Blasco Ibáñez | El intruso | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 36, 140 Seiten

Reihe: Narrativa

Blasco Ibáñez El intruso


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-099-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 36, 140 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9953-099-4
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El intruso, de Vicente Blasco Ibáñez, describe en detalle las condiciones de trabajo de la minería vasca del hierro en las inmediaciones de Triano. La novela es, quizás, la más política de Blasco Ibáñez. Protagonizada por Luis Aresti, descrito en simetría con el doctor Areilza, médico del Hospital minero de Triano. Aquí se relatan los conflictos sociales que conformaron la Vizcaya moderna. Una de las escenas centrales de esta novela es la que relata los sucesos del 11 de octubre de 1903. Ese día se enfrentaron en Bilbao miles de personas, era domingo y día de la patrona de Vizcaya, la virgen de Begoña. La violencia estalló entre los obreros anticlericales y los peregrinos que asistían a la fiesta de la virgen. Hubo disparos, profanaciones de objetos religiosos y pedradas. Los proletarios de las minas y los altos hornos pelearon en terribles disturbios callejeros contra los antiguos carlistas, afiliados al partido nacionalista recién fundado. Estos últimos tuvieron también el apoyo de los jesuitas de Deusto, mientras quedaban en medio los burgueses liberales. La trifulca fue llamada después por el pueblo «el día que se tiraron los santos a la ría». El intruso es un retrato nítido de la España de principios del siglo XX, pujando por dejar atrás el pasado colonial de América y entrar en la modernidad. Los sucesos del 11 de octubre desataron una serie de acontecimientos políticos sociales que tuvieron enorme influencia en la Vizcaya moderna.

Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928). España. Nació en Valencia el 29 de enero de 1867. Estudió Derecho pero no ejerció esa profesión y se dedicó a la política y la literatura. Con veintiún años se inició en la Masonería el 6 de febrero de 1887 y adoptó el nombre simbólico de Danton en la Logia Unión nº 14 de Valencia y después en la logia Acacia nº 25. Allí recibió el encargo del presidente Raymond Poincaré de escribir esta novela sobre la guerra: Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1916), que fue un auténtico éxito de ventas en los Estados Unidos. Blasco Ibáñez murió en Menton (Francia) el 28 de enero 1928.
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I


Comenzaba a clarear el día cuando despertó el doctor Aresti, sintiéndose empujado en un hombro. Lo primero que vio fue el rostro de manzana seca, verdoso y arrugado de Kataliñ, su ama de llaves, y los dos cuernos del pañuelo que llevaba la vieja arrollado a las sienes.

—Don Luis... despierte. Muerto hay en el camino de Ortuella. El jues que vaya.

Comenzó a vestirse el doctor, después de largos desperezos y una rebusca lenta de sus ropas, entre los libros y revistas que, desbordándose de los estantes de la inmediata habitación, se extendían por su dormitorio de hombre solo.

Dos médicos tenía a sus órdenes en el hospital de Gallarta, pero aquel día estaban ausentes: el uno en Bilbao con licencia; el otro en Galdames desde la noche anterior, para curar a varios mineros heridos por una explosión de dinamita.

Kataliñ le ayudó a ponerse el recio gabán, y abrió la puerta de la calle mientras el doctor se calaba la boina y requería su cachaba, grueso cayado con contera de lanza, que le acompañaba siempre en sus visitas a las minas.

—Oye, Kataliñ —dijo al trasponer la puerta.—¿Sabes quién es el muerto?

El Maestrico disen. El que enseñaba por la noche el abesedario a los pinches y era novio de esa que llaman La Charanga. ¡Cómo está Gallarta, Señor Dios! Ya se conoce, pues: la iglesia siempre vasía.

—Lo de siempre—murmuró el médico.—El crimen pasional. A estos bárbaros no les basta con vivir rabiando y se matan por la mujer.

Aresti andaba ya, calle abajo, cuando la vieja le llamó desde la puerta.

—Don Luis, vuelva pronto. No olvide que hoy es San José y que le esperan en Bilbao. No haga a su primo una de las suyas.

Aresti notó la entonación de respeto con que hablaba la vieja de aquel primo que le había invitado a comer por ser sus días. En todo el distrito minero nadie hablaba de él sin subrayar el nombre con una admiración casi religiosa. Hasta los que vociferaban contra su riqueza y poderío, le temían como a una fuerza omnipotente.

El doctor, al salir de Gallarta, se abrochó el gabán, estremeciéndose de frío. El cielo plomizo y brumoso se confundía con las crestas de los montes, como si fuese un toldo gris que hubiera descendido hasta descansar en ellas. Soplaba el viento furioso de las estribaciones del Triano, que arranca las boinas de las cabezas. Aresti se afirmó los lentes y siguió adelante todavía soñoliento, con esa pasividad resignada del médico que vive esclavo del dolor ajeno. Las rudas suelas de sus zapatos de monte se pegaban al barro; la cachaba iba marcando con su lanza un agujero a cada paso.

La noche anterior había cenado Aresti con unos cuantos contratistas de las minas, lo más distinguido de Gallarta; antiguos jornaleros que iban camino de ser millonarios y, no pudiendo coexistir con sus antiguos camaradas de trabajo, ni tratarse con los burgueses de Bilbao, se pegaban al médico acosándolo con toda clase de agasajos. Despertaba en ellos cierto orgullo que el doctor Aresti, que había estudiado en el extranjero y del que hablaban en la villa con respeto, quisiera vivir entre ellos, en la sociedad primitiva y casi bárbara del distrito minero. Esto les halagaba como si fuese una declaración de superioridad en pro de los mineros de las Encartaciones sobre los chimbos de Bilbao. Además, respetaban al doctor con cierta adoración supersticiosa porque era primo hermano de Sánchez Morueta y éste no ocultaba su gran cariño al médico...

¡Sánchez Morueta! ¡Cómo quién dice nada! Hacía muchos años que no había estado en las minas. Aun en el mismo Bilbao, transcurrían los meses sin que viesen su barba cana y su cuerpo musculoso de gigante los más íntimos del famoso personaje. Pero ya se podía preguntar por él, lo mismo al gobernador de Bilbao que al último pinche de Gallarta: nadie se mostraba insensible ante su nombre. Desde lo alto del Triano se veían minas y más minas, ferrocarriles con rosarios de vagonetas, planos inclinados, tranvías aéreos, rebaños de hombres atacando las canteras: de él, todo de él. Y de él también, los altos hornos que ardían día y noche junto al Nervión, fabricando el acero, y gran parte de los vapores atracados a los muelles de la ría cargando mineral o descargando hulla, y muchos más que paseaban la bandera de la matrícula de Bilbao por todos los mares, y la mayor parte de los nuevos palacios del ensanche y un sinnúmero de fábricas de explosivos, de alambres, de hojadelata, que funcionaban en apartados rincones de Vizcaya. Era como Dios: no se dejaba ver, pero se sentía su presencia en todas partes. Podía hacer a un hombre rico de la noche a la mañana con solo desearlo. Hasta los señores de Madrid que gobernaban el país le buscaban y mimaban para que prestase ayuda al Estado en sus apuros y empréstitos. ¡Y el doctor Aresti, amado por Sánchez Morueta con un afecto doble de padre y de hermano, se empeñaba en vivir fuera de su protección, más allá de la lluvia de oro que parecía caer de su mirada y que hacía que los hombres se agolpasen en torno de él, con la furia brutal de la codicia, obligándolo a aislarse, a permanecer invisible, para no perecer bajo el formidable empujón de los adoradores!... La única merced que el médico había solicitado de su poderoso pariente, era el establecimiento en la cuenca minera de un hospital para los trabajadores que antes perecían faltos de auxilio en los accidentes de las canteras. Y con toda su fama de práctico de los hospitales de París, con la popularidad que le habían dado en la villa sus arriesgadas operaciones, fue a aislarse en las minas, cuando aún no tenía treinta años, viviendo en una casita de Gallarta con sus libros y su vieja criada Catalina.

Los contratistas, los capataces, los químicos, toda la gente que formaba la clase sedentaria de las minas, admiraba a Aresti, poniendo en su adoración algo del asombro que despierta en el vulgo el desprecio a las riquezas materiales.

—Le gusta vivir con nosotros —decían con orgullo.—Mejor prefiere una merienda con gente de boina que un banquete en el palacio que Sánchez Morueta tiene en Las Arenas... ¡Ser primo de Don José y pasarse meses sin verlo!... ¡Pero qué famoso es el doctor!

El mísero rebaño de los mineros, albergado en los barracones y cantinas, tenía una fe ciega en su ciencia, le miraba como a un brujo capaz de los mayores prodigios para remendar los desperfectos del andamiaje humano. Pasaban por los caminos de la montaña un sinnúmero de lisiados, que, al conservar la vida después de horribles catástrofes, proclamaban la maestría del cirujano.

—¡Que venga Don Luis! —gemía el minero herido por la explosión de un barreno, o el pinche casi enterrado por un desprendimiento de la cantera.

Y al ver con la mirada vidriosa de la agonía los lentes del doctor, sus ojos irónicos bajo unas cejas mefistofélicas y la barba en punta llena de canas precoces, los infelices sentíanse animados por repentina confianza; no percibían la llegada de la muerte, esperando hasta el último momento el milagro que había de salvarles.

Los otros médicos del distrito eran recibidos por los enfermos con triste resignación. ¡Don Luis: solo el doctor Aresti! Y las señoras de Gallarta, las esposas de los contratistas, antiguas aldeanas que se aburrían en sus flamantes chalets construidos en las afueras del pueblo, sentían enfermedades nunca sospechadas en tiempos anteriores, solo por el gusto de hablar con el doctor, que a más de su ciencia llevaba con él algo de la grandeza de Sánchez Morueta y de las altas clases de Bilbao hasta las cuales soñaban con llegar algún día. Los maridos no necesitaban menos de la presencia de Aresti. Le consultaban en los asuntos de familia, y, apenas terminado su trabajo en las minas, le buscaban por las noches, organizando en su honor cenas pantagruélicas. Le llevaban con ellos a las pruebas de bueyes y las apuestas de barrenadores, fiestas brutales que organizaban en todos los pueblos de la provincia, cruzando apuestas de muchos miles de duros.

La noche anterior, Aresti se había acostado tarde. Ya que había de comer en Bilbao invitado por Don José (que así era conocido por antonomasia el poderoso Sánchez Morueta), los ricos de Gallarta, que llevaban igual nombre, no querían dejar de obsequiar al doctor. Y hasta más de media noche duró la cena en el fondín principal del pueblo: un banquete de platos populares y substanciosos, tales como los soñaban aquellos ricos improvisados en su época de hambre: conejos de monte, gallinas en toda clase de guisos, bacalao bajo todas las formas, un interminable desfile de viandas vulgares rociadas desde la primera a la última con champagne de las mejores marcas. El champagne era para aquellas gentes el distintivo de la riqueza; lo único que habían podido copiar de las clases elevadas. Lo querían del más caro para que constase bien su opulencia y lo gastaban a cajas, abriendo a golpes las botellas, riendo como niños cuando el líquido se derramaba por el suelo, mojándose unos a otros con la espuma, bebiéndolo en tanques y llenando a veces las palanganas para lavarse la cara con el precioso vino, despilfarro que a los postres nunca dejaba de producir hilaridad.

Aresti sonreía recordando la fiesta de la noche anterior, las extravagancias infantiles de aquellos rústicos, enriquecidos rápidamente e imposibilitados de ostentar mejor sus ganancias en la vida aislada y laboriosa que llevaban en el monte.

Sin detenerse en su marcha, el doctor contempló largo rato una colina roja que se alzaba a un lado del camino....



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