E-Book, Spanisch, Band 108, 336 Seiten
Para una teoría filosófica de la globalización
E-Book, Spanisch, Band 108, 336 Seiten
Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie mayor
ISBN: 978-84-16208-98-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Peter Sloterdijk (Karlsruhe, Alemania, 1947) , uno de los filósofos contemporáneos más prestigiosas y polémicos, es rector de la Escuela Superior de Información y Creación de Karlsruhe y catedrático de Filosofía de la Cultura y de Teoría de Medios de Comunicación en la Academia Vienesa de las Artes Plásticas. De su extensa obra pueden destacarse, entre otros, su novela El árbol mágico y sus libros ensayísticos El pensador en escena, Eurotaoísmo, Extrañamiento del mundo (Premio Ernst Robert Curtius 1993) y El desprecio de las masas.
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Sobre grandes relatos
El presente ensayo está dedicado a una empresa que no se sabe bien si llamar intempestiva o imposible. En tanto que recapitula la globalización terrestre, se propone suministrar, mediante un gran relato inspirado ?losó?camente, esbozos para una teoría del presente. A quien esta aspiración resulte extraña que considere que si es provocador plantearla, desistir de ella signi?caría derrotismo intelectual. Desde antiguo, el pensamiento ?losó?co pretende decir quiénes somos y qué hemos de hacer; con lo que, desde hace al menos doscientos años, tienen que ver, asimismo, orientaciones de cómo fecharnos en la «historia». La penetración del tiempo en el pensamiento ?losó?co de la vieja Europa sólo ha llevado hasta ahora, sin embargo, a una revisión parcial de los stocks tradicionales. Pero, una vez que parece terminada la era de la sacralización unilateral del tiempo, también el espacio vivido exige sus derechos. Kant, de todos modos, ya era consciente de que el modelo de la razón misma es la orientación en el espacio1. Quien recorre lo su?ciente esa indicación ha de llegar, consecuentemente, a una concepción distinta de la tarea de la actividad ?losó?ca: la ?losofía es su lugar captado en pensamientos. En los momentos en que sabe lo que hace, adopta los rasgos de un debate sobre la situación, en el que participan numerosas disciplinas. Para clari?car la situación son necesarios grandes relatos. Un intento así resulta intempestivo a la vista del consenso dominante entre los intelectuales desde hace una generación: que precisamente tales relatos, los llamados grandes, habrían acabado de una vez por todas. Esta opinión no procede en absoluto de la nada. Se apoya en la plausible convicción de que, a pesar de que quisieran construir a lo grande y general el curso de la «historia», los relatos conocidos de este tipo poseían rasgos insuperablemente provincianos; de que, dominados por prejuicios deterministas, introdujeron furtivamente en el curso de las cosas proyecciones ?nalistas de una desvergonzada linealidad; de que, debido a su eurocentrismo incorregible, estaban conjurados con el pillaje colonialista del mundo; de que, debido a que, de modo claro o encubierto, propugnaban una historia de la gracia o de la salvación, contribuyeron a ocasionar desgracias profanas a gran escala; y de que ahora, ?nalmente, habría que instaurar un pensamiento de índole completamente diferente: un discurso sobre asuntos históricos discreto, polivalente, no totalizador, pero ante todo consciente de su propia condición perspectivista. Bajo este modo de ver las cosas todo es correcto excepto la conclusión ?nal, que casi siempre se orienta en la dirección falsa, resignada. Es verdad que cuando, con sensibilidad contemporánea, dirige su mirada retrospectiva a los textos maestros del relato ?losó?co y a las exégesis clásicas del mundo en movimiento histórico, el historiador de las ideas ha de sacar la impresión de habérselas con un manojo de exageraciones rapsódicas. Lo que hasta ahora se ha llamado ?losofía de la historia fueron, sin excepción, sistemas ilusorios de precipitación. Condujeron siempre a montajes apresurados del material en líneas rectas, trazadas con violencia, como si los pensadores estuvieran afectados por un síndrome de hiperactividad. Por suerte, han pasado los tiempos en los que podían resultar atractivas doctrinas que prometían a sus adeptos, con ayuda de un puñado de conceptos simplistas, abrir de par en par el acceso a la sala de máquinas de la historia universal, cuando no, incluso, a la planta de administración de la torre de Babel. Incluso al lego le sorprende hoy la vanitas de todos los constructos ?losó?co-históricos habidos hasta ahora; hoy, cualquier estudiante que comienza, cualquier galerista ha comprendido con respecto a esos constructos lo su?ciente como para esbozar una cierta sonrisa ante expresiones como «espíritu del mundo», «meta de la historia», «progreso universal». La satisfacción con respecto a esas clari?caciones no dura mucho, dado que el discurso acostumbrado sobre el ?nal de los grandes relatos apunta más allá, no se conforma con rechazar sus simpli?caciones insoportables. ¿No se ha convertido ya él mismo en un cómodo meta-relato? ¿No está ese nuevo mito intelectual inequívocamente en alianza con una sarcástica indolencia que sólo quiere ver en lo amplio algo importuno y en lo grande algo sospechoso de veleidad? ¿No ha seguido durante los últimos decenios a los escépticos posdialécticos y postestructuralistas una parálisis parcial del pensar, cuya forma más suave sería la especialización –enemiga de las ideas, que recorre las ciencias humanas actuales– en historias del detalle, sacadas de archivos recónditos? Si los grandes relatos conocidos hasta ahora –el cristiano, el liberal-progresista, el hegeliano, el marxista, el fascista– se han revelado como intentos inadecuados por hacerse cargo de la complejidad del mundo, este reconocimiento crítico no deslegitima el relato de cosas sucedidas, ni dispensa al pensar del esfuerzo por conseguir una óptica luminosa para los detalles aprehensibles de la totalidad esquiva. ¿No ha signi?cado desde siempre pensar: aceptar el desafío de que lo desmesurado aparezca concreta y objetivamente ante nosotros? Y eso desmesurado, que incita al comportamiento conceptual, ¿no resulta incompatible, por sí mismo, con la naturaleza tranquilizante de lo mediocre? La miseria de los grandes relatos de factura convencional no reside en absoluto en el hecho de que fueran demasiado grandes, sino en que no lo fueron lo suficiente. Obviamente puede discutirse sobre el sentido de «grande». Para nosotros «su?cientemente grande» signi?ca: más cerca del polo de la desmesura. «... Y ¿qué signi?caría pensar si no se midiera incesantemente con el caos?»2 Los esbozos presentados aquí son un ?anco adyacente del «proyectoEsferas», que representa un amplio intento de con?gurar juntos lo narrativo y lo ?losó?co de un modo en parte neo-escéptico, en parte neo-morfológico3. En la elaboración del proyecto –los tres volúmenes existen completos desde 2004– se hizo una relación del desarrollo del motivo: esfera tanto en la cosmología ?losó?ca como en la teología de la vieja Europa; se examinaron con cierto detenimiento sus implicaciones dinámicas y su fuerza antropológica con?gurativa. Al hacerlo salió a la luz, entre otras cosas, el alto valor de uso psicosemántico o religioso de las especulaciones clásicas sobre la esfera. Los antiguos descubrieron en la esfera envolvente una geometría de inmunidad; en ésta se desarrolló, como había que mostrar, el poderoso movens de las producciones metafísicas o totalistas de imagen de mundo. El amplio relato desplegado en Esferas II, Globos, de las esferas de Dios y globos de universo puso al descubierto los motivos por los que esas formas excelsas imaginarias de la totalidad estaban condenadas a su desaparición en la Época Moderna4, mientras que el emplazamiento humano, el planeta Terra, se resaltaba más explícitamente cada vez. En un amanecer, que duró siglos, fue apareciendo la Tierra como el globo único y real, fundamento de todos los contextos de vida, mientras casi todo lo que hasta entonces valía como cielo acompañante, lleno de sentido, se fue vaciando. Este hado fatal de la Tierra, generado por prácticas humanas, acompañado de una des-realización simultánea de las esferas numinosas, antes vitales, no proporciona sólo el mero trasfondo del acontecer que hoy se llama «globalización», sino que constituye el drama mismo de la globalización. Su núcleo está en la observación de que las condiciones de inmunidad humana se transforman de raíz en la Tierra descubierta, redi?cada, singularizada. Si la presente exposición, a diferencia de otras aproximaciones al tema, acentúa su aspecto ?losó?co, lo hace apelando al hecho, poco considerado hasta ahora, de que el objeto histórico en cuestión, el globo terrestre, está lleno de mosquitos metafísicos que gustan ocultarse bajo la apariencia de lo habitual. Él representa un bastardo geográ?co-?losó?co, de cuyas peculiaridades lógicas y físicas no es tarea fácil formarse un concepto. Es verdad que, en principio, el oprimido globo azul, con manchas amarillentas de sabana, ya no parece que sea algo así como una cosa entre cosas, como un pequeño cuerpo entre cuerpos que hacen girar hombres de Estado y niños de escuela con un movimiento de la mano; a la vez ha de reproducir la totalidad singular o la mónada geológica que sirve de base a toda vida, pensamiento e invención. Dicha cuestión terrestre por el emplazamiento es la que, durante el curso de la modernización, se desarrolla cada vez con mayor compromiso: mientras que en la imagen del cosmos de la Antigüedad la Tierra se representó paradójicamente como el centro marginal de un universo sólo observable para nosotros desde dentro, los modernos la perciben como una bola excéntrica de cuya redondez podemos convencernos nosotros mismos desde una perspectiva exterior. Esto generará consecuencias imprevisibles para la «imagen de mundo» de las generaciones posteriores a Mercator. El «monogeísmo», la convicción de la unicidad de este planeta, se nos muestra como un dato diariamente rejuvenecido, mientras que el monoteísmo ya no puede representar para ningún futuro más que una tesis dogmática caduca, que no puede actualizarse realmente ni siquiera con la ayuda de las bombas santurronas procedentes del Próximo Oriente. Las...