nora.
—No es cierto que no puedas—añadió Dirce—. Ahora tú también puedes jugar.
Santa inocencia. Silvano se sintió tocado en lo más hondo. Lentamente, las dejó en el suelo y murmuró:
—Es porque estoy cansado.
—Sólo sabes jugar con los libros—protestó Nora.
Se marcharon corriendo. Silvano escuchó el ruido de sus saltos, el golpear de las ramas y las piedras. Luego los ruidos se desvanecieron y quedó todo en silencio.
Hasta la naturaleza, que durante unos minutos había estado tan llena de vida, le parecía agotada. El aire que rodeaba a las plantas estaba como apagado.
Se consoló diciéndose: «Al menos no me han mirado como Vittoria».
Ya no se sentó, sino que se apoyó en el tronco del roble. Su meditación retomó una vez más al pensamiento de poco antes: «No puedo temer a la muerte, porque no hay en mí nada vivo».
Le avisó la campana del desayuno, como todos los días (¿también ayer?, no recordaba nada de lo sucedido ayer), igual que lo había hecho durante tantos años, como si no hubiese pasado nada.
Silvano sentía ahora impaciencia y temor ante la idea de volver a ver el rostro de Vittoria. Pensó que aquella mirada de desprecio con la que se había marchado un rato antes se le había grabado en el corazón como si fuera a estar impresa en su rostro para siempre.
Vittoria, por su parte, estaba animadísima. No dejó de hablar durante todo el desayuno de los cambios que había que hacer en la casa; era absolutamente necesario trasladar la habitación de las niñas al primer piso. Le pedía consejo y luego se ponía a exponer sus ideas y hacer planes, o hablaba de la educación de las niñas, a la que había que dar mayor vuelo, y discretamente también mencionó algunos viajes. De vez en cuando se contenía, como si una repentina restricción le hiciera sentir que ese excesivo entusiasmo era inapropiado, pero el ansia la hacía volver a caer. Jamás se le ocurrió mencionar a la difunta.
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