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E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Reihe: Pensamiento Herder
E-Book, Spanisch, 288 Seiten
Reihe: Pensamiento Herder
ISBN: 978-84-254-4985-7
Verlag: Herder Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Catherine Chalier es filósofa y profesora emérita de Filosofía de la Universidad Paris X Nanterre. Su obra muestra cómo la fuente hebrea del pensamiento renueva el planteamiento de las principales cuestiones filosóficas contemporáneas. Es especialista en la obra de Emmanuel Levinas y ha hecho descubrir el pensamiento jasídico a través de breves monografías. Ha escrito numerosos libros, de los cuales La huella del infinito, Levinas, Tratado de lágrimas y La fraternidad se han traducido al castellano. Entre sus últimas publicaciones destacan Comme une clarté furtive. Naître, mourir (2021); R. Tsaddoq haCohen de Lublin. La clarté hassidique, (2022); Il nous créa à Son image. Un commentaire de la Genèse (2023) y Rabbi Nahman de Bratzlav. La nostalgie hassidique (2024).
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I. Contar
Las primeras palabras dirigidas a los niños, aquellas que buscan socializarlos y hacerlos poco a poco menos extraños al mundo en el que empiezan a vivir y a sorprenderse, a disfrutar y también a sufrir, pertenecen por lo general al género narrativo. No se trata solo de una concesión a su edad, a su incapacidad de abstraer y de razonar relacionando hechos con causas o bien a su vocabulario limitado, esencialmente concreto porque está en consonancia con su sensibilidad y su imaginación. Es también así porque el acto de contar —un cuento, una leyenda o una historia— se dirige esencialmente a alguien. Da así, a quien escucha, el sentimiento de que su existencia cuenta para otro, que alguien desea transmitirle palabras importantes y compartir con él palabras portadoras de sentido y de esperanza, esas que todos necesitamos para tener confianza, a pesar de la extrañeza y de la amenaza de las cosas y de las personas; palabras que suscitan el deseo de crecer, aunque el miedo y la angustia hayan ya lanzado sus sombras sobre la vida. Además, y correlativamente, dado que el acto de contar implica cierta duración, permite iniciarse en una temporalidad medida por un antes y un después, una temporalidad que no se limita al instante del placer sentido o del dolor sufrido, a la necesidad del momento o a la fuerza incontrolable, aparentemente, de ese o aquel otro impulso. Quien cuenta debe poder mantener un tiempo suficientemente largo la atención de aquellos a quienes habla, gracias a palabras habitadas por sus propias emociones y su deseo de transmitirlas; quienes escuchan deben poder presentir que, aun no comprendiéndolas todas, esas palabras son indudablemente portadoras de fuerza vital para ellos y constituyen un valioso viático que van a necesitar durante mucho tiempo, sobre todo en las horas en que van a sentirse solos. El sentimiento de la duración está finalmente producido por la sucesión de las secuencias de la narración, porque, aunque fuera breve, predice cierto orden en el espíritu: el de un comienzo, poco perceptible a menudo, pero tal que inaugura una cadena nueva de acontecimientos, y luego el de un final, inquietante o feliz, provisional o definitivo. Este orden hace ser sensible a ideas no formuladas como tales: el comienzo, la irreversibilidad y la necesidad de un final o, por lo menos, de una pausa. Incita también a pensar, o más exactamente a presentir o a adivinar, que la fuerza de la regularidad y, sobre todo, la de la repetición son su contrapunto indispensable. «Entre la actividad de narrar una historia y el carácter temporal de la existencia humana existe una correlación que no es puramente accidental», observa Paul Ricœur.1 El tiempo necesario para contar y el tiempo contado por la historia, el relato, la leyenda, son en efecto indisociables: constituyen una primera iniciación al sentimiento de la duración humana. Esta no es únicamente dependiente de las impresiones y de las necesidades del cuerpo, del ciclo del dormir y el despertar, de la regularidad de las sensaciones de hambre y sed, etc. De hecho, para hacerse humana, la duración no puede quedar prisionera de esos ritmos vitales, pero los relatos o las historias que contamos constituyen a menudo el primer esbozo de una libertad a este respecto. Contar otorga, ante todo, tanto al narrador como a los que escuchan, el sentimiento de que su tiempo vivido, aquí y ahora, en conjunto, se vincula a una anterioridad de palabras. Pero como estas tienen todavía sentido por sí mismas, cualquiera que sea la manera como se las acoja, enfrentan a partir de entonces con un pasado, histórico o mítico, que ya está ahí presente y aún no ha desparecido, porque esas palabras lo trasladan a las generaciones nuevas. Ese pasado contado da cierta confianza para empezar la propia vida, aunque sea dejando el presentimiento de que también ella terminará un día. Contar incita a sentir, luego a pensar, que la duración humana no se deja separar de la irreversibilidad, de la memoria y del arrepentimiento, pero tampoco de la espera y la promesa. La transmisión de palabras que se produce con el acto de contar incita finalmente a buscar una orientación y un significado a la propia vida porque, más allá del contenido concreto del relato, de la historia, el acto de contar transmite el presentimiento de que una vida humana es una vida que uno puede contar. Hay una sabiduría en el acto de contar, una sabiduría que hay que saber cuidar, siendo conscientes también de los peligros y de las rupturas que pesan sobre los relatos que los hombres transmiten a sus hijos. El imperativo bíblico de «dirás a», en la coyuntura del contar ¿puede dar, cualquiera que sea el contexto histórico, la fuerza de entrar en uno mismo? 1. Una sabiduría contada
El acto de contar, oralmente,2 se hace con palabras que, como raramente llevan la marca de la abstracción conceptual, afectan ante todo a los que escuchan en su carne emocional. Esas palabras despiertan, por supuesto, también la imaginación y la inteligencia, buscan mantener la curiosidad de la mente en vilo, pero sin disociarlas de esa carne. Así, las imágenes transmitidas por quien cuenta una historia dan valor a ese vínculo y no permiten ser reducidas a ideas, a menos que se corra el riesgo de que sufran un empobrecimiento extremo y muy pronto se desvanezcan los significados. Esto sería, con toda certeza, privar a ese acto de transmisión de su taam, es decir, de su sabor, de su gusto y de su significado.3 Sería entrar, precipitadamente, en la abstracción que busca siempre, por su parte, separar: a la razón de los afectos, al espíritu de la carne, al significado (el concepto) del significante (la palabra o más exactamente el sonido que se escucha, el tono con el que se dice), etc. Ahora bien, contar difícilmente permite esta huida hacia adelante de cara a la abstracción: el ritmo y la prosodia de la palabra del orador, su fuerza o su debilidad emocional del momento permanecen inseparables de la aparición del significado para quien escucha. Este no oye ideas, en realidad escucha un verbo, un verbo hecho de carne y de espíritu; vive en sintonía con un ritmo de sílabas que, a veces al menos, tiene para él el sabor y el gusto de la vida, en el instante mismo en que le sugiere un significado. Podemos comprender, por lo tanto, que la importancia de la oralidad, en numerosas culturas, no implica necesariamente para ellas ignorancia de la escritura, de los pergaminos o de los libros. Esas culturas presienten que conviene, en el corazón mismo de la transmisión, velar por una sabiduría muy antigua que enseña a no separar los significados del ritmo que, al enunciarlos, les permite existir. La enunciación cuenta por consiguiente para ellas tanto como el enunciado o, más exactamente, saben intuitivamente que son indisociables uno de otra. En caso contrario, efectivamente, no habría, a modo de una transmisión, más que una incitación a descifrar significados sin duda interesantes —como muchos otros—, pero cercenados de toda fuente viva. Pero esos significados incitan claramente a poner en obra los recursos de su inteligencia y de su ciencia, exigen a menudo largos estudios e ingeniosos esfuerzos y, si se los separa de la fuerza de los significantes, del ritmo de la enunciación, quedan gravemente mutilados. «El ritmo y la oralidad del significante desbordan la racionalidad del universo, del signo, del sentido»,4 exceden siempre a los enunciados conceptuales, es decir, a las proposiciones de un sentido fundado en la razón y compartible por todos sobre esa base común. En efecto, el acto de decir —de decir a alguien— pone en marcha fuerzas emocionales e imaginativas, históricas y sociales, inconmensurables con la sabiduría de los conceptos. Pero esas fuerzas son vitales; sin ellas, como veremos,5 la transmisión se esteriliza poco a poco, dejando a las nuevas generaciones inmersas en un inmenso desconcierto. Contar no permite, pues, apresurarse a separar lo narrativo de lo expresivo, o en su caso, lo descriptivo de lo prescriptivo. La desconfianza hacia el carácter concreto de las palabras empleadas, la resistencia a seguir el ritmo de las frases dichas y el dinamismo de las imágenes —como si, por definición, la retórica tuviera por objeto seducir, y solo seducir—, incluso la voluntad de protegerse del timbre de la voz, en beneficio de una inteligencia abstracta y dueña del contenido significativo, lleva siempre, de hecho y por derecho, realmente a una pérdida de significado. «Una filosofía que se expresa por medio de imágenes pierde una parte de su fuerza no confiándose totalmente a sus imágenes propias […]: creer en las imágenes es el secreto del dinamismo psíquico», dice Gaston Bachelard.6 Ahora bien, es precisamente el dinamismo psíquico —y no solo las capacidades de abstracción— lo que hay que despertar y mantener despierto en ese acto particular de la transmisión en que consiste el hecho de contar. Más que cualquier otro sin duda, este acto permite de hecho captar, al momento, sin hacer de ello ninguna teoría, esa certeza de que «todo tiene sentido en el lenguaje»: cada letra, cada pausa, cada sonido, pero también la entonación y los afectos que los soportan y todo, conjuntamente, de un modo indisoluble. El «ritmo» sería «ese conjunto en el que funcionan uno para el otro todos los elementos en interacción ya no distintos uno respecto del otro».7 Ahora bien, el hecho de contar —una fábula, un mito, una historia (cualquiera que sea su nivel de...