E-Book, Spanisch, Band 358, 336 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
Abbott Como una extraña
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16854-51-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 358, 336 Seiten
Reihe: Nuevos Tiempos
ISBN: 978-84-16854-51-6
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Rachel Abott nació y se crió en Manchester y durante muchos años ejerció como analista de sistemas informáticos. Sus primeras tres novelas autopublicadas vendieron más de un millón de ejemplares en total. A su debut, Solo los inocentes, le siguieron The Back Road y Sleep Tight. En la actualidad vive en Alderney, dedicada únicamente a la escritura.
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Prólogo
Diez minutos más y estaría tranquila en casa.
Caroline Joseph sintió un escalofrío de alivio al pensar que el largo viaje pronto habría terminado. Nunca le había gustado conducir de noche y siempre se sentía un poco fuera de control. Cada par de faros que se le acercaba parecía atraerla hacia sí, con esa luz blanca iluminando el interior del coche mientras ella se aferraba al volante, esforzándose por mantener recto el rumbo del automóvil.
Pero ya quedaba poco. Le apetecía darle a Natasha un baño tibio, una taza de chocolate caliente y meterla en la cama. Luego le dedicaría a David lo que quedara de la noche. Algo lo tenía preocupado, y Caroline pensó que, tal vez si se sentaban delante de la chimenea con una copa de vino cuando Natasha estuviera dormida, podría ser capaz de sonsacarle el problema. Debía de ser algo relacionado con el trabajo.
Echó un vistazo por el retrovisor para mirar a su querida hija. Tasha tenía seis años, o seis y tres cuartos, como le gustaba presumir, aunque como era menuda parecía más pequeña. Su pálida melena rubia le caía en suaves ondas hasta los hombros, y sus delicadas facciones se veían bañadas intermitentemente en la luz amarilla de cada farola que pasaban. Tenía los ojos cerrados, y Caroline sonrió al verla tan plácida.
Hoy Tasha se había comportado con su dulzura habitual, jugando alegre con sus primitos mientras los adultos corrían de acá para allá haciendo lo que mandara el padre de Caroline. Había promulgado uno de sus edictos: esta vez había declarado que Caroline, junto con sus hermanos y sus familias, debían acudir a una cena prenavideña. Como era habitual, todos habían obedecido. Es decir, todos menos David.
El desvío hacia los caminos que conducían a su casa estaba ya muy cerca, y Caroline echó un último vistazo a Natasha. Una vez que abandonaron la calle principal y se alejaron de los escaparates bien iluminados y de la luz ámbar de las farolas, el asiento trasero del coche quedaría a oscuras. Había estado durmiendo la mayor parte del trayecto, pero ahora empezaba a moverse.
—¿Estás bien, Tasha? —preguntó Caroline.
La niña se limitó a responder con un murmullo, no lo bastante despierta como para contestar, frotándose los ojos con los nudillos. Caroline sonrió. Frenó ligeramente y cambió de marcha para trazar la curva. Lo único que tenía que hacer era superar el último par de millas que le quedaban de viaje por los estrechos caminos bordeados de altos setos, profundamente oscuros, y entonces se podría relajar. Sintió un fogonazo de irritación contra David. Él sabía que odiaba conducir de noche, y podría haber hecho un esfuerzo, aunque solo fuera por Natasha, no por ella. Esa noche las dos lo habían echado de menos.
Por el rabillo del ojo vio un movimiento repentino a su izquierda, y giró la cabeza deprisa hacia él, con el corazón golpeándole el pecho. Un búho planeó muy bajo sobre los setos, y la luz de sus faros rebotó contra su blanca pechera, centelleando contra el negro cielo. Caroline suspiró despacio.
No había luna, y la escarcha relucía contra el asfalto negro de los caminos que llevaban hasta su casa. A su alrededor todo parecía perfectamente quieto, como si el mundo se hubiera detenido, y ahora que el búho se había marchado ella era lo único que seguía moviéndose. Caroline sabía que si abría la ventanilla no oiría otro ruido que el sordo rugir del motor. No había ninguna luz ni delante ni detrás, y por un momento su miedo innato a la oscuridad amenazó con dominarla.
Se inclinó hacia delante y encendió la radio bajito, sintiéndose más segura por la jovialidad de los previsibles villancicos. Pronto estaría harta de oírlos, pero en aquel momento que fueran alegres y populares le resultó tranquilizador.
Sonrió cuando el teléfono que tenía en el asiento del copiloto empezó a sonar. Segura de que sería David preguntando cuándo llegarían, apenas miró la pantalla, pero en el último momento vio que la llamada era de un número oculto. Fuera quien fuese, podía esperar hasta que llegara a casa. Condujo con una sola mano por una curva cerrada mientras volvía a poner el teléfono sobre el asiento, y el coche patinó un poco sobre la carretera helada. Sintió un pequeño sobresalto de temor. Pero el coche mantuvo la trayectoria, y volvió a respirar.
Caroline tomó con cuidado las siguientes curvas, pero sus hombros tensos se relajaron al llegar a una recta corta con setos que tapaban profundas zanjas a cada lado. Caroline se inclinó para estar más cerca del parabrisas, escudriñando la noche. Sus faros iluminaban una sombra más oscura, algo que había en mitad del camino. Pisó un poco el freno y redujo una marcha, desacelerando para anticiparse al obstáculo.
Puso segunda para acercarse a lo que por fin, horrorizada, descubrió que era un coche, cruzado en mitad de la carretera, con las ruedas delanteras hundidas en la zanja del lado derecho. Creyó ver dentro una sombra, como si alguien estuviera echado sobre el volante.
Mientras se acercaba muy lentamente, con el corazón latiéndole de repente muy fuerte, apretó el botón para bajar la ventanilla. Parecía que alguien necesitaba ayuda.
El teléfono volvió a sonar.
Su primer pensamiento fue no hacerle caso, pero si había habido un accidente tal vez tuviera que pedir ayuda. Cogió el teléfono y respondió la llamada, dándose cuenta entonces de que le temblaba la mano.
—¿Hola?
—Caroline, ¿estás ya en casa?
Era una voz que reconocía vagamente, pero no era capaz de identificarla del todo. Sus ojos no abandonaron el obstáculo que tenía delante mientras detenía el coche y se quitaba el cinturón de seguridad.
—Todavía no. ¿Por qué? ¿Quién habla?
—Tú solo escúchame. Hagas lo que hagas, no detengas el coche. Pase lo que pase, bajo ningún concepto, detengas el coche. —El hombre hablaba en voz baja, deprisa—. Vete a casa. Vete directamente a casa. ¿Me estás escuchando?
El pánico en la voz que le hablaba por teléfono reflejaba la ansiedad cada vez mayor que ella misma sentía. Caroline vaciló.
—Pero hay un coche en mitad de la carretera, y parece que hay alguien dentro. A lo mejor el conductor está indispuesto, o ha tenido un accidente. ¿Por qué no me puedo parar? ¿Qué está pasando?
—Tú solo haz lo que te pido, Caroline. No salgas del coche. Acelera ya y adelanta a ese vehículo y no te vuelvas a detener por nada ni por nadie. Hazlo.
En la voz había tensión, urgencia. Caroline sintió cómo el miedo le subía por la garganta. ¿Qué era aquello? Echó un vistazo al retrovisor y tomó una decisión. Tiró el móvil al asiento del copiloto y agarró el volante con ambas manos. El coche parado era alargado y bajo, y ocupaba la mayor parte del ancho de la calzada, con las ruedas traseras ligeramente separadas del suelo y el capó cayendo en ángulo sobre la zanja. No había mucho espacio para pasar por detrás del maletero, pero podría hacerlo. Tenía que hacerlo.
Pisó el acelerador hasta el fondo. Los neumáticos patinaron sobre la carretera helada, pero al final se agarraron al suelo, y Caroline giró el coche hacia la izquierda. Las ruedas de su lado se levantaron sobre la orilla de la zanja y el coche se levantó peligrosamente. Giró el volante con fuerza otra vez a la derecha y su coche aterrizó de golpe, mirando el lado contrario de la carretera. Caroline giró el volante a la izquierda para enderezarlo y el motor rugió al acelerar.
De repente sintió que empezaba a patinar. Dio vueltas de manera enloquecida al volante en una dirección y luego en la contraria, pero hiciera lo que hiciera, el coche no respondía. Hielo negro, y demasiada velocidad. Recordó que una vez le dijeron que había que dirigir el coche en la dirección en la que patinaba, pero no sentía que esa fuera la acción correcta.
Un nombre apareció de repente en su cabeza. Cayó en quién era quien la había llamado. Pero ¿por qué? Dijo su nombre en voz alta, pero en ese momento ya supo que no había nada que él pudiera hacer. Su mirada fue hacia el espejo, hacia la penumbra del asiento trasero del coche, donde lo único que pudo ver fue el blanco de los ojos grandes y aterrorizados de Natasha.
Pisó el acelerador con fuerza, pero no ocurrió nada. El coche se deslizó de lado, golpeó de nuevo el montículo de la orilla de la zanja, se levantó en ángulo y se dio la vuelta, girando una y otra vez, chocando contra el seto y cayendo al arroyo. El cuerpo roto de Caroline descansó al fin con una mitad fuera de la ventanilla abierta.
El policía conducía por los estrechos caminos disfrutando de un raro momento de paz en los días que precedían a las Navidades. Una llamada anónima había informado de que un coche se había salido de la carretera por aquella zona, pero, según el agente encargado de recibir las llamadas, el denunciante no había podido dar ningún detalle. El policía esperaba que solo se tratara de algún idiota deshaciéndose de su coche porque se había quedado sin gasolina o se había averiado. Ya se había tenido que enfrentar a suficientes borrachos en esta temporada festiva, y un inofensivo cochecito abandonado lo mantendría fuera de la circulación un rato, incluso tal vez hasta el final del turno.
Poco a poco se fue dando cuenta de que su optimismo era infundado. Fueron las luces lo que lo convencieron. Nadie abandonaba su coche con las luces encendidas, y sin embargo, allí delante, él veía una luz blanca inmóvil, muy brillante,...




