Augliera | La Taberna Del Oso Perverso | E-Book | www2.sack.de
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E-Book, Spanisch, 226 Seiten

Augliera La Taberna Del Oso Perverso


1. Auflage 2025
ISBN: 978-88-354-7431-9
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection

E-Book, Spanisch, 226 Seiten

ISBN: 978-88-354-7431-9
Verlag: Tektime
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



Esta es la historia de Marco, un periodista a la deriva tras la violencia sexual sufrida por su mujer y su suicidio. La desesperación y el deseo de cambio lo transportan a lugares alejados de su mundo. Se encuentra, casi sin quererlo, frecuentando los barrios bajos de su ciudad y un tugurio, 'La taberna del oso perverso', donde conoce a una humanidad abandonada al margen de la legalidad, compuesta en su mayoría por ciudadanos extracomunitarios. Entre ellos destaca Ígor, un húngaro culto con experiencias intensas en Oriente Medio, donde ha combatido como contratista y como voluntario al lado de los kurdos contra ISIS. Marco se siente atraído por su personalidad, pero descubrirá algo que lo perturbará y agravará su crisis existencial.

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2
Cuando volví a abrir los ojos estaba en la cama de una habitación de hospital. No podía mover la cabeza debido a un fuerte dolor. Por el rabillo del ojo pude notar el blanco inmaculado que reinaba en la habitación: el techo, las paredes, las sábanas y hasta los pocos muebles, todo era blanco. Creí haber pasado mucho tiempo en un estado semiconsciente, inmerso en aquella miseria aséptica y esto me provocó un profundo malestar. Inesperadamente sentí una extraña fuerza vital emergiendo desde el fondo de mi estómago. Con esfuerzo, giré la cabeza hacia la ventana y, aunque solo veía la penumbra debida a la caída de la tarde, de todos modos, mi corazón se abrió. La alegría duró poco, un dolor agudo en el costado me obligó a apoyar la cabeza en la almohada, devolviéndome una vez más a la blanca miseria de la habitación.
Llamó mi atención el molesto sonido de pasos apresurados acercándose. Después de unos momentos, dos médicos y una enfermera entraron; procedieron rápidamente, distraídamente, con aire de que, por enésima vez, repetían estos actos. Se pararon al pie de la cama y me miraron en silencio, como si intentaran estudiar mi aspecto desde esa distancia. Pensé que no irían más allá de esa mirada fugaz, pero debí pensarlo nuevamente, el médico de más edad se separó del grupo y se colocó a mi lado. Desde esa distancia lo vi claramente: era un hombre apuesto que se encontraba al final de su carrera, con barba y cabello brillante, cuidadosamente arreglado. Me pareció bastante alto, varios centímetros más alto que el colega que lo acompañaba. Tenía un porte confiado, casi arrogante, típico de alguien acostumbrado a gestionar las precarias existencias de los demás. Tomó con firmeza el historial médico y lo miró fijamente durante un largo momento. Molesto, miró su reloj como si hubiera recordado un compromiso, hizo una mueca de contrariedad y volvió a mirar la carpeta. Tuve la impresión de que, mientras hacía esos gestos bruscos y decididos, estaba pensando en algo que no tenía que ver conmigo. El otro médico, un hombre huesudo de unos cincuenta años, con anteojos y una calvicie que ahora había invadido su brillante cráneo, me miraba con ojos distraídos. La enfermera que los acompañaba, una muchacha sencilla, de cabello y pestañas muy rubias, miraba al médico jefe en silencio, con una expresión que me pareció demasiado respetuosa. Desconcertado por su silencio, me esforcé por dejar escapar un leve jadeo que fue suficiente para atraer su atención. El médico de más edad levantó la vista del historial y comenzó a observarme con curiosidad. Clavó su mirada en mí, buscando en mi rostro una señal que yo, exhausto, no podía darle.
«Doctor, ya despertó».
Después de un largo silencio, la voz de la enfermera resonó en mi cabeza como el sonido de cien campanas.
El hombre dejó lentamente el historial y bajó la cabeza hasta quedar a centímetros de mi oreja. «Intente no forzarse a hablar, aún es muy pronto».
Susurró las palabras con tal dulzura que me sonaron siniestras, idénticas a las frases reconfortantes y compasivas que uno le dice a un hombre moribundo que no tiene salvación. Con la misma delicadeza, agarró mi muñeca con su mano estrecha y sus labios carnosos se abrieron en una sonrisa deslumbrante. Era evidente que quería tranquilizarme, como si esa fuera la misión que debía cumplir a toda costa.
«Por suerte no hay fracturas. Sufrió un shock severo, contusiones y abrasiones en todo el cuerpo. En unos días, prometo, desaparecerán». Mi mirada fija en él sin mucha convicción, lo animó a continuar en el mismo tono meloso, como si mis problemas, después de todo, fueran solo la consecuencia de un accidente banal y sin importancia. «Su esposa está bien. Las señales externas de violencia y el estado de shock, rápidamente están desapareciendo, pero temo que tomará mucho tiempo borrar el recuerdo de lo que le ocurrió, si lo logra. En cuanto a los matones que los atacaron, lamentablemente la policía todavía los busca». No agregó nada más, se limitó a darme otra sonrisa forzada y salió de la habitación, seguido por el otro médico y la enfermera.
Los días que siguieron transcurrieron en una soledad casi total. Las visitas de amigos, de colegas del periódico y, al cabo de unos días, las de Mascia, no lograron disolver la nube que me había aprisionado. A medida que mi condición física mejoraba, sentí la necesidad de encontrar una ocupación adecuada para superar el aburrimiento que corría el riesgo de volverse más peligroso que las propias heridas. Aún sin poder leer debido a los fuertes dolores de cabeza, miraba con curiosidad todo lo que me rodeaba, buscando algo interesante a lo cual aferrarme. La desolación que vi no me ofreció muchas oportunidades, así que no encontré nada mejor que hacer que intentar hacerme amigo de la enfermera que había conocido el primer día.
Durante mi estancia en el hospital, ella se había convertido en la persona que veía con más frecuencia y fui tan bueno en convencerla de que era un paciente diferente a todos los demás que accedió casi inmediatamente, dejando a un lado su desconfianza natural. Lara, mi indulgente enfermera, cuando el turno de noche la obligaba a permanecer en ese lugar imposible, contraviniendo sus deberes profesionales y las normas del hospital, se sentaba al lado de mi cama y conversaba como con una vieja amiga a la que conoces desde hace mucho tiempo, contándome infinidad de cosas sobre ella, su familia, el hombre con el que vivía.
Me contó que nació y creció en un pueblo no muy lejos de la ciudad. Era hija única y había pasado los primeros años de su vida con tranquilidad. El padre trabajaba en el municipio, mientras que la madre hacía pequeños trabajos de costura en casa. Cuando apenas tenía seis años, todo se complicó por la enfermedad de su madre. El diagnóstico de un tumor devastador convenció a sus padres a emprender esos viajes de esperanza que, en la mayoría de los casos, solo sirven para prolongar la agonía; y mientras tanto, ella fue ubicada, por turnos, con parientes más o menos cercanos. Fue un año terrible que terminó con la muerte de la pobre mujer. El luto afectó a toda la familia. El padre se vio obligado a acoger en su casa a una tía solterona y anciana para que cuidara de su hija y sacara adelante lo mejor que pudiera una situación que, de otro modo, estaba destinada al colapso; mientras que no encontró nada mejor que hacer que aferrarse obscenamente a la bebida. La niña, en cambio, se volvió cada vez más taciturna, encerrándose en un mundo propio que no permitía que nadie violara. Continuó así hasta los dieciocho años, cuando obtuvo un diploma en contabilidad. Durante toda su adolescencia no tuvo ni una amiga, ni novio. Su vida era todo escuela y hogar donde, a medida que fue creciendo, los roles con su anciana tía se fueron invirtiendo, llegando al punto en que ella era la que cuidaba a su pariente y a su padre. Filippo, su padre, era un hombre muy guapo: alto, rubio, de ojos azules, musculoso, con un físico atlético que despertaba deseos secretos en casi todas las mujeres que lo conocían, casadas o no. A pesar de todo ese interés del sexo opuesto, él ya no quería casarse, diciendo que su hija Lara era la única mujer en su vida y no quería que, a la larga, una hipotética madrastra terminara maltratándola. Pero él mentía descaradamente. Su recién encontrada libertad, tras la muerte de su esposa, se convirtió en el pretexto para dar rienda suelta a su verdadera naturaleza, hasta entonces apenas reprimida. Era un mujeriego impenitente y finalmente libre para acercarse, ahora sin problema alguno, a cualquier mujer que se pusiera a su alcance. Pero la única verdadera pasión que tenía de forma desmedida y de la que, con el paso del tiempo, ya no podía prescindir, era la botella. Lara nunca supo si ese amor precedió a la enfermedad de su madre, ya que era demasiado joven para recordarlo, o si había sido una consecuencia de la propia muerte de su madre. La fuerte atracción por el alcohol hacía que, más a menudo, Filippo volviera a casa por la noche cada vez borracho, pero el estado de achispado no lo volvía violento, al contrario, como si se avergonzara del lamentable estado en que se encontraba, regresaba a casa tratando de hacer el menor ruido posible para no despertar a la hija y a la anciana tía. Lara, aprovechando la situación y acosada por pesadillas, conseguía, casi todas las noches y sin demasiada insistencia, ser protegida por su tía quien, de buena gana y con una dulce sonrisa benévola, abría sus enormes brazos para acogerla en su cama. Las pesadillas de la niña, llenas de brujas y monstruos repulsivos que siempre estaban a un paso de devorarla, solo se calmaban con el regreso de su padre. Su alegría era inmensa cuando lo escuchaba cerrar la puerta con cuidado para no hacer ruido. Para no despertarla, el hombre caminaba lentamente en la oscuridad intentando torpe y desesperadamente llegar a su dormitorio; pero, aun estando plenamente concentrado en completar aquella titánica empresa, ya fuera por la oscuridad o por su poquísima lucidez, llegar a la meta significaba chocar contra cada mueble con el que se topaba. La mala suerte que lo perseguía y los moretones que recibía le hacían maldecir, pero siempre en voz baja para no ser escuchado. Las aventuras nocturnas de su padre provocaban la risa de Lara, permitiéndose finalmente un poco de buen humor. Una vez que todos los miedos, incluidos los de las brujas y los monstruos, desaparecieron mágicamente, ella le deseaba unas efusivas buenas noches que resonaban por toda la casa. Después de unos momentos de silencio incómodo, un gruñido incomprensible llegaba de la habitación de Filippo, que se...



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