Lenz | El barco faro | E-Book | www2.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 118, 288 Seiten

Reihe: Impedimenta

Lenz El barco faro


1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-16542-05-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 118, 288 Seiten

Reihe: Impedimenta

ISBN: 978-84-16542-05-5
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Siegfried Lenz es, junto con Heinrich Böll y Günter Grass, el más reconocido autor literario alemán de la segunda mitad del siglo XX. 'El barco faro', la novella que encabeza este soberbio volumen de relatos, es una de sus obras más míticas, nunca hasta ahora traducida al castellano. Han pasado nueve años desde el final de la segunda guerra mundial. Los tripulantes de un barco faro antiminas, anclado en el mar Báltico, se preparan para afrontar su última guardia. Pero en esa última noche, su paz se interrumpe. Freytag, el capitán del barco, permite subir a tres hombres cuya embarcación se ha averiado, y con ellos, un cargamento ilegal de armas. Los tres delincuentes, encabezados por un siniestro doctor de nombre Caspary, toman como rehenes a los tripulantes del barco faro. La tensión es palpable, sobre todo cuando sale a relucir un episodio poco honorable de Freytag durante la guerra. Obra alegórica sobre el bien y el mal, sobre el deber y la culpa, sobre las deudas del pasado, El barco faro es una de las cumbres de la narrativa alemana de posguerra, y una de las obras maestras de un autor fundamental de la literatura europea.

Siegfried Lenz nació en 1926 en Lyck, una pequeña ciudad de la región lacustre de Masuria, Prusia Oriental, hoy E?k, perteneciente a Polonia.
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Un amigo del gobierno


Invitaron a los periodistas a pasar un fin de semana para enseñarles in situ cuántos amigos tenía el Gobierno. Querían demostrarnos que todo lo que se escribía sobre aquella zona conflictiva no era cierto: ni las torturas ni la pobreza y, sobre todo, tampoco la rabiosa demanda de independencia. Así que nos invitaron muy amablemente, y un funcionario igual de amable, vestido de forma impoluta, nos recibió detrás de la ópera y nos condujo hasta el autobús oficial. Era un vehículo nuevo; nos envolvió un olor a cuero y a pintura, una música ligera de radio y, cuando el autobús arrancó, el funcionario cogió el micrófono del soporte, rascó la rejilla con la uña y nos volvió a dar la bienvenida con voz suave. Se presentó modestamente —«Me llamo Garek», dijo—; luego fue haciendo referencia a los lugares más hermosos de la capital, mencionó los nombres y el número de parques y nos explicó la arquitectura de la colonia de viviendas que, situada en una colina calcárea, resplandecía bajo la luz temprana.

Tras cruzar la capital la carretera se bifurcó; perdimos la proximidad del mar y avanzamos tierra adentro, junto a campos sembrados de piedras y laderas marrones; nos dirigimos hacia un barranco y recorrimos su lecho hasta llegar a un puente que cruzaba el cauce de un río seco. En el puente había un joven soldado que, con una especie de ternura desenvuelta, sujetaba una pistola ametralladora ligera, y nos saludó alegremente cuando pasamos a su lado. También en el lecho del río seco, entre los guijarros, había dos jóvenes soldados, y Garek explicó que estábamos pasando por una zona de maniobras muy frecuentada.

Subimos por una carretera serpenteante, atravesamos una calurosa llanura, y por las ventanas abiertas entraban finas partículas de cal que irritaban los ojos; sabor a cal en los labios. Nos quitamos las americanas. Solo Garek se dejó la suya puesta; seguía con el micrófono en la mano, explicando con voz suave los planes elaborados por el Gobierno para cultivar aquella tierra muerta. Vi que mi compañero de asiento había cerrado los ojos y apoyado la cabeza; tenía los labios secos y pálidos como la cal, las arterias de las manos, que reposaban sobre el asidero niquelado, sobresalían azuladas. Quise darle un ligero codazo, pues de vez en cuando una mirada nos alcanzaba desde el retrovisor, la mirada melancólica de Garek, pero mientras me lo seguía pensando, Garek se levantó, atravesó sonriente el estrecho pasillo hasta la parte de atrás y se puso a repartir pajitas y bebidas frías en bolsas de papel encerado.

Cerca del mediodía atravesamos un pueblo; las ventanas estaban claveteadas con trozos de cajas de madera; las vallas abandonadas, hechas con ramas secas, tenían agujeros y habían vencido por la fuerza del viento de la llanura. En las azoteas no había ropa tendida. La fuente estaba tapada; ningún ladrido nos persiguió y por ningún sitio asomó un rostro. El autobús pasó de largo sin reducir la velocidad, arrastrando tras de sí una nube de cal gris, gris como una nube de resignación.

Garek volvió a atravesar el pasillo hasta la parte de atrás, repartió unos emparedados, nos animó afablemente y prometió que ya no quedaba tanto para llegar a nuestro destino. El terreno se volvió montuoso, almagrero; ahora estaba cubierto de grandes piedras, entre las que crecían pequeñas latas descoloridas. La carretera descendió y atravesamos una abertura similar a un túnel. Los huecos redondos de los barrenos arrojaban sombras oblicuas sobre las paredes de piedra reventada. Una quemazón sólida penetró en el autobús. Luego la carretera se abrió: vimos un valle dividido por un río y el pueblo junto a él.

Garek nos hizo una señal, mezcla de anuncio y orden; nos pusimos las americanas, el autobús fue aminorando la marcha y se detuvo en una plaza encostrada de barro, ante una casa humilde, encalada con esmero. La cal deslumbraba tanto que, al bajar, los ojos nos dolían. Nos colocamos a la sombra del autobús y tiramos los cigarrillos. Con los ojos arrugados miramos hacia la casa y esperamos a Garek, que había desaparecido en su interior.

Tardó algunos minutos en volver a salir, pero salió, trayendo consigo a un hombre que ninguno de nosotros había visto antes.

—Este es Bela Bonzo —dijo Garek señalando a aquel hombre—. El señor Bonzo estaba ocupado con una faena doméstica, pero responderá encantado a todas sus preguntas.

Miramos directamente a Bonzo, que soportó nuestras miradas bajando un poco el rostro. Tenía una cara vieja, gris polvo; unas arrugas profundas y negruzcas le surcaban la nuca; tenía el labio superior hinchado. Bonzo, al que acababan de sorprender en una faena doméstica, estaba primorosamente peinado, y las costras de sangre en su cuello viejo y enjuto delataban un afeitado intenso y pulcro. Llevaba una camisa de algodón limpia y unos pantalones de algodón que eran demasiado cortos y apenas le llegaban a los tobillos; tenía los pies metidos en unas botas nuevas de cuero amarillento sin curtir, como las que llevan los reclutas.

Saludamos a Bela Bonzo, le dimos la mano uno por uno, luego él asintió y nos condujo al interior de su casa. Nos cedió el paso y fuimos entrando en un recibidor fresco, donde nos esperaba una mujer mayor; no se le podía ver el rostro, solo el pañuelo que llevaba en la cabeza brillaba en la penumbra. El viejo nos ofreció frutos exóticos, grandes como puños, tenían una carne jugosa de brillo rojizo, tanto que al principio tuve la sensación de estar mordiendo una herida abierta.

Volvimos a salir a la plaza embarrada. Junto al autobús había unos niños descalzos; observaban a Bonzo con una atención desmedida, sin moverse ni hablar entre ellos. Sus miradas nunca alcanzaban a ninguno de nosotros. Bonzo esbozó una sonrisa de misteriosa satisfacción.

—¿Tiene usted hijos? —preguntó Pottgiesser.

Esa fue la primera pregunta, y Bonzo respondió sonriendo:

—Sí, claro que sí, tuve un hijo. Justo estamos intentando olvidarlo. Se rebeló contra el Gobierno. Era un holgazán, nunca sirvió para nada y, para llegar a algo en la vida, se unió a los saboteadores que andan por ahí alborotando. Luchan contra el Gobierno porque creen que pueden hacerlo mejor.

Bonzo habló en tono firme, con ligera vehemencia; mientras hablaba vi que le faltaban los incisivos.

—Puede que lo hicieran mejor —dijo Pottgiesser.

Garek sonrió complacido al oír estas palabras y Bonzo respondió:

—Todos los Gobiernos tienen en común que hay que soportarlos, a unos más y a otros menos. A este Gobierno lo conocemos, del otro solo conocemos sus promesas.

Los niños intercambiaron una larga mirada.

—En todo caso, la mayor promesa es la independencia —dijo Bleiguth.

—Pero la independencia no se come —contestó Bonzo sonriendo—. De qué nos sirve la independencia si el país empobrece. En cambio, este Gobierno nos ha garantizado las exportaciones. Se ha encargado de construir carreteras, hospitales y escuelas. Ha cultivado las tierras y seguirá cultivándolas todavía más. Además nos ha dado el derecho a voto.

Un movimiento recorrió el grupo de niños, que se agarraron de las manos y adelantaron un paso sin querer. Bonzo bajó el rostro, esbozó su sonrisa de misteriosa satisfacción y, al subir la cabeza, buscó con la mirada a Garek, que aguardaba humildemente por detrás de nosotros.

—Al fin y al cabo —dijo Bonzo sin que le hubiesen preguntado—, para ser independiente también hace falta cierta madurez. Seguramente no sabríamos qué hacer con la independencia. También para los pueblos hay una mayoría de edad, y nosotros aún no la hemos alcanzado. Yo soy amigo de este Gobierno porque, a pesar de nuestra inmadurez, no nos ha dejado en la estacada. Y si quieren que les diga la verdad, eso es de agradecer.

Garek se alejó hacia el autobús, Bonzo lo observó atentamente, esperó hasta que la pesada puerta del vehículo se hubo cerrado y solo nosotros quedamos allí, en la plaza seca y embarrada. Estábamos en confianza y Finke, el de la radio, se dirigió a Bonzo con una pregunta rápida:

—¿Qué es lo que ocurre realmente? Rápido, estamos solos.

Bonzo tragó saliva, miró a Finke con una expresión de asombro y extrañeza y dijo lentamente:

—No entiendo su pregunta.

—Ahora podemos hablar sinceramente —explicó Finke presuroso.

—Sinceramente… —repitió Bonzo pensativo, mostrando una amplia sonrisa que descubrió las mellas de su dentadura.

»Lo que he dicho es lo bastante sincero: somos amigos de este Gobierno, tanto mi mujer como yo, porque todo lo que somos y lo que hemos conseguido lo hemos logrado con su ayuda. Por eso estamos agradecidos. Ya saben lo raro que es estar agradecido a un Gobierno por algo…, nosotros lo estamos. Y también mi vecino está agradecido, lo mismo que esos niños de ahí y todos los habitantes del pueblo. Llamen a cualquier puerta, en todas partes verán lo agradecidos que estamos al Gobierno.

De pronto Gum, un periodista joven y pálido, se acercó a Bonzo y susurró:

—Tengo datos fiables de que su hijo está detenido y ha sido torturado en una cárcel de la capital. ¿Qué tiene usted que decir a esto?

Bonzo cerró los ojos, en sus párpados había polvo de cal; sonriendo, contestó:

—No tengo ningún hijo, por eso no puede haber sido torturado. Somos amigos del Gobierno, ¿me oye? Soy un amigo del Gobierno.

Se encendió un cigarrillo torcido, liado por él mismo,...



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