Bay | Noches en índigo | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 310 Seiten

Reihe: Nights

Bay Noches en índigo


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19301-99-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 310 Seiten

Reihe: Nights

ISBN: 978-84-19301-99-4
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Dylan James no tiene ninguna expectativa en cuanto a las relaciones sentimentales. De las mujeres solo busca sexo sin ataduras y ellas se relacionan con él por su dinero y su poder. Es un intercambio justo, y él se siente cómodo así. Decididamente funciona. Beth Harrison está harta del amor. Está cansada de las mentiras y los juegos que se traen los hombres y ha decidido dedicarse por completo a su pasión, la repostería, que es lo que la protege de que le rompan el corazón. Y más cuando comienza su carrera como repostera televisiva y un nuevo mundo se abre ante ella. Tanto Dylan como Beth saben que el sexo casual consiste en dar lo que necesitas para conseguir lo que quieres. Excepto que a veces das más de lo necesario y obtienes todo lo que siempre quisiste.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Noches en Índigo es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Altas esferas, Alta sociedad, El escándalo, Noches en París, Noches de promesas y Doctor Inalcanzable, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
Bay Noches en índigo jetzt bestellen!

Autoren/Hrsg.


Weitere Infos & Material


2


Beth

Estaba acostumbrada a decirle a la gente que era alcohólica, pero no a extraños con cuerpos de infarto que me ponían la piel de gallina a un palmo de distancia; aun así, me sentía algo eufórica por habérselo soltado al Señor 8A. No me había quedado para ver su reacción, pero, sin duda, lo había dejado con la boca abierta. Me reí para mis adentros y me tumbé en la cama de la habitación.

La rudeza de Dylan James con la tripulación de cabina contrastaba con la forma en que me había dicho que quería hacer que me corriera. Me estremecí. Me había deseado y me había hecho sentir bien aunque nuestra conversación hubiera durado poco tiempo. Quizá, cuando volviera a Londres, debía salir con alguien. Al parecer, esa parte de mí no estaba tan muerta y enterrada como sospechaba.

Me sobresalté cuando sonó el teléfono del hotel. Cogí el auricular desde la cama.

—¿Diga?

—¿Qué llevas puesto?

Me dio un vuelco el corazón al oír la voz del Señor 8A. Era un hombre persistente, insistía incluso después de lo que le había dicho.

—¿Pretendes practicar sexo telefónico? —Fingí arrogancia.

—Si pensara que me vas a seguir el juego, lo haría. —Soltó una risita profunda y sexy que hizo que me entraran ganas de pasarle las manos por el pecho—. Ahora, en serio, ¿por qué has huido de mí? ¿No quieres cenar conmigo?

Me había escapado porque había supuesto que lo que le había soltado ponía fin a cualquier flirteo y no quería quedarme a ver cómo cambiaba de opinión, pero, al parecer, no lo había espantado.

—¿Cenar?

—Sí. Anda, dame el gusto. Al menos, nos ayudará a distraernos unas horas —dijo.

¿Que le diera el gusto? Quería besarlo. Que me besara. Inspiré hondo.

—No ceno con desconocidos —contesté. ¿Podía permitirme conocerlo? Después de todo, cenar con alguien mientras esperaba a que terminara una tormenta de nieve no podía considerarse una cita, sino, más bien, algo fortuito. Y me ayudaría a pasar el tiempo. Además, era el hombre más guapo que había visto en mi vida y me había llamado después de que le hubiera confesado ciertas cosas sobre mí que deberían haberle hecho salir pitando.

—Venga, haz una excepción.

Lo dijo como si fuera sencillo. Como si cenar con un hombre cuando no estaba borracha no fuera para tanto.

—No salgo con nadie —dije.

—Haz una excepción —insistió.

—No pienso acostarme contigo.

Se rio entre dientes.

—Puede que sí, puede que no, pero te prometo que no te presionaré. Y, al fin y al cabo, los dos tenemos que cenar. Podemos irnos a la cama más tarde si eso es lo que quieres.

Lo que quería era tirarle el teléfono a la cabeza. Me parecía demasiado arrogante, pero esa absoluta confianza en sí mismo me atraía en lugar de espantarme, como si esa actitud suya pudiera protegerme del dolor en vez de exponerme a él. Si él estaba tan seguro de todo, quizá yo no tenía por qué no estarlo. Como él decía, solo era una cena. Una cena con alguien a quien no volvería a ver. Podía resultar un desastre, y no pasaría nada. Intenté refrenar la sonrisa que se me formaba en la comisura de los labios.

—¿Solo una cena?

—Por ahora.

Inspiré hondo.

—Vale. —¿Qué tenía que perder…, salvo mi mente, mis sentidos y mi confianza?

—De acuerdo. Ven a mi suite. Habitación 2035.

Colgó.

Podía haber aceptado cenar con él, pero no había pensado que fuera en su habitación.

Qué presuntuoso por su parte. Obviamente, me parecía atractivo, pero eso no significaba que fuera a hacer nada al respecto. No, de ninguna manera iba a subir a su suite. Pedir un sándwich vegetal y ver American Idol en mi habitación era un plan perfecto.

Volví a colocar el receptor en el soporte, me desplomé en la cama y cogí el mando a distancia.

Le había creído cuando me había dicho que no iba a presionarme para que mantuviera relaciones sexuales con él: su ego no iba a permitírselo. Era la clase de hombre que no perdía el control ni cometía errores, como ya había pensado. A lo mejor lo de ir a su suite era pura conveniencia. Era un lugar más íntimo, y no tenía que ver cómo las camareras coqueteaban con él.

Sin embargo, yo no iba a subir.

Al mismo tiempo, y por primera vez en años, quería estar con un hombre. Podía subir a tomar una copa y quedarme diez minutos. Probar el agua con la punta del pie, figuradamente, y luego marcharme, ¿verdad?

Saqué el estuche de maquillaje del equipaje de mano, me volví a aplicar el pintalabios rojo en el que él se había fijado y subí a la planta veinte.

El corazón me latía con fuerza al llamar a su puerta. ¿De verdad estaba a punto de hacerlo?

Solo me quedaría diez minutos.

Eso sería todo.

Se abrió la puerta y Dylan se plantó delante de mí con el pelo algo más despeinado que en el avión. Ya no llevaba la corbata ni la chaqueta y se había desabrochado los botones de arriba de la camisa. El impávido Señor 8A se había relajado. No me dijo nada y yo repasé los posibles saludos con los que llenar el silencio antes de que extendiera la mano y me pasara el pulgar por el pómulo. Me ardió la piel en el punto en el que me había acariciado. Se acercó un paso más, hasta que nuestros cuerpos casi se tocaron y la puerta se cerró tras él, dejándonos a los dos en el pasillo.

—¿Hola? —susurró como si no se hubiera dado cuenta de que nos habíamos quedado fuera.

Di un paso atrás. Tenerlo tan cerca me había dejado sin palabras. Había esperado que intentara algo, pero solo después de un primer contacto: de tomar una copa, de cenar, de flirtear o, incluso, de mantener una conversación. Sin embargo, me puso la mano en la parte baja de la espalda y me estrechó contra él. Jadeé y tuve que agarrarme a sus antebrazos para no perder el equilibrio. Extendí los dedos y sentí los firmes músculos bajo su camisa. Su cuerpo era duro y estaba en tensión cuando me amoldé a él.

—Mírame. Puedo adivinar cómo eres a través de tus preciosos ojos y quiero ver todo lo que te haga esta noche reflejado en ellos.

Un latido cobró fuerza entre mis muslos.

—¿No has oído lo que te he dicho antes…? —¿Había olvidado que le había confesado que no había mantenido relaciones sexuales estando sobria? ¿Que no lo había hecho nunca? Ni siquiera recordaba haber besado a alguien desde el instituto sin haber bebido antes.

—He oído todo lo que has dicho. —Me levantó la barbilla, obligándome a mirarlo. Se echó hacia delante y me besó—. Ese pintalabios me está volviendo loco —gruñó, y volvió a besarme, esa vez con más fuerza. Me separó los labios con los suyos y se me cortó la respiración al sentir que me rozaba el superior con la lengua. Dios, cada movimiento creaba en mi interior unas ondas de choque que me recorrían el cuerpo y me encendían, como si fuera el monstruo de Frankenstein y me estuvieran reanimando por primera vez.

Deslizó las manos por mi espalda y me temblaron las rodillas, inestables ante su contacto. Me agarró antes de que me cayera, rodeándome la cintura con el brazo.

—Oh, nena, si te gusta lo que acabo de hacer con la lengua, estoy deseando enseñarte de qué más soy capaz.

El latido entre mis muslos se hizo más fuerte.

Al aceptar cenar con él, ¿había aceptado desnudarme y acostarme con él? Y si era así, ¿había algo malo en ello? Lo de probar el agua podía ser un baño rápido. Mi cuñada lo llamaba «hacer una cata» antes de conocer al hombre perfecto. No iba a volver a ver al Señor 8A después de esa noche. Tal vez fuera lo que necesitaba para descubrir lo que me gustaba estando sobria, y deshacerme de aquella especie virginidad inducida por la falta de alcohol, que tanto me avergonzaba, antes de empezar a tener citas propiamente dichas.

Me besó en la frente.

—Pasa. He encargado la cena, y no te preocupes, no follaremos hasta que necesites hacerlo.

¿Necesitarlo? Negué con la cabeza. Estaba muy seguro de sí mismo, pero tampoco podía poner la mano en el fuego por que se equivocara.

La puerta debía de estar entreabierta, porque la empujó y me guio al interior.

La suite era enorme, con una zona de estar a un lado, donde había dos grandes sofás blancos enfrentados, y un comedor al otro. Me envolvieron la iluminación, tenue e íntima, y la música, que sonaba suavemente de fondo.

—Vamos a cenar. —Me cogió de la mano y me llevó a la mesa. Había varias fuentes con cubreplatos de plata repartidos por una mesa para seis comensales. Movió una silla, se sentó y tiró de mí para ponerme en su regazo.

—He pedido por los dos.

Levantó la tapa de la fuente más cercana y dejó al descubierto una enorme porción de tarta de chocolate cubierta de nata montada.

—¿Tarta? —Lo miré mientras me ofrecía un trozo.

—Te gusta, ¿verdad?

¿Si me gustaba? Podía desayunar, comer y cenar dulce.

—Claro.

—He pensado que podemos empezar por esto y luego decidir cómo queremos continuar. Después de todo, esta noche lo más importante es el placer. —Me acercó el tenedor a la boca otra vez—. Ábrela bien… —Volví a notar el latido entre mis muslos cuando separé los labios.

La tarta estaba deliciosa y, obviamente, era casera.

—¿Qué te parece?

Abrí los ojos. Tenía tendencia...



Ihre Fragen, Wünsche oder Anmerkungen
Vorname*
Nachname*
Ihre E-Mail-Adresse*
Kundennr.
Ihre Nachricht*
Lediglich mit * gekennzeichnete Felder sind Pflichtfelder.
Wenn Sie die im Kontaktformular eingegebenen Daten durch Klick auf den nachfolgenden Button übersenden, erklären Sie sich damit einverstanden, dass wir Ihr Angaben für die Beantwortung Ihrer Anfrage verwenden. Selbstverständlich werden Ihre Daten vertraulich behandelt und nicht an Dritte weitergegeben. Sie können der Verwendung Ihrer Daten jederzeit widersprechen. Das Datenhandling bei Sack Fachmedien erklären wir Ihnen in unserer Datenschutzerklärung.