E-Book, Spanisch, Band 209, 372 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
Bateman Titanic 2020
1. Auflage 2011
ISBN: 978-84-9841-606-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 209, 372 Seiten
Reihe: Las Tres Edades
ISBN: 978-84-9841-606-0
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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Colin Bateman (Co. Down, Irlanda del Norte, 1962) comenzó a trabajar en el County Down Spectator primero como periodista y luego como editor. Su primera novela se publicó en 1995 y desde entonces ha escrito 20 novelas para adultos, jóvenes y niños. Algunas han sido llevadas a la pantalla con gran éxito de público. Actualmente trabaja como jefe de redacción de televisión y sigue escribiendo.
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PRÓLOGO
Ésta es la parte que viene antes de que empiece de verdad la historia –es decir, antes del – y que de alguna manera ayuda a explicar qué hacía Jimmy Armstrong viajando de polizón en el nuevo . Es bastante emocionante, aunque no tanto como el resto – con todo lo de , y –, pero merece la pena leerlo para comprender que en realidad no estaba allí por gusto y que, por una vez, sólo estaba intentando hacer algo bien.
Era el año 2020 y las cosas no habían cambiado demasiado. A veces, Jimmy Armstrong estaba hasta la coronilla de oír hablar del . Parecía que fuera él quien hubiera viajado a bordo del barco o algo así, en lugar de aquel viejo antepasado mohoso que se había hundido con ese trasto cutre. Sin embargo, le gustara o no, Jimmy Armstrong estaba condenado a que el estuviera muy presente en su vida. Su abuelo siempre estaba hablando del , sus padres siempre estaban hablando del y, como habían empezado a construir un al lado de su colegio –y se veía cómo iba tomando forma, día tras día, ya que era tan grande como una ciudad–, todos sus profesores y la mayoría de sus compañeros también estaban siempre hablando del .
Ahora, como algo especial, estaban a punto de hacer una visita guiada por el nuevo 1.
Había treinta y ocho chicos y chicas del colegio de secundaria East Belfast subidos a un autobús diseñado sólo para la mitad. Estaban apretujados en los asientos, de pie en el pasillo, empujándose, gritando, pellizcándose, dándose puñetazos e insultándose mientras se asaban de calor en aquella sofocante mañana de junio. Querían bajar del autobús, pero el conductor, el rechoncho Sr. Carmichael, no pensaba dejarles hasta que el profesor a cargo del grupo, el Sr. McDowell, le diera luz verde. Y éste no parecía tener ninguna prisa, quizá porque él ya estaba en el muelle, disfrutando de la fresca brisa marina mientras hablaba de la visita con el guía que les había proporcionado la White Star International, la empresa propietaria del .
Por fin, las puertas se abrieron y el Sr. McDowell fue recibido con un aplauso lleno de sarcasmo.
–Vale, vale –dijo–, silencio. Ahora, por favor, bajad todos sin alborotar y poneos en dos filas bien ordenadas...
El Sr. McDowell estuvo a punto de ser aplastado en la estampida que tuvo lugar a continuación. Pidió orden a gritos, pero no le hicieron ni caso. El guía de la White Star los miró con aprensión. La idea de invitar a los alumnos del colegio de la zona había sido suya. Se le había ocurrido que sería una buena forma de hacer publicidad, pero ya no estaba tan seguro.
El Sr. McDowell agitó las manos en el aire.
–Venga, ya vale..., un poco de tranquilidad...
Jimmy recibió una colleja de alguien que estaba detrás de él.
–¡Ay!
–¡Armstrong! –dijo bruscamente el Sr. McDowell–, ¡estate quieto ahora mismo!
–¡Yo no he sido, profesor!
–¡Silencio!
Jimmy se volvió y lanzó una mirada asesina a su amigo Gary, que se rió por lo bajo.
–Bueno, vamos a ver: el Sr. Webster ha tenido la amabilidad de aceptar ser nuestro guía...
–¡Ay! –gritó Jimmy dándose la vuelta–. Para ya o te juro que te...
–¡Armstrong! ¡No pienso volver a repetírtelo!
–Profesor, es que...
–Armstrong, te lo advierto: una palabra más y te vuelves derecho al autobús.
–Ésta me la pagas... –refunfuñó Jimmy con disimulo.
El Sr. Webster, un hombre con la cara colorada y con una incipiente calvicie, levantó una mano cuando los alumnos empezaron a acercarse a la plancha de carga y descarga.
–Bien, aunque para nosotros es un enorme placer teneros a bordo, debo advertiros que estamos dando los últimos retoques al barco, por lo que todavía se considera que es una zona en obras. Tengo que insistir muchísimo en lo importante que es que os mantengáis unidos al grupo, que no os alejéis, que no...
–¡Ay!
Esta vez, Jimmy no pudo controlarse: se dio la vuelta y golpeó a Gary con fuerza. Gary dio un grito de dolor y se llevó rápidamente la mano a la nariz, para impedir en vano que la sangre empezase a salir.
–¡Te he avisado! –gritó Jimmy furioso–. No digas que no...
Pero antes de que pudiera terminar la frase, alguien le agarró de la chaqueta por detrás y le arrastró hasta ponerle delante de sus compañeros.
El Sr. McDowell, mucho más alto que él, tenía la cara roja.
–¡Armstrong, ya me he cansado de ti!
–¡Yo no he sido, profesor!
–¿No le has dado un puñetazo a Higgins?
–Sí, ¡pero él me estaba pegando!
–La culpa siempre es de otro, ¿verdad, Armstrong?
–No, profesor... Sí, profesor, pero es que él me estaba...
–Eres un gamberro, Armstrong. Siempre lo has sido y siempre lo serás... Ahora vuelve al autobús.
–Pero profesor...
–¡Vuelve al autobús! ¡No voy a permitir que le estropees el día a todo el mundo! Ya has hecho quedar mal a tus compañeros y al colegio. Si dejo que vengas, ¡seguro que nos hundes el barco! ¡Vamos, sube al autobús!
Jimmy estaba que echaba chispas. Odiaba a Gary Higgins, odiaba al Sr. McDowell, odiaba al Sr. Webster y, ahora que lo pensaba, también odiaba el .
Una hora más tarde, todavía no había ni rastro de sus compañeros. El conductor del autobús, el Sr. Carmichael, sintió lástima de él, se levantó de su asiento y, moviendo su considerable mole, avanzó lentamente por el pasillo.
–He pensado que quizá querrías compañía –dijo mientras se apretujaba en el asiento de enfrente.
Jimmy le miró de arriba abajo.
–No, gracias.
Carmichael siguió como si no le hubiera oído.
–¿Has visto esto?
Tenía en la mano un folleto en color, con una foto del nuevo en la portada.
–Me lo han dado para que lo leyera. Vienen todos los datos y las cifras. Todos los años voy a cientos de sitios con colegios como el tuyo, pero lo único que me dan son los folletos. Siempre me toca quedarme en el autobús –empezó a pasar las hojas–. De todos modos, he pensado que igual te interesaba.
–No.
–Por ejemplo, cuánto ha costado ese enorme trasto... Aquí pone que seiscientos millones de dólares.
–No me interesa.
–Pesa ciento cuarenta y dos mil toneladas.
–Me da igual.
–Tiene un helipuerto, una pista de patinaje sobre hielo y un cine.
–Qué aburrimiento.
–Tiene quince cubiertas.
–Me duermo...
–Mil trescientos tripulantes...
–Voy a empezar a roncar.
–... y son de sesenta y cinco países diferentes. Cuando el barco llegue a Miami, se subirán dos mil pasajeros...
–¿Puedes callarte? –dijo Jimmy bruscamente–. Por favor.
–Y luego está toda la comida. Los pasajeros consumirán veintiocho mil huevos a la semana. Imagínate.
–¡Me da lo mismo! Por favor, cierra tu enorme bocaza.
Carmichael se quedó mirándole unos instantes con los ojos entrecerrados. Después dijo:
–Y se van a comer dieciocho mil porciones de pizza. Y cinco mil quinientos kilos de pollo...
–¡Por el amor de Dios!
Jimmy se levantó de su asiento de un salto y avanzó por el pasillo a toda velocidad. A Carmichael le pilló por sorpresa y tardó unos instantes en levantarse de su propio asiento y seguirle.
Jimmy se quedó observando el tablero de mandos del autobús, intentando averiguar con qué botón se accionaban las puertas. Sólo quería sentarse al borde del muelle y respirar un poco de agradable brisa fresca. Pero el autobús estaba viejo y destartalado y hacía mucho que los símbolos de los botones, palancas e interruptores se habían borrado.
–¡Apártate de los mandos! –gritó Carmichael mientras caminaba pesadamente por el pasillo–. ¡No toques eso...!
Pero ya era demasiado tarde. En lugar de jugársela a un solo botón, Jimmy los apretó todos. Se dio la vuelta, convencido de que las puertas iban a abrirse y entonces podría salir del autobús.
Jimmy Armstrong no era conocido como Jimmy Armstrong por los profesores del colegio East Belfast. Era más habitual que se refirieran a él como «ese condenado chaval», «el idiota de Armstrong» o, simplemente, como «lo peor». Como en «Me temo lo peor».
En ocasiones, sin embargo, era algo recíproco. Esta vez, por ejemplo, cuando Jimmy vio que se abrían las puertas de vaivén del fondo del pasillo y aparecía el director, flanqueado por dos agentes de policía y seguido por Carmichael, el conductor del autobús, y por su profesor, el Sr. McDowell, él también pudo pensar: «Me temo lo peor». El conductor estaba...




