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E-Book, Spanisch, 261 Seiten

Barbero Mujeres atenienses


1. Auflage 2025
ISBN: 978-607-16-8857-6
Verlag: Fondo de Cultura Económica
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 261 Seiten

ISBN: 978-607-16-8857-6
Verlag: Fondo de Cultura Económica
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En la Atenas del 411 a. C., Trasilio y Polemón, dos viejos amigos veteranos de guerra, pasan sus últimos días hablando de política, mientras buscan al mejor marido para sus respectivas hijas, Glicera y Caris. Los atenienses inventaron la democracia y ahora deben defenderla: los ricos conspiran para instaurar la tiranía y el pueblo muestra su recelo a los ciudadanos acaudalados. Sin embargo, las jóvenes no comparten el punto de vista de la plebe; para ellas, el joven Cimón, rico, elegante y engreído, es el objeto de sus sueños secretos. Así, cuando Glicera y Caris rompen las reglas de esa sociedad patriarcal al entrar en casa del joven, lejos de los severos ojos de sus padres, se desata en todo el pueblo un drama de siniestra actualidad, que deja expuestas la intensa lucha de clases y la persistente prepotencia de los hombres contra las mujeres.

Alessandro Barbero (Turín, 1959) es un prolífico historiador, comentarista cultural y docente especializado en historia medieval y militar. En 1996 ganó el Premio Strega con su novela histórica Diario de Mr. Pyle. Venturas y desventuras de un gentilhombre americano en las guerras napoleónicas.
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1


 
 
HAN PASADO siete años. Estamos en el campo, apenas fuera de la muralla de Atenas, y es invierno. Se deben imaginar los campos yermos, los olivos sarmentosos, los higos sin hojas, y dos pequeñas casas, una cerca de la otra, con las puertas cerradas y el humo saliendo por el agujero en el techo. Aquí viven los dos viejos, Trasilo y Polemón. Al final ambos salieron bien librados, aunque Trasilo perdió el uso de un brazo y su amigo tiene una cicatriz en la cara que le atraviesa la boca. Envejecieron rapidísimo en estos años, después de una vida partiéndose el lomo en los campos, con las preocupaciones de la guerra que no termina nunca, y las tristezas en la familia: los dos quedaron viudos. Sólo les quedó una alegría, las hijas; cada cual tiene una, Trasilo tiene a Glicera y Polemón a Caris, y ya las dos muchachas están en edad de esposarse. Muchas veces se dijeron: ¡Qué lástima que alguno de nosotros no tenga un varón! Se casarían y estaríamos acomodados para siempre. En cambio, habrá que buscar a unos yernos que se las lleven, y ninguno de los dos tiene muchas ganas de pensar en ello.

Ah, me olvidaba. La otra casa que se alcanza a ver al fondo del camino, esa grande, con la valla y la reja, medio oculta entre los olivos, pertenece a otro ateniense, pero no a un hombre pobre como nuestros Trasilo y Polemón. Él es uno de los “poderosos”, un rico que vive en la ciudad y viene al campo sólo a supervisar los trabajos: Eubulo. Y él sí que tiene un hijo varón, Cimón. Éste sí sería un buen partido, pero es una aspiración inalcanzable: Glicera y Caris son demasiado pobres para él. En los últimos años estos viejos han tenido que vender parte de su tierra y ya tampoco tienen esclavos: la guerra está arruinando a todos, a pesar de que los políticos siguen prometiendo que las cosas mejorarán pronto, y el pueblo los sigue votando, creyéndoles todas sus promesas.

Listo, me parece haber dicho todo, ahora puedo comenzar nuestra historia. ¡Atención, la puerta de Polemón se está abriendo…!

 
Caris se asomó a la puerta, olisqueó el aire y tuvo un escalofrío. El cielo estaba gris y bajo, y todo lo que se alcanzaba a ver estaba húmedo: había llovido en la noche. La muchacha se envolvió más estrechamente en su himatión* y salió en medio del lodo. Sobre su cabeza sostenía en equilibrio un cántaro vacío. Como todas las mañanas, acometió, con los pies descalzos, los diez minutos de camino que separaban su casa de la fuente. Era una fuente rústica, cavada directamente en la roca, pero el agua salía de una cabeza de león de bronce. Mucho tiempo atrás había estado el león entero, que sostenía entre sus zarpas una pila de lavado, pero el año en que Caris nació los espartanos invadieron Atenas y, cuando llegaron hasta esa zona, además de cercenar las vides y los olivos se habían llevado el león de bronce. Caris recordaba muy bien que cuando era niña ya no existía la fuente, sólo había un hilo de agua que manaba de la roca. Después la comunidad decidió reconstruirla y los habitantes habían cooperado para ello, pero se reunió poco dinero y sólo pudieron instalar la cabeza del león, de cuya garganta asomaba una caña por donde brotaba el agua.

En la fuente un grupo de mujeres perdía el tiempo charlando, mientras esperaban que se llenaran las ánforas. La mayor parte eran esclavas, y Caris sólo las conocía de vista; la única con la que tenía un poco más de amistad era con Moca, la esclava tracia de la casa de Eubulo. Caris se acercó a dejar su cántaro en el suelo, al lado del suyo. Moca era una mujer madura y, según los vecinos, tenía una lengua muy larga; también decían que sabía algunos encantamientos usados entre su gente, y que estaba dispuesta a dar demostración de ellos a cambio de algo de dinero, pero Caris, cuando había oído a los adultos hablar de ello y burlarse, nunca había entendido de qué se trataba realmente.

—¡Vaya día! —comentó la tracia, señalando hacia el cielo que amenazaba lluvia.

—Y que lo digas —asintió Caris—. Mi padre se levanta esta mañana, mira afuera, ve llover y, ¡oh, bendición de los dioses! Se puso muy contento. Yo, por mí, me la ahorraría.

—¿Hoy trabajan fuera?

—Ha decidido empezar a desbrozar la vid. Justo hoy, ¿te parece a ti normal? Dice que ya está retrasado —le comunicó Caris, resignada. En un día como ése ella se quedaría gustosa en su casa calentándose en el fuego; pero los viejos quieren hacer todo a su modo, y en la familia no se discute, sólo se obedece.

—Mira, ahí viene tu vecina —anunció Moca. Caris se giró. Glicera llegaba un poco agitada, el cabello despeinado se le asomaba en mechones de la pañoleta, y sostenía con una mano el cántaro en equilibrio sobre la cabeza.

—¡Vaya día! —dijo lo primero, mientras posaba en el suelo el ánfora. Las otras rieron.

—¿Te levantaste tarde? —preguntó Caris.

—Ni me lo mencionen. Mi padre estuvo dando vueltas toda la noche con el frenesí de ir al viñedo. Es tiempo del desbroce y no puede pensar en otra cosa.

Moca rio.

—Bueno, pues de verdad es cierto, son tal para cual —Moca sabía mal el griego, pero los proverbios se los había aprendido todos.

—Cuidado que te oigan, eh, y mi padre te manda a azotar —exclamó Glicera, pero reía.

Entre tanto le había llegado el turno a Moca, y luego a Caris. Una vez llenas sus ánforas, se quedaron a esperar a que pasara Glicera. Las mujeres que habían llegado primero retomaban el camino de regreso todas juntas, silenciosas bajo el peso de los cántaros.

—¿Regresamos? —dijo Glicera cuando su ánfora estuvo llena.

—Sí, vamos —consintieron las otras, sin entusiasmo. Tuvieron que arrodillarse para poder ponerse los cántaros en la cabeza, luego se levantaron, tambaleándose.

—En casa hoy tenemos trabajo doble —dijo Moca después de un rato—. El hijo del patrón viene a ver un semental nuevo, comerá aquí con sus amigos.

—¡Se acabó la buena vida! —bromeó Glicera.

—¡Qué quieres, de vez en cuando nos toca! —masculló la tracia—. Ya somos bastante afortunados de que el amo viejo duerma casi siempre en la ciudad.

Siguieron bromeando hasta que Moca desapareció por el camino bordeado de olivos que llevaba a la propiedad de Eubulo. Glicera y Caris retomaron su camino. Allí el lodo, menos pisoteado, era más profundo, los pies descalzos se hundían hasta los tobillos.

—¿Y tú no estás cansada de trabajar como esclava? —dijo de repente Glicera.

Caris, abrumada bajo el peso del ánfora, le lanzó una mirada desconcertada. ¡Qué diablos decía Glicera!, trabajar es el destino de los humanos, su padre se lo decía siempre: “Si no tienes ganas de trabajar, hubieras nacido entre los dioses”.

Alguna vez, a decir verdad, Caris había replicado que los ricos no trabajaban. Su padre había puesto una cara extraña. “Si el pueblo abriera los ojos, ten por seguro que también ellos trabajarían”, había murmurado. A Caris los sermones de su padre no le interesaban mucho y lo había dejado de escuchar.

Glicera, sin embargo, insistía, se notaba que estaba siguiendo el hilo de un pensamiento propio. De las dos, siempre había sido ella la que hacía las preguntas. Cuando sus cuerpos de niñas habían empezado a cambiar, había sido ella la que en alguna ocasión le había pedido a Caris que le dejara tocar esos senos que le habían brotado en el pecho y que ella tocara los suyos. Lo hicieron dos o tres veces, en un sótano, en la oscuridad.

—No, lo digo en serio. Yo no nací para llevar esta vida, y tampoco tú —concedió Glicera.

—¿Y qué quieres hacer? —objetó la otra.

—¿Quieres que te lo diga? Quiero casarme con un hombre que ya no me haga trabajar como una bestia de carga.

—¡Sería hermoso! —rio Caris—. Casarse con un caballero. Y en casa, dar nosotras las órdenes a las esclavas.

Continuaron soñando todavía un tramo, mientras chapoteaban en el lodo.

—¿Alguna vez has hablado con tu padre sobre el día en que te cases? —preguntó finalmente Caris.

Glicera negó con la cabeza.

—Lo intenté, pero no hay manera. Ya sabes cómo es. Dice que llegado el momento lo pensará.

Ambas callaron, absortas. Llegado el momento… ¿y eso cuándo será? Hombres de la edad apropiada no había muchos en la ciudad, con todos los jóvenes que habían muerto en la guerra, especialmente durante la aborrecible expedición a Sicilia, a la que tres años atrás había partido una flota entera y nunca había regresado. Y todavía ahora muchísimos servían en el frente y en la flota. Y en el ínterin las jóvenes que se habían quedado en casa habían crecido —y la juventud se marchita rápido…

A sus espaldas retumbó un relincho formidable. Glicera y Caris se detuvieron, aturdidas. Le sucedió otro relincho, y otro, tan desesperados que parecía que estuvieran tratando de degollar a un caballo, o de arrastrarlo hacia un lobo.

Las amigas se miraron.

—¿Será el semental nuevo del que habló Moca? ¿Vamos a ver? —propuso Glicera.

A Caris le daban miedo los caballos, pero no le gustaba admitirlo.

—Vamos —accedió, sin entusiasmo.

Ya habían llegado al sendero que llevaba a sus casas; apoyaron sobre el suelo los cántaros y regresaron corriendo sobre sus pasos. Conforme se acercaban a la propiedad de Eubolo escuchaban voces entrecortadas...



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