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E-Book, Spanisch, 124 Seiten

Knott Desaprender

Caminos del pensamiento de Hannah Arendt

E-Book, Spanisch, 124 Seiten

ISBN: 978-84-254-3754-0
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection



En este lúcido ensayo sobre el pensamiento y la persona de Hannah Arendt, Marie Luise Knott indaga en las estrategias que esta filósofa utilizó para lograr la libertad intelectual en el contexto histórico que vivió. Según Knott, en el corazón mismo de su controvertida teoría sobre la banalidad del mal subyace una visión del mundo muy distinta a la de sus contemporáneos, que nadie antes se había atrevido a explorar. En su esfuerzo por trascender los viejos patrones filosóficos y culturales que habían degenerado en el horror y mostrado su esterilidad, Arendt se dispuso a 'desaprenderlos' para poder ver las cosas desde una perspectiva totalmente renovada y conquistar así nuevos terrenos de libertad. Para ello recorrió nuevos caminos de pensamiento que Knott analiza en cuatro acciones: reír, traducir, perdonar y dramatizar.

Marie Luise Knott (Colonia, 1953) estudió lenguas romances y Ciencias Políticas en Colonia y Constanza. Vive en Berlín como periodista independiente, traductora y autora. Durante muchos años trabajó como traductora, editora y periodista; más tarde dirigió la edición alemana de Le monde diplomatique. Desde 1986, investiga y escribe sobre la obra y el pensamiento de Hannah Arendt. Es autora de diversos escritos sobre arte y literatura, un estudio sobre Hannah Arendt y la poesía, así como de la edición de la correspondencia entre Hannah Arendt y Gershom Scholem, 1939-1964.
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Reír
Cómo el espíritu de pronto
toma otra dirección Quien oye los discursos que de tu casa salen, se ríe; pero quien te ve, echa mano al cuchillo.

BERTOLT BRECHT En 1963, después de aparecer su reportaje sobre Eichmann, Hannah Arendt fue atacada con dureza en todo el mundo; es más, fue «excomulgada» del judaísmo (Amos Elon). Los desencadenantes de esta risa fueron los protocolos de la toma de declaración a Adolf Eichmann, anterior teniente coronel de las fuerzas de asalto de las SS que, como director de la ponencia del nacionalsocialismo sobre «Asuntos judíos, asuntos de limpieza», había organizado las deportaciones a los campos de destrucción. Eichmann, después de la guerra, había vivido en Argentina con una identidad falsa, hasta que en 1960 el servicio secreto de Israel lo secuestró y lo condujo a Jerusalén, donde fue sometido a juicio «por crimen contra el pueblo judío» y «crimen contra la humanidad». En los preludios del proceso había sido descrito como «perversa personalidad sádica» y «antisemita fanático»; según se decía, en él iba unido «el insaciable instinto de muerte» con «una inflexible fidelidad al deber». Y precisamente a este agente nazi, tal como estaba sentado en la vitrina, le daba Hannah Arendt en su relato sobre el proceso el calificativo de «bufón», que por sí mismo no había obtenido sentido ni orientación en su vida. Las acciones le parecían monstruosas, pero el actor le daba la impresión de un hombre demasiado normal y perteneciente al término medio. Arendt lo describía así: Eichmann no era Yago, ni Macbeth, y nada habría estado más lejos de él que decidirse con Ricardo III a ser un malvado. Fuera de la disposición extraordinaria a hacer todo lo que podía ser útil a su medro, no tenía ningún móvil; y tampoco ese celo era en sí criminal; sin duda él no habría matado a ningún superior para ocupar su lugar. Manteniéndonos en el lenguaje cotidiano, nunca se hizo una idea de lo que propiamente estaba cometiendo.2 Arendt viajó muy gustosa a Jerusalén en 1961, por encargo de la revista The New Yorker, para informar sobre el proceso contra Adolf Eichmann. En el tiempo en que comenzaban a prescribir en Alemania los delitos de los nacionalsocialistas se acumularon muchas preguntas candentes: ¿cómo podían enfocarse en el plano jurídico las acciones de Eichmann? ¿Cómo podían abordarse en el juicio si propiamente no había ningún castigo adecuado? Por otro lado: ¿por qué tantos reos habían quedado sin castigo? ¿Qué instituciones estaban dispuestas a perseguir esas acciones y cuáles estaban legitimadas para hacerlo? A la postre, en la República Federal de Alemania antiguos nazis ocupaban la mayoría de las altas instancias judiciales. ¿Podía un tribunal israelita juzgar sobre acciones que se habían producido antes de la fundación del Estado, y ni siquiera habían ocurrido en el actual territorio estatal, aunque los delitos se hubieran cometido contra el pueblo judío? A esto se añadía que Hannah Arendt solo conocía los procesos de Nuremberg por la prensa y por relatos de amigos y conocidos que en 1945 habían tomado parte en el tribunal militar internacional. Quería estar presente físicamente en un proceso contra un agente nazi. Le gustaba estar ante una persona así. La Hannah Arendt que en 1961 viajaba a Jerusalén no era una desconocida. Se trataba de una ciudadana estadounidense y de una defensora de los derechos cívicos, que criticaba la sociedad israelita no secular con dos tipos de ciudadanos; ella era una antigua alemana que se había sustraído a la destrucción planificada, que esperaba en Eichmann lo monstruoso y encontró en él lo «maquinal»; era una judía que en la guerra había abogado por una armada de todos los judíos contra Hitler, y que en el proceso se indignó por las preguntas del fiscal del Estado a los sobrevivientes. Para Arendt era «cruel y necia» su pregunta: «¿Por qué no os habéis rebelado?»; cruel porque esta pregunta situaba de nuevo a los testigos ante la impotencia experimentada, y necia porque en el proceso la pregunta y la respuesta afirmaban que la historia tuvo que transcurrir así y no pudo desarrollarse de otro modo. El informe de Hannah Arendt sobre el proceso de Eichmann, que apareció en 1963 como serie en The New Yorker y poco tiempo después como libro, era un escándalo; un escándalo que no se reducía a los círculos judíos. Hannah criticó la dirección judía del proceso, pero aplaudió la pena de muerte. Se le acusó de «trivializar» los crímenes de los nazis. Muchos se indignaron, pues esas acciones no eran «banales». Distintos representantes judíos se sentían especialmente heridos por las siguientes palabras, citadas por numerosos críticos: Toda la verdad estaba en que, en el pueblo judío, si este hubiese estado realmente desorganizado y sin guía, habría habido caos y mucha miseria, pero el número total de las víctimas apenas habría ascendido a cuatro millones y medio o seis millones de personas.3 Según el ataque de Gershom Scholem, con ello Arendt suponía que hubo una participación judía en la matanza de los judíos.4 No podemos tratar aquí las diferencias y tergiversaciones en ambas partes de la controversia, como tampoco podemos abordar la pregunta de si de hecho el libro produjo tal excitación porque constituía una «agresión contra “mentiras” de la vida» (Jaspers). También ha de quedar abierta la pregunta de si las declaraciones de Eichmann en Israel fueron una escenificación de su propia persona, con tal habilidad que Arendt se dejó engañar por ella. Dejamos sin tratar, asimismo, la cuestión de si en la situación de entonces los representantes judíos tenían de hecho otras posibilidades de acción, como suponía Arendt. Ella, experta en teoría de la acción política, se ocupaba en su informe de la amenazada capacidad de acción. Se preguntaba si en una situación totalitaria hay momentos en que no actuar se convierte en actuación. Y, por otra parte, hemos de preguntar: con base en las experiencias descritas en el proceso, ¿hay que reflexionar de nuevo acerca de si, después de 1941, una disolución de los órganos de representación judía, o sea, una dispersión (rebelde) de la dirección del pueblo judío, habría impedido algo?5 Hoy, en el año 2010, aún más que en el estado de ánimo de 1963, es cosa manifiesta en qué medida Arendt se preocupó del destino de Israel. «Yo daba vueltas al pensamiento de una segunda divisa: “¿en qué medida está mal protegido Israel? Falsos amigos vigilan sus puertas desde fuera, y en el interior reinan la extravagancia y el temor”, recordando a Heine, El rabino de Bacharach. ¿Qué opina usted?», escribió el 6 de abril de 1964 a Klaus Piper.6 Frente a esto, Arendt formuló la hipótesis de que durante la guerra «solo habría ayudado una “normalización” de la posición judía, o sea, una declaración fáctica de la guerra, la creación de una armada judía con palestinos judíos y otros carentes de Estado en todo el mundo, y el reconocimiento del pueblo judío como nación beligerante».7 En cambio, un Estado que sin cesar hacía declarar a sus testigos que ellos no habrían podido disponer y ejecutar nada, ponía en tela de juicio la facultad fundamental del hombre para actuar. Arendt veía amenazada en la persona de Eichmann esta facultad de una manera por completo distinta: Quiero tratar el tema de Eichmann porque lo conozco. Y en primer lugar voy a decir lo siguiente: mire usted la colaboración, cuando muchos actúan juntos surge el poder. Mientras estamos solos, somos impotentes, con independencia de cuán fuertes seamos. Ese sentimiento de poder, que surge en la acción conjunta, en sí no es malo en absoluto, es humano en general. Y tampoco es bueno. Es neutral sin más. Se trata de algo que constituye un fenómeno, un fenómeno universalmente humano, que ha de describirse como tal. En esta acción hay un manifiesto sentimiento de agrado. No quiero llenar el texto de citas, durante horas podría aducir citas de la revolución americana. Y diría que la auténtica perversión de la acción es el funcionar, que en este funcionar todavía está presente el sentimiento de agrado, pero que en él está ausente lo que se da en la acción, también en la acción conjunta, a saber: que deliberamos juntos, llegamos a determinadas decisiones, asumimos la responsabilidad y reflexionamos sobre lo que hacemos. Tiene usted aquí el puro punto muerto. Y el agrado por ese puro funcionar, esta complacencia, era muy evidente en Eichmann.8 El peligro aquí expresado del «agrado en el funcionamiento» no se había evidenciado a la mayoría de los lectores de Eichmann en Jerusalén. Arendt fue atacada entonces con dureza ante todo por su tono irónico. En su «reportaje» describía a Eichmann según la impresión que había tenido de él: como un asesino de masas «sin motivo», que mataba porque «eso formaba parte de su carrera».9 El conocimiento de que los criminales nazis eran hombres provocaba una confusión tremenda. El Eichmann con el que Hannah Arendt se encontró en el proceso no correspondía a ninguna de sus representaciones. Él la irritaba y ella se dejó irritar. Se encontró con un hombre que en las declaraciones afirmaba con solemnidad no haber tenido nunca intenciones malas y asesinas, con un jefe de las SS y un organizador del asesinato de los judíos que, sin duda, «lamentaba» no haber podido...


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