Adame?teanu | Fontana di Trevi | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 370, 432 Seiten

Reihe: Narrativa del Acantilado

Adame?teanu Fontana di Trevi


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19958-35-8
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 370, 432 Seiten

Reihe: Narrativa del Acantilado

ISBN: 978-84-19958-35-8
Verlag: Acantilado
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Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Establecida en Francia desde hace más de tres décadas, Leti?ia-protagonista también de la novela «Vidas provisionales»-visita Bucarest con el fin de reclamar una herencia confiscada por el régimen comunista. Exiliada tras la caída de Ceau?escu, la vuelta a su país natal la sume en un profundo pesar: ¿qué fue del amor clandestino que la unía a Sorin? Su separación la situó en el bando de los exiliados. ¿Y qué fue de quienes se quedaron en el país? Rechazada tanto por su antiguo amante como por su patria, Leti?ia revive unas heridas íntimamente ligadas a la historia. «Fontana di Trevi» prosigue la crónica de la Rumanía contemporánea de la mano de una heroína que consagra a su autora como una de las voces más brillantes de su generación. «Adame?teanu conduce con maestría una narración donde lo cotidiano se despliega en la concatenación de diálogos naturales y creíbles». Ernesto Calabug, El Cultural «Un proyecto literario ambicioso que nos propone cómo puede hacerse buena literatura -desde una nostalgia, eso sí, que tiñe lo narrado de desmoralización- y preservar a la vez acontecimientos que marcaron el devenir de un pueblo y cómo el presente puede reconciliarse con el pasado». Toni Montesinos, La Vanguardia «Adame?teanu es una escritora de primerísimo nivel capaz de mostrar, en unas historias que se nutren tanto del realismo a secas como de una poderosa imaginación, los problemas sociales y políticos que han impregnado la cultura de los rumanos». Diego Gándara, La Razón «La liberación como asignatura pendiente de los rumanos parece haberse convertido en una obsesión para Gabriela Adame?teanu. Fontana di Trevi es una obra espléndida». Luis M. Alonso, La Nueva España «Una de las mejores autoras no sólo de la literatura rumana, sino de toda la literatura centroeuropea actual. La suya es literatura de densidad y a la vez detallista, una radiografía aguda y devastadora». Mercedes Monmany, ABC «Un impresionante relato sobre el exilio y las heridas que dejó el régimen de Ceau?escu». J. Ors, La Razón «Lo mejor de la novela es la creación de personajes y la exploración de sus sentimientos, la reflexión constante acerca de por qué hacen lo que hacen. El estilo literario de la autora es profundo y reflexivo, y mantiene un compromiso con la disección de temas sociales y políticos. Sabe ofrecer complejidad sin que decaiga el interés del lector». Rafael Ruiz Pleguezuelos, Anika entre libros

Gabriela Adame?teanu (Târgu Ocna, Rumanía, 1942) es una de las autoras más destacadas de la literatura rumana contemporánea. Su obra, que incluye novelas y colecciones de relatos, ha sido traducida a diversas lenguas y la ha hecho merecedora del reconocimiento de la Orden de las Artes y las Letras que concede el Ministerio de Cultura francés. Acantilado ha publicado «Vidas provisionales» (2022) y «Fontana di Trevi» (2024).
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2


CLAUDIA FELICIA MORAR


Anoche debió de darse cuenta de que se había pasado de rosca con aquel «¡Vosotros, los de fuera, no reconocéis que exista nada bueno aquí!», porque no paraba de buscar mi mirada, clavada en el póster de la diosa de la habitación, Claudia Felicia Morar: una cría zanquilarga, de cabello rizado, con unos vaqueros rumanos prelavados y una camiseta negra con una inscripción roja, , que muestra una moneda antigua de mil antes de lanzarla, por encima del hombro izquierdo, a la Fontana di Trevi.

Los turistas se han arremolinado en el borde curvado del estanque junto a las falsas grutas, junto a los tritones, los caballos indómitos y las criaturas acuáticas con las que el atlético dios de los mares recorre sus aguas de mármol en su concha triunfal. Claudia ríe, dispuesta a arrojar la moneda a la fuente barroca proyectada por Bernini y construida por Nicola Salvi y Giuseppe Pannini bajo el reinado de tres papas. Los ojos entornados por el sol, los dientes delanteros un poco prominentes: cuando era pequeña, la estética dental no era todavía una obsesión, no veías niños con aparatos dentales, y sobre los transparentes ni siquiera se había oído hablar.

Junto al póster, su biblioteca, conservada intacta, como un altar. El osito de peluche rojo y la muñeca calva, como después de la quimioterapia, entre , , , , ABBA, Boney M., C. C. Catch, Modern Talking, Bee Gees, Judas Priest, Iron Maiden, Led Zeppelin… libros y cintas que alimentaron el deseo de huir de Claudia y de su generación de «decretados».1

Su infancia y su adolescencia representan también mi vida, olvidada adrede, que vuelve a mí, implacable, cada vez que regreso aquí, a la Alameda de los Tilos.

Cuando su hija se marchó a estudiar el máster, Aurelian llenó las paredes de la habitación con fotografías a blanco y negro, ampliadas y enmarcadas: de su antigua bebé Claudia Cuchi-Cuchi, agitándose en el arnés para escapar del carrito; de Clau, el rollizo «halcón de la patria», en el Parque de la Paz, con el grupo de la guardería y la maestra; de la niña en vaqueros y deportivas rumanas, con una botella de Brifcor en la mano; de la jefa del destacamento de pioneros Claudia Felicia Morar, recibiendo el informe ante la hoguera de un campamento en Navodari; de la adolescente, sólo piel y huesos, Clody, a la que abraza torpemente por los hombros un chaval con el colgado del cuello. Y, también con él, en Predeal, en un concierto del grupo Phoenix.

Ésas son las últimas fotografías en las que aparece todavía Serban Dumitriu, muerto por una bala el 21 de diciembre de 1989, a las 17:41, después de resultar herido por una tanqueta, frente al restaurante Danubio, en los días de la supuesta revolución.

—Si no hubo revolución, ¿por qué ese millar de muertos?—le pregunté a Petru.

—¡Tú también! ¡Precisamente por eso! ¿Acaso no tenía que correr la sangre para poder bautizarla así?

—¿Quiere eso decir que los muertos entraron en sus cálculos desde el principio?

No me respondió, ¡pero yo ni siquiera hoy puedo creer que los que la pusieron en marcha pudieran ser tan cínicos como para matar a un chiquillo inmaduro como Serban! O quizá se pusieron de acuerdo entre ellos después de la cifra de muertos, como parecía pensar Petru, que sacudió la mano, hastiado.

Sultana me dijo que su hija se cortó el pelo como un chico cuando se enteró de la muerte de Serban.

—¡Qué Navidades tan tristes pasamos, Letitia! Claudia no nos dirigía la palabra, estaba trastornada porque no podía ver a Serban, hasta entonces estaban siempre juntos.

Se habían conocido en la fábrica de clases particulares de un famoso profesor que, en su casa, un edificio del período de entreguerras en Maria Rosetti, preparaba el primer examen de Matemáticas para el ingreso en el instituto. Entraron en el Liceo Sava, en el exclusivo grupo de Mate-Física, pero en el segundo curso temían no poder competir con sus compañeros de las olimpiadas matemáticas. Claudia pasó a la sección de Humanidades y, siguiendo el consejo de Petru, ingresó más adelante en Filosofía y Letras para estudiar Lingüística; Serban entró en el grupo de Mecánica y luego en la Politécnica, sólo que enseguida se dio cuenta de que no le gustaba la Ingeniería. Faltaba a clase cada dos por tres y aterrizaba en la Alameda de los Tilos, donde los Morar. Claudia no solía ir a su casa, le parecía que su elegante madre, catedrática de Farmacia, la miraba por encima del hombro. Habían planeado irse de vacaciones en tienda de campaña a Doi Mai después de los exámenes de junio.

Las vacaciones de invierno se las habían dado antes, ¿sospecharía alguien lo que iba a suceder?

El 21 de diciembre de 1989 hacía una temperatura de marzo, cielo azul y veinte grados al mediodía. Decidieron ir al cine, en el centro, pero tuvieron que esperar mucho hasta que, por fin, apareció un autobús increíblemente vacío. Frente al Conservatorio, el chofer gritó que el tráfico estaba bloqueado, se apeó a la carrera y echó a correr, como loco, por Cismigiu. Los pasajeros hablaban sobre un mitin, pero ellos no escucharon y decidieron ir caminando.

Cuando llegaron a Calea Victoriei, junto al Athénée Palace, se quedaron atónitos. Todo el patio del Palacio, hasta la verja, estaba lleno de soldados con las armas apuntando al Comité Central, y desde el restaurante Cina, por la calle Onesti, hasta Magheru, el paso estaba bloqueado, ¡y por quiénes! Sólo en las películas de vídeo habían visto semejantes trajes de extraterrestres, con escudos y cascos transparentes, amontonados en filas y más filas.

—¡Es tremendo! ¡Parece !—susurró Serban.

Un poco más allá, estaban aparcadas unas furgonetas con las ventanillas enrejadas, habían visto una vez varias de ésas cruzando la ciudad. No había un alma en la plaza del Palacio. Las banderas rojas y tricolores, pancartas que decían CEAUSESCU, LUCHADOR, PARA TODO NUESTRO PUEBLO, NUESTRA ESTIMA Y ORGULLO. CEAUSESCU RUMANÍA yacían, pisoteadas, entre envoltorios de plástico, bolsas, papeles, una bufanda manchada de barro, un zapato de tacón de aguja perdido en la carrera… pero ¿cómo había podido correr alguien con un pie calzado y el otro descalzo? Y, sobre todo, ¿por qué?

—¡Ya ha empezado! ¿Lo ves? ¡Ya ha empezado! ¡Cuánto tiempo hace que te lo vengo diciendo!—murmuró de nuevo, exaltado, Serban.

Claudia le pellizcó a través de la chaqueta impermeable para que se callara, caminaba cabizbaja para no cruzarse con la mirada recelosa de los soldados, había en cada esquina grupos y más grupos; seguían con la mirada, sombríos, a los transeúntes, detuvieron a algunos, pero ellos se libraron. Se dirigieron luego hacia la catedral luterana y, finalmente, de callejuela en callejuela, salieron a Magheru.

No circulaba ya ningún vehículo y, en medio de un silencio inusitado, se oía tan sólo el zumbido de un helicóptero que volaba bajo, sobre los edificios, algo que no habían visto jamás. Las aceras estaban llenas de gente bien vestida, vecinos del centro, pero también de jóvenes con chaquetas, estudiantes o escolares en uniforme que miraban el centro de la calle, donde un grupo se agitaba y gritaba algo.

Pasaron unos instantes antes de que se dieran cuenta de que gritaban «¡Libertad! ¡Libertad!». Unos chavales, con la ropa desabrochada y la cabeza descubierta, entre ellos también una chica de pelo largo, invitaban a la gente a que se les uniera: «En las aceras no os quedéis | que de hambre moriréis», y luego, otra vez, «¡Libertad!». Aunque la ciudad estaba abarrotada de soldados y había empezado a oírse un ruido ahogado—los «extraterrestres» de golpeaban, a modo de advertencia, los escudos transparentes—, los locos aquellos gritaban también «¡Fuera Ceausescu!». ¡Qué valor tenían! Sus voces eran más fuertes, se les habían sumado unos cuantos más y, de repente, apareció un Mercedes negro, con banderitas, y la gente de las aceras aplaudía.

—¡El embajador de Estados Unidos!—murmuró, junto a Claudia, un hombre con una gorra de nutria.

—El de Francia, ¿no ve las banderitas?—le replicó una señora vestida con un abrigo de ante.

Debido a la luz, al aire fresco, como de comienzos de primavera, a la gente que gritaba lo que gritaba y a los coches diplomáticos extranjeros, Claudia tuvo la impresión de que había algo festivo en el ambiente. Aunque este evento increíble estaba sucediendo con el permiso de las potencias mundiales, los estadounidenses y los franceses, pero también con el permiso de Dios, de lo contrario en esa época tendría que haber montones de nieve y quién habría aguantado, a diez grados bajo cero, en la calle, para gritar «¡No tengáis miedo, Ceausescu importa un bledo!».

A través del impermeable sentía el cuerpo de Serban vibrar y, de repente, él retiró su brazo del de ella. Creyó que se separaban unos minutos y se quedó, enfurruñada, enfrente de la librería Sadoveanu, con los cristales rotos y los libros...



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