Bay | Doctor Soltero | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 5, 305 Seiten

Reihe: Doctors

Bay Doctor Soltero


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10070-22-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 5, 305 Seiten

Reihe: Doctors

ISBN: 978-84-10070-22-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cuando la mujer con la que tuve una aventura de una noche me anuncia que acabo de ser padre, mi mundo se viene abajo. Tengo que elegir entre ser padre soltero de una recién nacida o firmar los papeles para que alguien la adopte, y la decisión es fácil: tras apenas unas horas cojo un avión para ir a buscar a mi hija. El problema es que apenas soy capaz de distinguir la cabeza de los pies de un bebé, y esta situación me supera, pero tengo un plan: voy a contratar a una niñera, a ocuparme lo mínimo posible de la niña y a seguir con mi vida. Por fin encuentro una niñera que está a la altura de mis exigencias, pero todo se complica porque, cuando la miro, el futuro que creía desear empieza a desmoronarse. Nada en mi vida va según lo previsto, y la máquina de ensuciar pañales que tengo en los brazos se ha abierto camino inesperadamente hasta mi corazón. Mi vida era ordenada y lógica hasta que me encontré con dos compañeras de piso y me empecé a enamorar de las dos.

Louise Bay adora la lluvia, Londres, los días en los que no tiene que maquillarse, disfrutar de tiempo a solas, estar con sus amigos, los elefantes y el champán. Todas sus novelas son auténticos best sellers. Doctor Soltero es la última novela de la autora en Phoebe, después del éxito conseguido con Una semana en Nueva York, Altas esferas, Alta sociedad, El escándalo, Noches en París, Noches de promesas, Noches en Índigo, Doctor Inalcanzable, Doctor Perfecto, Doctor Jefe y Doctor Prometido, con la serie Mister (Mister Mayfair, Mister Knightsbridge, Mister Smithfield, Mister Park Lane, Mister Bloomsbury y Mister Notting Hill), además de la serie The Royals (El rey de Wall Street, El príncipe de Park Avenue, El duque de Manhattan, El caballero inglés y El aristócrata de Londres) y la bilogía The Gentlemen (El caballero implacable y El caballero equivocado).
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2


Dax

Marco el número de Vincent y contesta al instante.

—Necesito que me prestes tu jet. Tengo que volar a Washington —digo.

—Encantado de tener noticias tuyas, Dax. ¿Qué tal estás? ¿Cómo va todo? ¿Qué tal el trabajo? —se burla. Es bueno saber que algunas cosas no cambian, ni siquiera cuando mi mundo está patas arriba.

—¿Está disponible? —pregunto, ignorándolo.

—¿Lo quieres ya? Ni siquiera ha amanecido.

—Sí. ¿Puede ser? —A lo mejor debería haber buscado antes un vuelo comercial y así me habría evitado las preguntas de Vincent.

—¿Pasa algo? ¿Se ha muerto alguien? —dice como si nada.

—¿Está disponible el jet o no? —insisto—. Es lo único que quiero saber. Si no lo está, déjame que cuelgue para buscar una alternativa. —Nunca he alquilado un jet, pero no puede ser tan difícil. Compruebo la hora: las seis menos cinco. Hasta dentro de un par de horas no habrá nada abierto.

—No tengo ni idea. Ahora mismo no lo estoy usando, pero el piloto…

Vincent me deja en espera; mientras, yo me pregunto cómo voy a traer a la bebé al Reino Unido sin pasaporte. Y sin pañales. Joder. ¿En qué más no he pensado? Mis planes no han ido más allá de: uno, traer al bebé; dos, contratar a una niñera; tres, seguir con mi vida.

No sé si ha sido mi educación, algo en mi código genético o el instinto lo que me ha hecho decirle a Kelly que cancelara la adopción. En cualquier caso, la decisión ya está tomada. No puedo eludir mis responsabilidades. Participé en la concepción de la niña, y ahora es mi deber participar en su vida; es mi deber ir a buscarla y asegurarme de que esté bien cuidada.

—El avión está en el aeropuerto de la ciudad. Estará listo en treinta minutos —anuncia Vincent, arrancándome del tortuoso sendero de mis pensamientos.

—¿De verdad?

—Escucha, no sé qué coño está pasando, pero quiero ayudar. ¿Necesitas que te lleve al aeropuerto?

—Puedo coger un taxi. —Guardo el pasaporte en el cajón de mi escritorio, así que ni siquiera tengo que pasar por casa.

—¿Quieres un compañero de viaje?

—¿Qué?

—Tengo un rato libre y puedo estar en la ciudad dentro de una hora para viajar contigo.

—Sí, estaría bien —digo, asintiendo. Me aseguro de que las piernas van a responderme y regreso al vestíbulo del hospital, donde hay una tienda abierta las veinticuatro horas con una variedad de artículos sorprendente, que va desde hilo dental hasta zapatillas. Es justo lo que necesito, ya que estoy a punto de volar a Estados Unidos para recoger a mi hija.

—¿Necesitas algo más?

Casi le pregunto si tiene pañales y ropa de bebé, pero eso daría lugar a más interrogantes que respuestas. Puedo comprar lo que haga falta cuando lleguemos. ¿Qué necesita un recién nacido para un rápido viaje transatlántico a las cuarenta y ocho horas de venir al mundo?

—De momento no.

—Te veré en una hora.

No me ha preguntado ni una sola vez para qué necesito el jet, y se lo agradezco más de lo que podría imaginar.

La auxiliar de vuelo nos ofrece una copa de champán como si fuera algo de lo más razonable antes de las ocho de la mañana. Vincent y Jacob sacuden la cabeza sin apartar la vista de mí. No han dejado de mirarme desde que subimos al avión.

—No, gracias —respondo, intentando esbozar una sonrisa.

—Vale, ya tengo claro que algo va mal —comenta Jacob, señalándome con el dedo—. Acabas de fingir una sonrisa, y me he quedado loco. Rara vez sonríes, pero nunca finges hacerlo, por nada del mundo. ¿Qué coño pasa?

Tiene razón. Intento actuar con normalidad, aunque todo esto es cualquier cosa menos normal. Los nervios me atenazan las entrañas, como si supiera que mi vida está a punto de cambiar y no estuviera preparado. No es porque piense que decidir quedarme con la niña ha sido un error, pero no estoy muy seguro de cuáles van a ser las consecuencias. Si me hubieran avisado con tiempo, habría podido contratar a una niñera para que viniera con nosotros a buscar a la bebé y todo habría ido bien. Pero lo más probable es que tenga que ocuparme personalmente de ella, al menos hasta que regrese al Reino Unido, y no sé ni por dónde empezar.

Saco el móvil para buscar «Cómo cuidar de un recién nacido». Comida, cuna, pañales… No puede haber mucho más, ¿no?

—Dax, ¿me has escuchado? —pregunta Jacob—. ¿Qué pasa? ¿Por qué nos vamos los tres a Estados Unidos, cuando esperaba tirarme a comer cereales en pijama porque tengo dos días libres seguidos? —Su voz suena como la de un adolescente quejica, como cuando Nathan le ganaba al futbolín.

Vincent le da unas palmaditas en el brazo para tranquilizarlo.

—No sé por qué estás aquí —respondo, deslizando el dedo por la pantalla del teléfono, sin tener claro qué debo buscar primero—. No te he pedido que vinieras.

—Se ha ofrecido —aclara Vincent—. Queremos ayudarte con… lo que quiera que pase.

—No necesito ayuda.

—Sí, suele ser así —replica Vincent—. Por lo general eres Don Autosuficiente, Don Lo Tengo Controlado, Don No Os Necesito, Plebeyos. Pero hoy me has llamado antes de las seis para pedirme prestado el jet. —Aparto la vista de la pantalla y encuentro su mirada. Él levanta las manos en señal de rendición—. No pasa nada, mi avión es tuyo, pero es que jamás me has pedido nada. Nunca. Jamás haces nada sin planearlo con todo detalle, y de pronto viajas a Estados Unidos sin planificarlo y pides favores del tamaño de un jet.

—Es bastante raro —concluye Jacob, con un tono más sereno.

Me encojo de hombros, tratando de concentrarme en el móvil.

—Hoy no es un día como otro cualquiera. —Se hace un silencio—. Normalmente, no recibo una llamada para anunciarme que soy padre. —Por fin levanto la vista y me encuentro a Jacob y Vincent mirándome alucinados. Vincent está boquiabierto, y hay un treinta y dos por ciento de probabilidades de que a Jacob se le salgan los ojos de las órbitas.

—¿Te importaría extenderte un poco? —pide Vincent.

Dejo el teléfono sobre la mesa que tengo delante y les cuento lo que sé, que no es mucho.

—Nunca has querido tener hijos —comenta Jacob—. ¿Estás seguro de que has tomado la decisión correcta?

Cuando tenía dieciséis años e intentaba decidir en qué área de la medicina especializarme mi padre me dio un consejo; yo quería empezar a buscar universidad, pero él me dijo que, si me costaba decidirme, debía elegir algo y no decírselo a nadie ni dar ningún paso para hacer firme esa opción. Al día siguiente, hora arriba o abajo, debía probar esa decisión como si fuera un par de zapatos nuevos. ¿Me queda bien? ¿Cómo me siento? ¿Me arrepiento de algo?

No he tenido ni una hora, y mucho menos veinticuatro, para probar mi decisión de cancelar el proceso de adopción, pero sé que estoy haciendo lo correcto. No ha sido fácil, pero tampoco difícil, y sé en el fondo de mi corazón que es lo que debía hacer.

—Lo único que sé es que no podría dejar que una hija mía tuviera a otro como padre. Esto es mi responsabilidad.

—Ella —murmura Jacob.

—¿Ella qué?

—Ella es tu responsabilidad, no «esto».

Vale, sí, ella. Una persona en concreto. Asiento con brusquedad para aceptar la corrección, pero no añado nada más.

—Voy a portarme como un gilipollas un segundo —dice Vincent—, ¿pero has comprobado que…?

—He pedido al hospital que le tomen una muestra de sangre y yo haré lo propio cuando llegue, pero, vamos, chicos, Kelly ni siquiera iba a decírmelo. Sería absurdo que me mintiera en esto. Si ni siquiera me ha pedido apoyo financiero… Está claro que me llamó porque no le quedaba otra opción.

—Tienes razón —acepta Jacob—. ¿Y qué pasará cuando lleves a la niña a Londres? ¿Cómo podemos echarte una mano entonces? Somos tus hermanos, Dax. Puedes pedir ayuda, ya lo sabes.

—Tengo que conseguir una niñera que se encargue de todo. No debería ser muy complicado.

—Vale —resopla Jacob—, así que pretendes retomar tu vida como si nada cuando estés en casa.

Me encojo de hombros, un poco a la defensiva.

—Sí. Más o menos. Tendré que convertir una de las dos estancias libres que tengo en una habitación infantil, pero…

—¿No vas a mudarte? —interrumpe Vincent.

—Puedo ir andando al trabajo… ¿Por qué iba a mudarme?

—Para tener más sitio. ¿La niñera va a vivir en tu casa?

No lo había pensado. Está claro que la niñera tendrá que vivir con nosotros, e imagino que no puede compartir habitación con la niña, así que el tercer y último dormitorio tendrá que ser para ella, pero eso me dejará sin despacho. Quizá debería pensar en comprarme un piso más grande.

—La niña medirá como mucho un palmo y medio —respondo—. No va a necesitar mucho sitio.

—Va a necesitar muchas más cosas de las que crees —replica Vincent—. Para empezar, un nombre.

—Ya lo sé —digo, aunque ni se me había pasado por la cabeza. Ponerle nombre a una hija no aparecía en ninguna de las listas de lo que necesita un recién nacido que llevo ojeando desde que embarcamos.

—Tal vez deberías ponerle un nombre que empiece por de —sugiere Jacob—. Para que haga juego con el tuyo.

Me...



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