E-Book, Spanisch, 280 Seiten
ISBN: 978-959-304-368-7
Verlag: RUTH
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Rebeca Chávez (Bayamo, Granma, 1946). Cineasta y crítica de cine. En su carrera destaca su colaboración como investigadora, guionista y asistente de dirección por más de ocho años junto al documentalista Santiago Álvarez. 1966. Se gradúa de Licenciatura en Historia por la Universidad de Oriente. 1964. Funda el tabloide cultural Cultura 64 en Santiago de Cuba, que dirige hasta 1966. 1966-1970. Es secretaria de la Redacción de la revista Revolución y Cultura. 1968. Participa como guionista en un equipo interdisciplinario que concibe el montaje de exposiciones interactivas para acontecimientos como el Congreso Cultural de la Habana, el Centenario del inicio de la Guerra de Independencia, la Expo Salón 70 y Che: la Batalla de Santa Clara. 1974. Se vincula al Icaic como crítica de cine. Entre sus más de quince documentales, destacan: Buscando a Chano Pozo (1987), sobre ese legendario jazzista cubano; Silencio... se filma Fresa y chocolate (1994), retrato sobre el cineasta Tomás Gutiérrez y la experiencia de filmación de esa película; la trilogía La guerrilla del Che en Bolivia («Una más entre ellos», «Entre leyendas» y «Octubre del 67»), episodios de las acciones y memoria de los cubanos sobrevivientes de esa experiencia. Esa invencible esperanza (1986), indagación con Frei Betto, fraile dominico sobre el vínculo de la religión, la Revolución y la política en Brasil, todos con numerosos premios cubanos e internacionales, en países como Brasil, Puerto Rico y Alemania. En sus trabajos se destacan el largometraje Con todo mi amor, Rita (2001), sobre Rita Montaner, principal figura femenina del arte cubano en el siglo xx, premio a la mejor dirección por la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; Cuando Sindo Garay visitó a Emiliano Blez (2002), sobre dos figuras esenciales de la música popular cubana. En 2004, realizó tres de los siete capítulos de la serie Cuba, Caminos de Revolución: «Momentos con Fidel», «Entre el arte y la cultura» y «Antes del 59», coproducida entre Cuba y España en 2007. Fue responsable del diseño general de la serie Historias de la música cubana, en la que además dirigió el capítulo «Decir con Feeling» (2000). Con Luneta número uno (2012) cierra un ciclo que aborda las relaciones y límites entre la cultura y la política en Cuba. Luego filma El día más largo (2013). Antes de Ciudad en rojo (2008), su primer largometraje de ficción, su trabajo más conocido en ficción es el corto La fidelidad (1992), también con numerosos reconocimientos. Su más reciente trabajo es Charo y Georgina Herrera otra vez frente al espejo (2021). Ha ejercido la docencia sobre el documental, el cine de ficción y, el análisis y valoración de guiones de ficción como asesora y consultante de la Productora ICAIC. Coordinó e impartió talleres y seminarios sobre dramaturgia cinematográfica en Cuba y el extranjero, entre ellos en los Laboratorios Sundance, México. Ostenta la Distinción por la Cultura Nacional otorgada por el Ministerio de Cultura de Cuba, y el Diploma al Mérito Artístico, del Instituto Superior de Arte de Cuba. Es miembro del Consejo Nacional de la Uneac. Luciano Castillo (Camagüey, 1955) Crítico, investigador e historiador cinematográfico. Máster en Cultura Latinoamericana. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba e integra la Junta Directiva del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano. Colabora en numerosas revistas especializadas. Desde hace más de una década mantiene espacios semanales sobre cine cubano en la radio y la televisión. Imparte periódicamente conferencias en universidades e instituciones culturales de varios países, además de integrar el jurado en disímiles certámenes (Valladolid, Mar del Plata, Nueva York, La Habana, Cartagena, Lima, Guadalajara, Huelva, Guatemala...).
Autoren/Hrsg.
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Rebeca Chávez y Luciano Castillo:
exploradores en el tiempo
Francisco López Sacha
La lógica de todos los días no puede dejarse intimidar cuando visita los siglos. Bertolt Brecht
En principio, estamos en presencia de un texto original, un libro que no parece un libro sino una película en palabras. Rebeca Chávez, cineasta, y Luciano Castillo, crítico e historiador de cine, dirigen una expedición particular a los diálogos, las imágenes y los apuntes contenidos en los rollos de celuloide y las grabaciones de sonido que realizara Santiago Álvarez para filmar La guerra necesaria (1980), en 1971, primero, y luego en 1976. Se trata, en su premisa inicial, de un reto, un desafío, de cómo exponer de nuevo una verdad del arte con la complicidad de lo que no se vio, o se vio y escuchó a medias, o apenas se intuyó, en ese material dormido que ahora se rescata en las palabras y se interviene por dos especialistas con la diferencia sustancial de cuarenta y ocho años. Si el tiempo es el transcurso, si en verdad crece y se detiene cuando la materia se expande, entonces esta indagación se sitúa en el origen mismo, en el núcleo expansivo, en la compleja articulación de la memoria, cuando el tiempo se hace más lento y el recuerdo se fija en una imagen, o en un eco, en esos primeros tanteos de la cámara para encontrar una certeza, allí, en el proceso de filmación, cuando aún el documental no existe y comienza a crecer en una búsqueda incesante que todavía no reconoce un orden, un antes o un después, en una línea fractal que examina las cosas una y otra vez, desde distintos ángulos, que va de una locación a otra, de una persona a otra, y hasta de un tiempo a otro, una línea de investigación que viaja a saltos con las preguntas del director, o de su guía, y se incrementa cada vez más con las respuestas, a veces balbuceantes, de los interrogados. Aquí, como en el origen del tiempo, las imágenes se producen a gran velocidad –con o sin sonido sincrónico–, chocan y se interrumpen entre ellas, porque todavía no hay un guion –nunca lo habrá, en el sentido convencional del término– y mucho menos un arco de la historia. Esta expedición puede sintetizar todo el material filmado por Santiago Álvarez y mostrar la fractura del tejido –algo muy importante, exponer cómo se hizo, cómo se realizó– y puede insinuar la enorme dificultad que significa trabajar con un sentido oculto, o al menos con una línea temática aún sin definir, hasta encontrar el peso de un acontecimiento histórico como fue el desembarco del yate Granma, sobre todo cuando sus participantes, y quienes los auxiliaron, desconocían entonces el alcance de sus actos. Aquí radica el primer interés de este libro: descubrir con esas revelaciones las vicisitudes reales de la empresa, tal y como fueron, sin la mirada posterior de la Historia. (Ya sé que eso es inevitable, al fin y al cabo el documental comenzó a realizarse quince años después de los hechos, pero al menos se intenta). Solo así es posible pensar que ese método –entrevistas de súbito sin cuestionario y sin preparación, registros aleatorios, y resultados imprevistos también–, más tarde tendrá un sentido, una finalidad, cuando esa investigación de campo y ese sondeo se conviertan en una obra de arte. Por tanto, aquella, la primera, fue una expedición exploratoria e intuitiva de Santiago Álvarez en México para expresar la realidad de un hecho que tuvo tantos protagonistas, tantos testigos, tantos accidentes; y esta es una expedición a lo profundo de un acontecimiento filmado, y fechado, para mostrar lo que ya se conoce, y lo que no, lo que cupo en la cinta exhibida y lo que se dejó fuera, lo que está en la trastienda y en la sustancia misma del recuerdo. Es decir, un esfuerzo por revivir lo que no se dijo junto a lo que se dijo con la mira puesta en el pietaje, detalle por detalle, en el gesto que quizás se omitió, en las insinuaciones, en las miradas, las sonrisas y aun las bromas de los participantes y testigos de aquel suceso por momentos insólito y casi imposible de realizar que fue la preparación armada de los revolucionarios cubanos en México, en medio de estrecheces y dificultades de todo tipo, la búsqueda, la compra y la salida del Granma el 26 de noviembre de 1956, la llegada a las costas cubanas y la supervivencia del núcleo fundador dirigido por Fidel con el auxilio de Frank País en Santiago de Cuba, Celia Sánchez en Manzanillo, Media Luna y Pilón, y en la Sierra Maestra. Creo que se necesita un gran amor a la verdad histórica para emprender esta aventura, para entresacar un rumbo a esa información en bruto, para volver a leer el material grabado y filmado hasta descubrir un hilo conductor que explique por sí mismo el sentido y la trascendencia de lo que luego fue La guerra necesaria, quizás el documental más ambicioso del período de madurez de Santiago Álvarez, un filme sometido a su estructura abierta, al ritmo y al espíritu del free cinema, al cruce con la ficción y a la dinámica del reportaje, una obra muy audaz que apela a todos los recursos expresivos utilizados hasta entonces por su autor para destacar, en primer término, el impacto emocional de ciertas entrevistas, la naturalidad y la vivacidad de los entrevistados, sus secretos y su vida privada durante la preparación de la guerra, sus temores, sus miedos, su precaria existencia en el exilio, las tensiones vividas y reveladas ahora por la reconstrucción nostálgica y a veces poética de aquellos días, y para destacar también la existencia de un proyecto esencial que se asoma desde los contactos iniciales con los amigos y colaboradores de México y se hace evidente después, en el empalme, claramente planteado como punto de cruce, entre el desembarco de José Martí en Playitas de Cajobabo en abril de 1895, suceso juzgado emotivamente por Fidel en las tomas finales del documental, y el desembarco del Granma en los pantanos de Las Coloradas aquel 2 de diciembre de 1956. Como sugiere Rebeca Chávez, no creo ni siquiera que en los primeros materiales consultados y reproducidos aquí esté esa idea, que fue naciendo, como prueba la investigación, de las sugerencias, las preguntas, las inquietudes políticas de su director e incluso la condición histórica de México para todos los revolucionarios cubanos desde Heredia a Martí, desde Mella a Fidel. De modo que pudo ser muy natural el proceso causal y emotivo que llevó a los cubanos allí, y aun más natural el puente establecido desde antaño que condujo a un grupo de mexicanos a brindarles apoyo y a tenderles la mano. Fue, sin duda, un encuentro significado para el destino de la Revolución en marcha, y fue también un amor a primera vista entre hombres y mujeres que tenían un pasado insurgente y reconocieron en los cubanos la misma cualidad. (No es de extrañar que surgieran romances entre ellos como se desliza en algunas intervenciones y como prueba ese bolero canción con aire de ranchera, «La Lupe», de Juan Almeida Bosque). Hubo también empatía, unidad de criterios, el deseo de servir a una causa, como le ocurre a El Cuate (Antonio del Conde) con Fidel, y hubo algo más, como al final les ocurrió a todos, entrenados por el general Alberto Bayo, defensor de la República Española, y ayudados después en la salida de la prisión por el general Lázaro Cárdenas, el último representante directo de la Revolución Mexicana y el primer presidente que se enfrentó a los monopolios y nacionalizó el petróleo para su país. Con semejantes credenciales históricas, Santiago Álvarez y el equipo de filmación se lanzan a buscar toda la verdad posible en este primer acercamiento, con el fin de revivir el pasado y despertar el recuerdo, al crear la trama mexicana de la Revolución en ese tránsito a quemarropa, aunque bien orientado por Jesús Reyes (Chuchú), por la ciudad de México, por Veracruz, y por Tuxpan, en ese encuentro cifrado en el tiempo, en esas casas-campamento –incluida la célebre casa de María Antonia–, donde no solo ocurrirá la estancia y la preparación de los futuros expedicionarios, sino también la unidad de aquellos que combatían a Batista de un modo frontal, ya fueran del Movimiento Nacional Revolucionario de Rafael García Bárcenas, del Directorio Estudiantil o el Movimiento 26 de Julio. Entre líneas está la realidad de esos encuentros, el proceso político inmediato forjado por Fidel desde el Moncada y convertido ahora en imán, en polos de atracción, en unidad de principios y de esfuerzos. Rebeca Chávez y Luciano Castillo, en este nuevo viaje, se atreven a rescatar también las ideas más atrayentes incluidas en las conversaciones, en las preguntas y en las intenciones programáticas del director para develar las causas, no tan visibles, en esta tentativa experimental. Aunque se trata de un rapto, hay pequeños indicadores que demuestran lo que está ocurriendo por dentro. La causalidad está presente en la violación a los códigos tradicionales, en esa manera de subrayar como al descuido la información más importante. En resumen, todo aquello que realizan Santiago y el equipo, la búsqueda del efecto sorpresa y no premeditado en los contactos, más el sentido testimonial de toma única, más la saga de lugares ya borrados por el tiempo y revividos por la memoria, más el encuentro con nuevas fuentes y nuevas realidades, más la verdadera sorpresa, el salto histórico, el vínculo real e insospechado entre el pasado de la nación cubana y la Revolución, entre los ideales de emancipación y justicia, y la conquista de las libertades públicas, único motivo...