E-Book, Spanisch, 416 Seiten
Reihe: La Biblia y las mujeres
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Reihe: La Biblia y las mujeres
ISBN: 978-84-9073-220-5
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
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La Biblia, las mujeres y la crisis de la Europa moderna
Adriana Valerio Universidad de Nápoles Federico II La Biblia y su autoridad constituyen el nudo del problema en torno al que se construye la Edad Moderna. La relación con los textos sagrados y con su correcta interpretación divide a la cristiandad y a Europa y provoca enfrentamientos entre las confesiones religiosas que se inspiran en ellos de formas diferentes, con elaboraciones doctrinales y praxis eclesiológicas igualmente diferentes. Además, a partir de las Anotaciones (1444) de Lorenzo Valla1 y de la lectura crítica que este hace de la Biblia, el pensamiento laico empieza a dar sus primeros pasos. El enfoque filológico, la sensibilidad histórica y las nuevas premisas filosóficas que nacen del humanismo y desembocarán en el iluminismo marcan en este sentido un lento y complejo recorrido de autonomía respecto a las autoridades eclesiásticas, abriendo el camino al método histórico-crítico del siglo XIX. Es difícil valorar la aportación de las mujeres al nacimiento de la Europa moderna. Indudablemente han sido tan protagonistas como víctimas de enfrentamientos ideológicos e institucionales que han caracterizado el proceso de constitución de ese conjunto de valores e ideales que posteriormente llevaron a la afirmación del sujeto humano en su diferenciación. Hay que señalar que los siglos que he analizado (XV-XVII) son cruciales para la historia del gender, puesto que en ellos se colocan los elementos básicos de la construcción de la identidad de los dos sexos, ambos atentos a reflexionar acerca de las características de la naturaleza masculina y la femenina a través de polémicas a distancia, irónicas y a veces agrias. También en este caso la Biblia constituye el terreno de debate y enfrentamiento en que cada uno defiende sus propios planteamientos. Disputas, tratados, diálogos y libelos satíricos debaten acerca de la igualdad o desigualdad asimétrica entre los sexos y constituyen un repertorio de obras que penetran a fondo en las Sagradas Escrituras. En relación con este tema, recordemos las reflexiones de la estudiosa y erudita Isotta Nogarola (1418-1466), que en su obra De pari aut impari Evae atque Adae peccato2 mantuvo un diálogo público con el literato Ludovico Foscarini para rescatar a la mujer del peso del pecado original, que en su opinión se produjo por deseo de conocimiento y no por sed de poder: «Eva... non appetivit se esse Deo similem in potentia, sed in scientia tantum boni et mali»3. Las obras conocidas como Querelle des Femmes, y que a partir de las de Christine da Pizan (Le Dit de la Rose, 1401 y Le Livre de la cité des dames, 1401-1405) recorren toda la Edad Moderna4, aparecen recogidas en un tomo específico de la colección y constituyen tan solo el marco del estudio que aquí presentamos y que se propone descubrir las diferentes facetas de la actitud crítica de las mujeres ante el texto sagrado en los países del área católica (Italia, España, Portugal, Francia, Austria), antes y después del Concilio de Trento (1545-1563). 1. La Biblia, las mujeres y las demandas de reforma
1.1. El texto sagrado accesible a las mujeres
También en el humanismo, siguiendo la tónica de la edad antigua y media, la Biblia sigue siendo el horizonte en el que las mujeres y los varones buscan el significado de su existencia, pero con una sensibilidad espiritual específica, que nace de la necesidad cada vez más imperiosa de nutrirse directamente de los textos sagrados acogidos en su inmediatez. A las exigencias de la Devotio moderna, orientada hacia una difusión y comprensión de la Escritura más amplias, en que participan también los laicos a través del uso de la lengua vulgar, corresponde la preocupación de algunos intelectuales por una correcta interpretación de las fuentes cristianas (bíblicas y patrísticas) a través de métodos filológicos adecuados. La lengua materna –que ya en el siglo XIII se estaba formando y afirmando– aparece, sobre todo ante muchos humanistas, como la mediación lingüística necesaria para comprender las verdades de la fe, dejando el latín para las sutiles disquisiciones académicas. Por lo tanto, a lo largo del siglo XVI, la necesidad de volver a la originalidad del texto bíblico está en estrecha relación con las exigencias de hacerlo accesible a todos... incluidas las mujeres. Además, la revolución producida por la invención de la imprenta favorece la difusión de libros para uso privado y estos llegan a un público cada vez más amplio. No es casual el hecho de que el primer libro editado por Johan Gutenberg sea la Biblia latina (1454-1456), seguida, diez años después, por una traducción alemana realizada por Johann Mentelin, con un éxito editorial de extraordinaria relevancia. Fue, por lo tanto, inevitable que se abriera en Europa un debate aún más vivo que en el pasado acerca de la posibilidad de consentir a los laicos el uso de la Biblia en vulgar (extractos o libros separados), sobre todo tras los fracasos de los siglos anteriores de comunidades (primero valdenses y husitas y luego lolardas) condenadas como heréticas también porque sostenían y favorecían esa praxis de lectura. Poner al creyente en contacto con la palabra viva del texto sagrado, en efecto, producía no pocas preocupaciones en la institución eclesiástica, que, a través de las vulgarizaciones, temía una interpretación personal en perjuicio de la de la Iglesia y de la tradición. La primera traducción integral de la Biblia en Italia, por obra de Nicolò Malerbi (Venecia 1471), expresaba abiertamente la voluntad de preparar un texto comprensible sin establecer «ninguna diferencia entre varón y mujer ni entre personas de diferentes edades»5. También Erasmo subraya, en su traducción de la edición del Nuevo Testamento (Paraclesis, 1516), la urgencia del retorno a la centralidad de la Escritura en lengua hablada, con el fin de que esta constituya, para cada cristiano, una ocasión de conocimiento directo y renovación interior. El mensaje de Cristo se dirige a cada uno sin distinciones de sexo o de clase social, para que todos comprendan: «quisiera que todas las mujercitas (muliercules) leyesen el Evangelio y las cartas paulinas»6. Se refiere a las mismas «mujercitas» a las que se había referido Jean Gerson (De laude scriptorum, 1423)7 al solicitar la traducción de la Escritura al lenguaje vulgar, y a las que se había dirigido Jerónimo Savonarola para su renovatio ecclesiae que había fundamentado en la centralidad y en el estudio de la Biblia8. Por otra parte, el programa de reforma de la Iglesia, presentado a León X por Paolo Giustiniani y Pietro Quirini (Libellus ad Leonem X, 1513), que consideraba importante acercar a los fieles el texto sagrado, representaba el espejo de una exigencia extendida: traducir la Biblia a las lenguas nacionales. Por este motivo en el transcurso de pocos años Lutero publicará el Nuevo Testamento (1522) y la Biblia completa (1534) en alemán, Lefèvre d’Etaples los Evangelios en francés (1523), William Tyndale el Nuevo Testamento (1526) y el Pentateuco (1530) en inglés9. También Antonio Brucioli10, en la premisa a la versión italiana del Nuevo Testamento de 1530, vuelve a insistir en la presencia insustituible de la Biblia en la fe cristiana y en la necesidad de su traducción con el fin de que incluso «una mujer o un zapatero» puedan entenderla con sencillez de corazón11. Aparece, por lo tanto, una estrecha relación entre la reforma de la Iglesia y el uso de la lengua vulgar. La Biblia y sus traducciones se manifiestan como el corazón vivo de este cambio necesario y abierto a una participación cada vez mayor de los laicos y se convierten no solo en la prueba de tornasol de su amplia difusión y comprensión entre las mujeres, sino también en el escollo para la deseada renovación de la vida cristiana. No sorprende, por lo tanto, que entre finales del siglo XV y mediados del XVI, Italia, atravesada por los movimientos de reforma, se coloque en el segundo lugar, después de Alemania, en la impresión de Biblias y de leccionarios en lengua vulgar, confirmando un hábito de lectura ampliamente difundido12. Tampoco sorprende que el benedictino Massimo Teofilo, autor de una traducción del Nuevo Testamento al vulgar toscano (Lyon, 1551), todavía tenga que defenderse ante la Inquisición romana por haber permitido con su obra el acceso a la Revelación a los laicos incultos (los puercos a los que no se debe echar las perlas, Mt 7,6) engendrando en ellos soberbia y crítica a la autoridad13. Entender la Escritura con pureza de corazón y no con la arrogancia de la ciencia porque «el Evangelio es revelado a los sencillos» (Mt 11,25) es también un tema paulino recogido por la mística femenina, que siente que ocupa, precisamente en su condición de debilidad y de ignorancia, un lugar privilegiado: «Ha escogido Dios más bien a los locos del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios a los débiles del mundo, para confundir a los fuertes […] para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios» (1 Cor 1,27-29). Lo saben muy bien las religiosas que en el interior...