E-Book, Spanisch, Band 5, 392 Seiten
Reihe: Los libros de Mendel
Abreu Debajo de la mesa
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-129958-2-4
Verlag: Ladera norte
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Memorias
E-Book, Spanisch, Band 5, 392 Seiten
Reihe: Los libros de Mendel
ISBN: 978-84-129958-2-4
Verlag: Ladera norte
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Juan Abreu (La Habana, 1952) escapó de Cuba en 1980, durante el llamado «éxodo del Mariel». Ha publicado, entre otras obras, Garbageland (Mondadori, 2001); Gimnasio. Emanaciones de una rutina (Poliedro, 2002); Orlan Veinticinco (Mondadori, 2003); Cinco cervezas (Poliedro, 2005); A la sombra del mar. Jornadas cubanas con Reinaldo Arenas (Editores Argentinos, 2016); El gen de Dios (Hypermedia, 2018); Eros y política (Editorial Alegoría, 2023); Dos historias de amor (2024) y Una educación sexual (2024). Su obra ha sido traducida al italiano, catalán, francés y alemán. Reside en Barcelona.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Segunda Parte
La vida es riesgo o abstinencia.
REINALDO ARENAS
Batería
Las olas rompen a pocos pasos. Los arrecifes son de plata y de saliva. Verdes fosforescencias, chicharras. El olor dulzón de los frutos de las uvas caletas. Machacados una y otra vez por las malolientes botas rusas.
La luna asoma tras una nube de ribetes efervescentes.
En nube semejante cabalgaron el Maestro y su adorada Margarita.
El cañón de la batería antiaérea asoma por un agujero de la red de camuflaje. Parches pardos y parches verdes botella. Parches negros.
Hay que estar atentos a las hormigas, rojas, gordas, veloces, hambrientas.
, pienso cada vez que las veo.
Y las burlo, ágil, como .
La línea ondulante en la arena se arrastra y chasquea, cambia de forma y está llena de cangrejos pequeños que entran y salen del agua y trepan por las rocas como un rascar.
El cilindro de acero, rígido, apunta al abombado mar sobre el que las nubes dejan manchas que avanzan hacia tierra como batallones de asalto.
Tenemos órdenes de disparar a los que intenten escapar de la isla.
Pero haremos la vista gorda; lo decidimos en menos de un minuto; no pensamos matar a ninguna familia más afortunada que las nuestras, es decir que tenga acceso a una lancha.
Huele a tierra revuelta. A sal. A sueño. A piel. A poros. A semen reseco.
Apiñados en la trinchera, bajo la lluvia del amanecer, esperamos al enemigo.
La línea del horizonte es una lasca de plomo salpicada de rosa.
Arena en las botas, los músculos agarrotados, peste a mierda y orina, las ramas de la uva caleta sobre nuestras cabezas se estremecen al compás de la brisa.
El cansancio, el cansancio.
La agresión imperialista, inminente.
Chillan los oficiales.
El teniente nos ha despertado a gritos. El tumulto es enorme. Quejas, el chapotear de las botas en el fango. Quejidos. Bramidos. Pezuñas.
Vociferan los oficiales.
Corremos a nuestras posiciones, tropezando, arañándonos con las espinas de marabú, aferrando los cascos, vistiéndonos en plena carrera, los AK-47 repicando en nuestros lomos, acribillados de guisazos.
El olor de los pinos es agrio e intenso.
Exclama un recluta de Luyanó, flaco y rubio.
Conversamos, oteando el horizonte por donde aparecerán de un momento a otro los aviones o las estelas de los misiles.
Mi cerebro es una nata de resignación y sueño.
Con voz fatigada, planteo la cuestión.
?
La respuesta de los cuatro reclutas es inmediata.
Y al rato, después de un silencio espeso.
Y risas.
Marañones
El camión da tumbos por el perdido terraplén. Polvo rojo y espeso que se nos mete en la nariz en la boca y en los ojos. Para no hablar del alma, sea lo que sea. Vamos a relevar a unos soldados en un emplazamiento remoto, en pleno monte. Llevan una semana abandonados a su suerte. Parece que se olvidaron de ellos.
De pronto, uno de los reclutas grita:
Y allí, a un costado del costurón rojo por el que avanzamos, el árbol lleno de frutos que brillan al sol despiadado como gemas, como trozos de oro.
, gritamos y golpeamos el techo del camión pues parece que el chofer no se ha percatado del tesoro que se nos ofrece y el dichoso trasto sigue su camino saltando, rebotando en las zanjas, lanzándonos de un lado al otro.
, dice alguien.
Entonces, uno de nosotros se inclina sobre la baranda y apoya el cañón del AKM en la oreja del conductor. Y rastrilla el arma, al tiempo que dice:
.
El camión se detiene de golpe.
Saltamos a tierra y nos precipitamos sobre los marañones.
Todavía no hace un mes que llegamos aquí y ya todos estamos locos.
La jura de la bandera
Los primeros cuarenta y cinco días en la «escuela de reclutas» han transcurrido en un descampado en las afueras de La Habana. «Preparación Combativa» llaman al circuito diario de espanto. En aquel descampado nos dejaron los camiones, nos raparon la cabeza, nos hicieron poner el uniforme y abrimos el hueco en la tierra, donde cagaremos, algo alejado del sitio donde levantamos una estructura de troncos y ramas que será la «unidad militar de combate». El rancho lo traen en un que también transporta unos bidones plásticos llenos de agua. Para los oficiales. El agua «potable» de los soldados, se halla en unos tanques donde nadan los gusarapos y las ranas, junto a la choza. Todos los soldados tenemos cagaleras. El arroz viene con gorgojos y los chícharos con piedrecillas y gusanos. No hay para los soldados ni luz eléctrica ni faroles chinos, que sólo hay uno, y está en la tienda de los oficiales. Que es una tienda de lona de camuflaje con sus catres y todo. Nosotros dormimos en el suelo.
Así nos haremos soldados.
Eso dijo el oficial al mando del campamento, mientras formábamos un pelotón frente a la choza que construimos y donde hemos colocado un mástil con la bandera.
Todo transcurre a la intemperie. Dormimos vestidos y armados bajo el cielo amenazante. En cualquier momento aparecerán aviones o desembarcará el enemigo y tendremos que salir corriendo ¡otra vez! a tirarnos en un charco o a cavar otro refugio personal. No hay un solo hueso o músculo que no me duela. Tengo los pies y las manos destrozados.
El tomito de las , que llevo a todas partes en el bolsillo, está hecho trizas, a pesar de su envoltura de nailon. Un sargento me sorprende leyendo mientras como. Me arrebata el libro y lo examina un buen rato.
, exclama por fin, antes de confiscar a Rimbaud.
El cretino no sabe que guardo en la mochila a Eliot y a Saint-John Perse.
Pero ahora estamos formados en el gran polígono. Ya han pasado cuarenta y cinco días y estamos formados en el gran polígono.
Bañados y limpios y botas relucientes y recién rapados otra vez y afeitados.
Es la ceremonia de graduación.
Quinientos muchachos, quinientos nuevos soldados. En la tribuna de oficiales, un comandante o un general. Qué sé yo. Es quien lee la jura de la bandera.
Juraremos y entonces ya seremos soldados de verdad.
Obligados por el sagrado juramento.
¡Juro defender la Patria contra enemigos internos y externos hasta la última gota de sangre!
¡JURAMOS!
¡Juro ser fiel a la Revolución y a nuestros máximos líderes y a nuestro heroico pueblo!
¡JURAMOS!
¡Juro fidelidad eterna al glorioso Ejército Rebelde!
¡JURAMOS!
¡Juro fidelidad eterna al glorioso Ejército Rojo, a la Unión Soviética y a las tropas del Pacto de Varsovia!
¡JURAMOS!
¡Juro fidelidad eterna al Comandante en Jefe!
¡JURAMOS!
Managua
Después del período de Preparación Combativa, pasé casi un año en un curso de comunicaciones. Terminado éste, me mandaron a Managua, en las afueras de La Habana. Uno de los campamentos militares más grandes de la isla.
El curso de comunicaciones es, en mi recuerdo, una neblina. De ella, a veces, asoma un capitán que constantemente grita mi número: ¡501! Y yo tengo que acudir corriendo. Los primeros castigos. El olor de las armas. Las inspecciones. Una calle asfaltada con barracas a ambos lados, y al fondo, el asta y la bandera.
Desde cualquier punto de la unidad en que te encuentres puedes ver el dichoso trapo.
En Managua, me asignaron a una escuadra a cargo de un «vehículo estratégico de comunicaciones entre estados mayores», según la jerga del momento: un camión ruso, tosco como todo lo proveniente de aquel país, atestado de aparatos que nunca llegué a comprender muy bien y que se suponía que permitían establecer comunicación en tiempo de guerra con un cien por ciento de seguridad.
Eso decían, que la tecnología yanqui no podía interceptar los mensajes. Los reclutas dudábamos de que los bolos (como llamábamos despectivamente a los soviéticos) consiguieran vencer tecnológicamente a los norteamericanos, pero nos cuidábamos mucho de decirlo.
Salvo algún devoto dispuesto a hacer carrera militar, la mayoría de los soldados descreíamos seriamente de la eficiencia de nuestras armas y equipos en caso de agresión norteamericana y, en mi opinión, lo más probable es que se rindieran en masa ante los invasores, que los recibieran como salvadores.
Nos preparaban para repeler una invasión que muchos deseábamos.
Al menos, esto pensaban los que, a mi alrededor, tenían la suficiente confianza para hablar sin reservas.
Pasamos meses bajando y subiendo las enormes antenas del tareco soviético. Del que nos estaba prohibido hablar con nadie, bajo pena de cárcel por alta traición.
Yo hacía lo...




