E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Reihe: Impedimenta
Bilbao Matamonstruos
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19581-71-6
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 336 Seiten
Reihe: Impedimenta
ISBN: 978-84-19581-71-6
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
La culminación de una de las sagas western más celebradas de los últimos años. La novela definitiva de uno de los escritores clave del actual panorama narrativo español.
John Dunbar, conocido como «el Basilisco», quiere dar la espalda a su pasado de brutalidad y errancia y vivir por fin en paz junto a su familia. Se asienta con Lucrecia y su hija, Felicidad, en el inhóspito Valle de las Rocas, en pleno territorio navajo. Sin embargo, hasta allí le perseguirán los enemigos más aterradores que haya conocido nunca, unos enemigos que no parecen proceder de su mismo mundo. Por su parte, Jon, el escritor creador de las aventuras del Basilisco, regresa a su pueblo natal. Pretende rehabilitar la vieja casa familiar e instalarse en ella. Mientras, en el lejano oeste, Dunbar acoge al hijo de un antiguo enemigo y duda del amor de Lucrecia, dificultades para las que su experiencia como pistolero no le ha preparado, Jon se topa con una rival que estuvo a punto de arruinarle la vida y que parece dispuesta a intentarlo de nuevo. Así, las vidas del personaje y su autor se aproximan hasta casi confundirse.
Matamonstruos concluye la exitosa saga iniciada en Basilisco y continuada en Araña, y retoma personajes de sus libros anteriores, como la nouvelle Los extraños, en un cierre épico, redondo, en un magistral juego de espejos entre la realidad y la ficción.
CRÍTICA
«Jon Bilbao perfecciona, a cada nuevo libro, su peculiar y, a ratos, muy anglosajón don para aquello que Roberto Bolaño llamó el ejercicio de esgrima.» -Laura Fernández, Babelia
«Domina un trozo del mundo que ha conseguido hacer suyo y donde prima la atención al detalle. Jon Bilbao es uno de los escritores más dotados de la actualidad.» -Juan Ángel Juristo, ABC Cultural
«El gran me?rito de Bilbao es, adema?s de retratar con todas sus virtudes y flaquezas unos personajes impactantes, su notable agilidad, ese ritmo trepidante que nos lleva sin descanso de una historia a otra, sin darnos cuartel.» -Rosa Martí, Esquire
«Jon Bilbao posee una maestri?a fuera de lo comu?n.» -Lluís Satorras, Babelia
«Una prosa perturbadora y poderosa.» El Boomeran(g)
«Jon Bilbao se consolida como unos de los mejores escritores de relato breve del panorama espan?ol.» -Gabriel Ramírez, El Correo
«Absolutamente magistral.» El Confidencial
«Jon Bilbao brilla como narrador.» Fantasymundo
«Dudo que haya nadie que piense que Jon Bilbao no es un genio de las letras.» -Ana Polo Alonso, Courbett Magazine
«Jon Bilbao es uno de los escritores ma?s interesantes del panorama literario.» -Ana Abelenda, La Voz de Galicia
Jon Bilbao nació en Ribadesella (Asturias) en 1972. Es autor de los libros de cuentos Como una historia de terror (2008; Premio Ojo Crítico de Narrativa), Bajo el influjo del cometa (2010; Premio Tigre Juan y Premio Euskadi de Literatura) y Física familiar (2014); así como de las novelasEl hermano de las moscas (2008), Padres, hijos y primates (2011; Premio Otras Voces, Otros Ámbitos) y Shakespeare y la ballena blanca (2013). En Impedimenta ha publicado su volumen de relatos Estrómboli (2016), su tríptico El silencio y los crujidos (2018), el western Basilisco (2020), la nouvelle Los extraños (2021),Araña (2023) y Matamonstruos (2024). Actualmente reside en Bilbao.
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PREFACIO EN EL CINE DIVINO ARGÜELLES DE RIBADESELLA
A Jon le cuesta precisar cuándo sucedió. Cree que tenía siete años, casi ocho. Supone que fue una tarde de sábado o de domingo porque era entonces cuando iba al cine. Tampoco sabe cuál fue la película. No guarda ningún recuerdo de ella.
Supongamos que fue Meteoro. Se estrenó en España en la misma época. Era una película apta para menores y del tipo que le gustaba, una combinación de ciencia ficción y del cine de catástrofes tan de moda en la década de los setenta. Además, desde el punto de vista de su padre, la presencia de Sean Connery en el reparto habría significado un «sello de calidad». Sí, Meteoro es una película que él podría haber querido ver, y sus padres le habrían concedido permiso.
Tampoco recuerda si fue al cine solo o con algún amigo. Sus padres acostumbraban a comprarle una entrada, acompañarlo a la sala y dejarlo en su butaca con la promesa de que cuando la película terminara, irían a buscarlo, una práctica contra la que él nunca protestó.
Supongamos también que el cine estaba lleno. En el Divino Argüelles a nadie le preocupaba el límite de aforo. Mientras hubiera gente que quisiera entrar, se continuaban vendiendo entradas. El público para el que ya no quedaban butacas se acomodaba como buenamente podía en el pasillo o veía la película en pie desde el fondo de la sala. Se apagaron las luces. Se iluminó la pantalla. Aparecieron las primeras imágenes y, con ellas, llegó el espanto.
Aquella tarde de sábado o de domingo, antes de la película, fuera cual fuera, en el cine Divino Argüelles de Ribadesella se proyectó el tráiler de Tarántula.
Jon no les tenía miedo a las arañas. Vivía en una casa de campo. En el terreno semisalvaje que la rodeaba abundaban los animales, y a menudo se colaban en la vivienda: arañas, ratones, murciélagos, serpientes y en una ocasión hasta una lechuza, que fue a buscar refugio bajo la cama de él. Veía arañas a diario y las ignoraba igual que a las gaviotas que sobrevolaban la ría. Los libros de animales que acumulaba en su habitación —estaba convencido de que de mayor sería veterinario— mostraban en detalle arañas de todas las especies, tamaños y niveles de peligrosidad, y él leía sobre ellas con interés y ningún asomo de repulsión.
Sin embargo, bastó un avance, de menos de dos minutos de duración, de una película de serie B no solo para que su miedo a las arañas se despertara, sino para que Jon experimentara el mayor horror que había padecido hasta entonces.
Cabe que fuera el sentimiento más intenso que había vivido nunca.
En la primera imagen del tráiler, una avioneta despegaba de una pista en el desierto. Apenas el tren de aterrizaje dejaba de tocar el suelo, una tarántula hacía aparición a una sorpresiva velocidad, siguiendo el mismo recorrido que la avioneta. Esto era mostrado en un plano fijo, a ras de suelo y desde muy cerca de la araña, para que esta pareciera lo más grande y amenazadora posible, y producir la impresión de que la avioneta había escapado de una criatura monstruosa.
Jon dio un respingo y apretó la espalda contra el respaldo de la butaca.
No dijo nada. Ni los amigos que lo acompañaban —si había alguno— ni el resto de los espectadores se percataron de la debacle que estaba sufriendo. Tampoco se levantó y se fue; no porque le avergonzara mostrar su miedo repentino e incontrolable, sino porque su cerebro, incapacitado momentáneamente, no envió al resto del cuerpo ninguna orden que lo protegiera del horror y redujera su impacto.
La ruta migratoria de una horda de tarántulas pasa por un pequeño pueblo de Arizona. El alcalde opta por el método expeditivo de la fumigación para librarse de ellas, desoyendo el consejo del veterinario local y de una experta en entomología, quienes opinan que así solo conseguirá enardecer a las arañas, como en efecto sucede.
Concluyó el tráiler y empezó la película, durante la que Jon siguió sin moverse, aunque ahora sin ver nada de lo que aparecía en la pantalla. En su cabeza continuaba proyectándose, una vez tras otra, el tráiler de Tarántula. Los cadáveres momificados, envueltos en capullos de tela de araña. La niña que grita aterrada porque docenas de tarántulas trepan a su cama por los cuatro costados. El piloto de la avioneta, que descubre con pavor que varias arañas han logrado colarse en el estrecho espacio de la cabina, del que no hay escapatoria. Jon lo había visto todo. Su cerebro ni siquiera había enviado la orden de cerrar los párpados. En contra de su voluntad, había memorizado todos y cada uno de los detalles.
En los momentos en que lograba despegarse de esas imágenes, miraba sorprendido a su alrededor. El público disfrutaba de la película. Seguramente nadie más en la sala había sufrido un impacto comparable al suyo. Durante el tráiler habían seguido hablando, fumando, comiendo palomitas de maíz demasiado saladas. Y quienes habían sentido asco cerraron los ojos, tuvieron un escalofrío, se agarraron del brazo de la persona que iba con ellos, y luego se rieron avergonzados y se olvidaron de inmediato y para siempre del avance de Tarántula.
Si tal como él cree tenía siete años, no le dejarían volver solo a casa, a más de un kilómetro del pueblo y al otro lado de la ría. Seguramente su padre lo estaría esperando a la salida. Jon lo vería desde lo alto de los escalones de la entrada del cine, en la acera de enfrente, con las manos en los bolsillos, charlando con algún otro padre que también había ido a recoger a su hijo. Seguramente su padre le pasó el brazo sobre los hombros y le preguntó qué tal había estado la película, y Jon respondió a media voz: Bien. ¿Nos vamos? Y volvieron juntos a su casa, lo que no supuso ningún alivio.
Sentado en el borde de su cama, miró la estantería, con baldas enteras de libros de animales, entre cuyas páginas ahora se escondían horrores. Se estaba haciendo de noche. Pensó en todas las arañas que había al otro lado de la ventana, en los innumerables recovecos de aquel terreno irregular y frondoso, en las cuevas, en el sótano, en el antiguo gallinero, que ahora su padre usaba como cuarto para las herramientas. Arañas a las que no les costaría nada entrar en la casa y trepar por los cuatro costados de la cama de Jon cuando él estuviera dormido.
Aquella noche no durmió. Dejó encendida la luz hasta el amanecer. Las siguientes noches durmió poco. Se despertaba continuamente e inspeccionaba los alrededores de su cama. Se hizo con un palo que podía usar como garrote y dormía con él debajo de las mantas. Su madre acabó por encontrarlo y le preguntó para qué lo quería. A Jon no le quedó más remedio que confesar su miedo.
Su madre lo escuchó sorprendida. Supongamos que ella tenía un mal día, que estaba atareada, que no se sentía bien, porque contestó con un resoplido desdeñoso.
¿Arañas? Aquí no hay arañas. No hay arañas grandes. Tira ese palo. Déjate de bobadas y a dormir. ¿Desde cuándo tienes tú miedo de las arañas?
Su madre tenía razón, pensó él, y siguió pensándolo mucho tiempo después, años más tarde. Las ilustraciones de arañas en sus libros eran imágenes fijas, aisladas, sin relación con nada, desligadas unas de otras y asimismo del mundo real. Y de las arañas que veía en los alrededores de la casa —pequeñas e inofensivas arañas de jardín— podía decir casi lo mismo, pues en nada influía su existencia en la de él ni en la de nadie más.
Pero en el tráiler de Tarántula no sucedía así. El veterinario del pueblo —interpretado por William Shatner— y la entomóloga —Tiffany Bolling, cantautora, playmate y estrella del cine de serie B— especulan con que un ternero que ha muerto en un rancho cercano ha sido víctima de veneno de araña. A continuación la cámara avanza a ras de suelo, apartando tallos de hierba a su paso, hacia una niña que juega sola en un campo. Unos caballos miran hacia abajo con los ojos desorbitados y se revuelven. Pero cuando creemos que por fin se va a ver a la supuesta araña que se acerca a la niña, el tráiler nos sorprende, corta a un escenario y una situación que guardan similitudes con lo anterior pero que sin embargo son muy diferentes. Ya no estamos en un campo sino en el jardín de una casa. Otra niña se balancea en un columpio colgado de la rama de un árbol, y en el suelo, a escasísima distancia de sus pies calzados con zapatitos blancos, no hay una, sino docenas de tarántulas, que corretean entre la hierba y se amontonan unas sobre otras. Se mantiene lo esencial respecto a la escena anterior, pero la amenaza ha crecido, no solo por el número de arañas, sino por haber penetrado en el ámbito doméstico. A continuación aparecen de nuevo la entomóloga y el veterinario, mucho más preocupados que antes, y ella afirma que las arañas de la zona se han organizado en un ejército agresivo.
Todo se hallaba vinculado entre sí. Cada imagen era causa de la siguiente y entre todas construían el mensaje preciso e insoslayable de que las tarántulas eran desagradables, peligrosas y podían llegar a cualquier parte.
Incluso cuando el título de la película aparecía en mitad del tráiler lo hacía por sorpresa y de manera agresiva: «¡¡Tarántula!!», en caracteres rojos sobre fondo negro, un rótulo animado que se agrandaba y se encogía rápidamente, como si te saltara a la cara, al mismo tiempo que se oía un grito agudo de mujer. La mera palabra causaba miedo.
Para el Jon de siete años, casi ocho, no...




