E-Book, Spanisch, Band 228, 168 Seiten
Reihe: Educación Hoy
El ABP y la nueva educación a partir de 2020
E-Book, Spanisch, Band 228, 168 Seiten
Reihe: Educación Hoy
ISBN: 978-84-277-2831-8
Verlag: Narcea Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Juan José Vergara es pedagogo, experto en metodologías activas, pero sobre todo docente. Ha desarrollado su labor como profesor en prácticamente todos los niveles y contextos educativos y destaca por sus trabajos sobre cambio escolar e innovación educativa. Actualmente está preocupado especialmente por la capacidad que tiene la innovación educativa para provocar un cambio en los centros y aulas que buscan la equidad y la justicia social. El ABP es el marco que encuentra exitoso para este camino y, sobre este tema ha escrito algunos de los textos de referencia actuales más leídos. Esto le ha llevado a impartir talleres y conferencias en España, México, Argentina, Perú, Chile o Puerto Rico. Es autor del Prólogo Miguel Á. Zabalza, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
Prólogo
Escribir un libro no es fácil. Los que hemos pasado por eso lo sabemos bien. Sin embargo, no es esa la sensación que da Juan José Vergara a lo largo de este trabajo. Se diría que es tan buen comunicador y tiene tanta experiencia en el trabajo por proyectos que las ideas fluyen solas. Y así, el libro te va atrapando con sus preguntas, sus sugerencias, las menciones constantes a asuntos de la vida cotidiana en las aulas por los que todos hemos pasado. El lenguaje es próximo, suasorio, seductor. Probablemente porque se le ve convencido de las cosas que dice y de las iniciativas que propone para mejorar la calidad de la educación. La idea que subyace en el fondo del discurso sobre el enfoque de proyectos es justamente eso, la idea de proyecto, el hecho de que en educación trabajamos siempre, sea cual sea la metodología empleada, bajo la mentalidad de estar llevando a cabo proyectos. Y eso, porque lo propio de toda acción educativa formal es, justamente, la intencionalidad. Los sujetos nos educamos en muchos entornos y a través de la acción de muy diversos agentes (desde nuestras familias al entorno social en que vivimos, los medios de comunicación social, la religión que profesemos, las actividades culturales en que participemos, etc.), pero lo propio de la educación escolar es que se trabaja (o debería hacerse) con proyectos formativos claros y compartidos. Esto es, lejos de la improvisación o del espontaneísmo. Mi espacio de trabajo didáctico ha estado ligado siempre al concepto de currículo. Y lo primero que siempre he querido destacar ante estudiantes y profesores es que cuando hablamos de currículo estamos hablando de eso, de un “proyecto formativo integrado”. La filosofía curricular fue incorporada a nuestra cultura pedagógica con la LOGSE, al inicio de los años 90 y muchos creímos que poseía tal potencia innovadora que sería capaz de transformar la educación. No lo logró, por desgracia, y en mi opinión no lo hizo porque no se logró incorporar esa idea curricular del proyecto formativo a la cultura escolar. Hablar de proyecto (así en general) tiene mucho que ver con los cuatro componentes o características de todo proyecto, sea educativo o de cualquier otro tipo: a) el proyecto requiere una visión de conjunto del proceso que se desea llevar a cabo –importante idea esta de la visión de conjunto porque nos permite dotar de la estructura adecuada a la propuesta que se pretende llevar a cabo sin perderse en momentos aislados y sin discontinuidad entre ellos–; b) el proyecto requiere que esa idea completa del proceso se formalice, es decir, se convierta en un documento en el que se explicite y haga visible el sentido y contenido del proyecto; c) tener ese documento en el que figura el proyecto permite socializarlo y ello es condición esencial para poder conocerlo, compartirlo, para coordinarse, para garantizar la continuidad necesaria entre las diversas fases, para asumirlo a sabiendas del rol que cada uno está llamado a desempeñar en él; d) finalmente, una vez que tenemos un proyecto, ya escrito y compartido, la propuesta que el proyecto contiene se convierte en un compromiso –ante nosotros mismos, ante quienes van a participar en él, ante quienes se verán afectados por su desarrollo–. En educación, los proyectos responden igualmente a esas cuatro condiciones. De haber prosperado esta idea de los proyectos cu-rriculares habríamos ganado en la capacidad de adecuar los proyectos institucionales al contexto de cada institución formativa, en coordinación, en compromiso con el proyecto. Las otras características de los proyectos, referidas ya al ámbito educativo, también resultan fundamentales. En primer lugar, que su contenido sea realmente formativo, esto es, orientado al desarrollo tanto personal como académico (o profesional, en su momento) de nuestros estudiantes. A mejorar ese aspecto han venido los sucesivos modelos y enfoques educativos que han desfilado, con éxito desigual, por nuestra legislación desde las competencias hasta el propio método de proyectos que Juan José Vergara expone en este libro. La idea de la integración resulta redundante hablando de proyectos puesto que estos ya incluyen esa exigencia, pero me parece importante destacar esta condición puesto que representa uno de los puntos débiles de la actual actividad educativa. La tendencia al individualismo es tan fuerte en nuestra cultura escolar que ha acabado por hacer prácticamente imposible la existencia de auténticos proyectos institucionales en los que los docentes nos sintamos integrados y con los que nos sintamos personalmente comprometidos. La idea de trabajar por proyectos que propone este libro, situada en este contexto curricular, resulta muy apetecible y coherente. De hecho, son muchos, y cada vez más, las instituciones que se van incorporando a modelos educativos basados en proyectos. Cada vez es más frecuente encontrarse con instituciones educativas que proponen como modelo educativo propio el trabajo por proyectos. En algunos casos, como modalidad metodológica única de toda la institución; en otros, como opción individual de algunos profesores. Y concuerdo con el autor del libro en que se trata de una estrategia de enseñanza (así prefiere llamarla él) capaz de transformar nuestras instituciones educativas. De hecho, eso es lo que ha sucedido en buena parte de las instituciones que la han adoptado. Estoy algo menos de acuerdo en que eso pueda hacerse a través del trabajo de profesores individuales a los que él se dirige y con los que dialoga en su libro. En mi experiencia, los cambios individuales tienen escasa capacidad de transformación real del ethos institucional. El propio autor se plantea la cuestión de por qué muchas excelentes experiencias individuales de trabajo por proyectos han sido incapaces de cambiar las escuelas donde se llevaron a cabo. En mi opinión, la tendencia a la homeostasis es tan fuerte en las instituciones educativas que se precisa de mucha energía colectiva para superarla y provocar cambios. Por eso resulta tan importante la idea del currículo como proyecto colectivo que dota de identidad formativa a toda la institución. Incluso aunque no todo el profesorado esté llamado a trabajar por proyectos, los proyectos forman parte del modelo educativo común y es esa inserción en el ideario colectivo lo que da sentido global y continuidad en el tiempo a las iniciativas que se llevan a cabo en la institución. Es la institución la que asume como propios los proyectos, la que crea los dispositivos y financia los recursos para que se mantengan. Y, sin que eso asegure su continuidad, sí crea un contexto institucional más propicio a asumirlo como algo propio y que merece la pena defender. La presentación de este libro de Juan José Vergara me encuentra a mí trabajando en otro sobre las coreografías didácticas. Y no lo digo por aprovechar la ocasión para “hablar de lo mío”, discúlpenme. La cuestión es que en él se me plantea esa misma cuestión del dilema entre lo individual y lo colectivo en la enseñanza. No cabe duda de que cada docente posee su propia coreografía a la hora de organizar el ambiente de aprendizaje que ofrece a sus estudiantes, pero a poco que analicemos la situación, enseguida somos conscientes de que la mayor parte de las decisiones que cada profesor puede tomar están muy limitadas por las coreografías institucionales (los invariantes curriculares: tiempos, espacios, expectativas, recursos, formas de relación, organización curricular, etc.). Los proyectos, cuando están bien trabajados, sobrepasan con mucho el ámbito de toma de decisiones de cada profesor individual. O eso creo. En cualquier caso, lo esencial del mensaje que nos transmite este libro es la necesidad de asumir la voluntad de cambio en la docencia. Los docentes como profesionales del cambio. Del cambio personal y cultural en los estudiantes y del cambio funcional en el escenario institucional. Vergara nos dice que el ABP es un “marco estratégico para docentes insatisfechos”. En realidad, todos los docentes deberíamos desempeñar nuestra profesión sanamente insatisfechos; siempre inquietos por encontrar caminos que nos permitan ir mejorando nuestra forma de apoyar a nuestros estudiantes. Eso significa el apelativo de “profesionales reflexivos” al que tanto se acude al hablar del profesorado. Y nos dice, también, que el ABP no es incompatible con otras formas de enseñar y aprender. Y no podría serlo en un contexto tan variado y polícromo como la educación actual. En este mundo complejo y líquido, las formas, formatos y modelos de trabajo son necesariamente variados y deben actuar como constelaciones que interactúan y se refuerzan mutuamente. Joyce y Weil1, referencia permanente a la hora de hablar de modelos de enseñanza, decían hace ya tres décadas que “el progreso de la enseñanza consiste en el dominio creciente...